Apuntes críticos sobre las relaciones de género en los estudios de movilidad social intergeneracional Este trabajo se trata de una ampliación de un trabajo presentado en las VIII Jornadas de Sociología de la UNLP, 2014.

Apuntes críticos sobre las relaciones de género en los estudios de movilidad social intergeneracional1

Manuel Riveiro (IIGG-CONICET)

Resumen

El trabajo analiza de forma conceptual la manera en la que se ha incorporado el género en los estudios de movilidad social. En primer lugar, repasa algunas definiciones teóricas sobre la movilidad y el género. Luego, desarrolla críticamente los abordajes y principales conclusiones a las que han llegado algunos estudios sobre el tema. Por último, se presentan una serie de reflexiones sobre el diálogo existente y posible entre ambos campos.

Palabras claves

Relaciones de género, movilidad social intergeneracional, género.

Abstract

The paper analyzes in a conceptual way how gender has been incorporated in studies of social mobility. First, it reviews some theoretical definitions of mobility and gender. Then critically develops the approaches and the main conclusions that have been reached by some studies on the subject. Finally, a series of reflections on the existing and possible dialogues between the two fields are presented.

Key words

Gender relations, social intergenerational mobility, gender.

 

Recibido: 24 de mayo de 2016

Aceptado: 30 de julio de 2016.

 

 

 

Introducción

Este texto intenta empezar a habilitar una serie de diálogos entre las teorías de la movilidad social y la teoría del género. Suelen ser teorías, en líneas generales, que trabajan en paralelo, esto es, que no se cruzan. Al mismo tiempo, sus campos de producción cuentan con tradiciones académicas diferentes. En los estudios de movilidad social se ha consolidado un programa de investigación dominante (Goldthorpe, 2007), con una fuerte impronta cuantitativa, de un impresionante desarrollo empírico y metodológico, pero escaso en lo teórico y con nula vinculación con el activismo y movimientos sociales. Entre los estudios de género se puede observar una pluralidad de teorías, metodologías y trabajos empíricos, con una fuerte impronta multidisciplinar, y habituales vínculos entre académicas y activistas en la propia producción académica.

Excede a este trabajo hacer una referencia a la situación particular de la teoría de género y movilidad social en América Latina y Argentina. Las principales discusiones teóricas y programas de investigación de ambos campos de estudio no reconocen fronteras. Además, tener en cuenta las experiencias de investigación en América Latina y en Argentina implicaría agregar una serie de determinaciones regionales y locales que merecen un tratamiento específico y puntual.

El punto de partida escogido para comenzar los diálogos mencionados es la forma en la que se han incorporado las mujeres en los estudios de movilidad social intergeneracional, presentando previamente algunos desarrollos conceptuales sobre la movilidad social y luego sobre el género. La intención de dicha tarea es abrir la discusión sobre las articulaciones entre las teorías de la movilidad social y las de género en un plano teórico, que pueda aportar a la interpretación del rol de las relaciones de género en los procesos de movilidad social intergeneracional y que contribuya a superar el empirismo con el que se ha abordado el tema con anterioridad.

Movilidad social

Este apartado busca dar cuenta de los principales desarrollos teóricos en torno al estudio de la movilidad social.2 Una forma de presentar el desarrollo de la teoría de la movilidad social va de la mano de ligarla al desarrollo disciplinar que trazan Ganzeboom, Treiman, y Ultee (1991) y Treiman y Ganzeboom, (2000).3

Sintéticamente, Ganzeboom, Treiman y Ultee (1991) retoman de Featherman et al. (1974) una distinción de tres generaciones en los estudios de estratificación intergeneracional.4 Una primera generación, posterior a la segunda guerra mundial, compuesto por un grupo de investigadores (Glass, Lipset, Bendix, Miller, entre otros) que, con escaso refinamiento estadístico y limitaciones en la calidad de los datos, buscan probar a nivel comparativo una serie de hipótesis en torno a lo que Erikson y Goldthorpe (1992: 3-8) denominan la teoría liberal del industrialismo.5 Sintéticamente, proponen que el desarrollo económico y tecnológico romperá las viejas estructuras generadoras de estatus en función de una asignación más eficiente de recompensas en términos del mérito (logro educacional y ocupacional) personal. La representación gráfica de la misma es un triángulo entre orígenes, educación y destino, donde los lados origen-destino y origen-educación se debilitan y el lado educación-destino se fortalece.6

En cuanto a la segunda generación, comenzando a fines de la década de los sesenta, desarrolla un giro metodológico, mejorando las técnicas de análisis (centrándose en el path analysis, una forma de regresión múltiple) y la calidad de los datos, partiendo del trabajo de Blau y Duncan (1967). Mantienen lo central de la propuesta teórica de la generación anterior. De esta manera, el análisis pasa de las tasas de movilidad social intergeneracional a medir los efectos directos e indirectos en la adquisición de status socioeconómico (o bien, de prestigio ocupacional). Coinciden con la primera generación en poner a prueba la hipótesis del peso decreciente de la adscripción en la obtención de los destinos ocupacionales.

La tercera generación surge a mediados de los setenta. Está marcada por un desarrollo comparativo basado en grandes encuestas nacionales, con datos de muy buena calidad, y un despliegue metodológico formidable, centrado los modelos log-lineales, que les permite, entre otras cosas, distinguir entre la llamada movilidad absoluta y la movilidad relativa (centrando su interés en la segunda, en tanto que patrón de fluidez social). Buena parte de la investigación de esta generación se ordena en torno al proyecto CASMIN (Comparative Analysis of Social Mobility in Industrial Nations), dirigido por John Goldthorpe y Walter Müller, cuyo hito es The Constant Flux (Erikson y Goldthorpe, 1992). Según Ganzeboom, Treiman y Ultee (1991: 287-288), este proyecto alcanza tres resultados sustantivos: un esquema común de clases sociales7, un modelo teórico común para medir la fluidez social (core model) y dos conclusiones: la fuerza de los efectos de herencia y sector a la hora de explicar la movilidad social relativa, y que ésta no difiere mucho entre países y períodos.8 Sin embargo, estos tres autores señalan un recorte de los problemas de investigación de la estratificación social intergeneracional al problema de la fluidez social en tanto que movilidad relativa.9

Por último, Treiman y Ganzeboom (2000) ubican a la cuarta generación en la década de los noventas y estaría basada en la constitución de nuevos proyectos internacionales comparativos (como el proyecto comparativo de Estructura de clase y conciencia de clase, promovido por Wright, o el International Social Survey Program). Se agrega además un énfasis en el peso de los arreglos institucionales nacionales por país, y algunos desarrollos metodológicos, como la historia de eventos. Compilaciones como Breen (2005), Ishida (2008) y Solís y Boado (2016)10, dan cuenta de la integración de preocupaciones esta generación y la anterior.

En base a esta descripción, presento a continuación el “esbozo de teoría” de la movilidad social, generado por Goldthorpe (2010, parte 2, cap. 7). El autor esboza “estrategias de movilidad”, “cursos de acción que siguen los individuos de diferentes orígenes de clase, típicamente, aunque no siempre, junto a sus familias de origen, en su trayectoria hasta llegar finalmente a su clase de destino” (p. 432). En estas estrategias, los individuos obtienen recursos diferenciales por clase social11 y, en función de las mismas y con el supuesto compartido de evitar la movilidad descendente, Goldthorpe (p. 432-437) considera dos tipos de estrategias de movilidad: “desde abajo” (propias de las clases trabajadoras e intermedias) y “desde arriba” (desde la clase de servicios), donde el logro educativo y los recursos “adscriptos” se combinan de manera particular. Por ejemplo: “en el caso de las estrategias desde arriba es más claro que en el de las estrategias desde abajo que el logro educativo es el camino más seguro y potencialmente efectivo” (p. 440). La apuesta fuerte del esbozo de teoría de movilidad social parece encontrarse en la teoría de la persistencia de los diferenciales educativos por clase social, que Goldthorpe desarrolla en co-autoría con Breen (Goldthorpe, 2010, parte 2., cap.s 2-4; Breen y Yaish, 2006), donde la elección, condicionada por los recursos habilitados desde cada posición de clase social, de seguir estudiando se basa en las perspectivas de aprobar el nivel o año próximo y los costos de continuar estudiando y recompensas en términos de futuras posiciones de clase social.12

El desarrollo teórico en los estudio de movilidad social es apenas una sombra del desarrollo empírico y metodológico de los mismos. Me interesa rescatar cuatro aspectos derivados de dicho desarrollo: 1) se concibe la movilidad como un proceso más que el producto de una suma de factores; 2) su resultado está condicionado pero no determinado por aspectos nacionales, históricos o culturales; 3) ubica a los individuos en entramados familiares tanto en las posiciones de origen; y 4) plantea la perspectiva de que la desigualdad no es una contingencia histórica sino una característica persistente de la estructura de clases de las sociedades industrializadas.

Sexo y género13

La introducción conceptual sobre género propuesta por Mattio (2012) ofrece un buen camino para comprender el desarrollo del concepto de género. En este sentido, repararemos en los aportes de De Beauvoir, Rubin y, especialmente, Butler para la definición de las relaciones de género.14

Años después de la segunda guerra mundial, en 1949, De Beauvoir publica El Segundo Sexo. Desde una mirada existencialista, escribe el célebre pasaje “No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien ha elaborado ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo en Otro” (De Beauvoir, 1972: 12). Este pasaje constituye una de las cabales denuncias a la búsqueda de una esencia femenina, en tanto construcción que ancla las desigualdades entre los sexos en fenómenos externos a estas relaciones15, a la vez que ubica en una mediación, una relación la definición de la hembra humana feminizada.

La distinción en la obra de De Beauvoir entre el sexo (hembra) y el género (femenino), es retomada por Gayle Rubin (1986) más de un cuarto de siglo después (1975), ya bien instalada la segunda ola del movimiento feminista. Parafraseando a Marx, declara “Una mujer es una mujer. Sólo se convierte en doméstica, esposa, mercancía, conejita de Playboy, prostituta o dictáfono humano en determinadas relaciones” (p. 96). Rubin define esas relaciones como sistema de sexo/género, “conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (p. 97).

Joan Scott articula esta perspectiva para la investigación historiográfica, con fuerte recepción en la sociología.16 “Mi definición de género tiene dos partes y varias subpartes. Están interrelacionadas pero deben ser analíticamente distintas. El núcleo de la definición reposa sobre una conexión integral entre dos proposiciones: el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder” (Scott, 1993: pp. 34–35).17

En la propuesta de la autora, que descansa en una posición teórica cercana al posestructuralismo francés, puede pensarse además una tensión en torno a la diferencia sexual. Por un lado, una definición del género menos centrada en la diferencia sexual: “Las fronteras del género, al igual que las de clase, se trazan para servir una gran variedad de funciones políticas, económicas y sociales. Estas fronteras son a menudo movibles y negociables”, (Conway, Bourque y Scott, 2000: 24). Por otro lado, otra más centrada en la diferencia sexual: “Los sistemas de género, sin importar su periodo histórico, son sistemas binarios que oponen el hombre a la mujer, lo masculino a lo femenino, y esto, por lo general, no en un plan de igualdad sino en un orden jerárquico” (p. 24).18 Con este doble sentido, el feminismo de la segunda ola se asienta en la academia y empieza a producir, mediante los Women’s Studies, su desarrollo teórico-político en las décadas del 70 y 80.

Resulta imprescindible incorporar el aporte de Michel Foucault para comprender el posterior desarrollo del concepto de género. Como señala Butler (2007: 198), “En lugar del “sexo” como la causa continua y original y la significación de los placeres corporales, [Foucault] presenta la “sexualidad” como un sistema histórico abierto y complejo de discurso y poder que genera el término equivocado de “sexo” como parte de una táctica para esconder y, por lo tanto, mantener las relaciones de poder”. El sexo no sólo aparece desnaturalizado e históricamente construido, sino que también aparece como producto de esas relaciones de poder denominadas sexualidad. “La sexualidad no es algo dado, es un producto de la negociación, de la pelea y la agencia humana” (Weeks, 2005: 18).

En 1990, Butler propone desarticular el “orden obligatorio” entre sexos biológicos y géneros sociales y culturales, y el corolario de deseos necesariamente heterosexuales. “La hipótesis de un sistema binario de géneros sostiene de manera implícita la idea de una relación mimética entre sexo y género (…) esta producción del sexo como lo prediscursivo debe entenderse como el resultado del aparato de construcción cultural nombrado por el género” (Butler, 2007: 54-56).19 Las relaciones de género no pueden ser entendidas fuera de las relaciones de poder que organizan la sexualidad.20

La autora piensa al género como “la estilización repetida del cuerpo, una sucesión de acciones repetidas –dentro de un marco regular muy estricto– que se inmoviliza con el tiempo para crear la apariencia de una sustancia, de una especie natural del ser” (p. 98). Agrega que “en vez de una identificación original que sirve como causa determinante, la identidad de género puede replantearse como una historia personal/cultural de significados ya asumidos, sujetos a un conjunto de prácticas imitativas que aluden lateralmente a otras imitaciones y que, de forma conjunta, crean la ilusión de un yo primario e interno con género o parodian el mecanismo de esa construcción” (2007: 270). Se trata de una inversión constructivista de los términos de la relación entre sexo y género.

Un lugar central en su planteo de ordenamiento ocupa la matriz de inteligibilidad heterosexual, “una rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan cuerpos, géneros y deseos” (p. 292).21 “Esa producción disciplinaria del género estabiliza falsamente el género para favorecer los intereses de la construcción y regulación heterosexuales en el ámbito reproductivo. La construcción de la coherencia encubre las discontinuidades de género que están presentes en el contexto heterosexual, bisexual, gay y lésbico, en que el género no es obligatoriamente consecuencia del sexo, y el deseo, o la sexualidad en general, no parece ser la consecuencia directa del género; en realidad, donde ninguna de estas dimensiones de corporalidad significativa se manifiestas o reflejan una a otra” (2007: 265-266).

La naturalidad y la esencia de la identidad “mujer” quedan severamente cuestionada. Señala Femenías (2003: 37-38) que “Butler abandona la noción de género, entendida como un modo de organización de las normas culturales pasadas y futuras y un modo de situarse uno mismo con respecto a ellas, en términos de un estilo activo de vivir el propio cuerpo en el mundo. Asume, en consecuencia, que sexo y género son intercambiables porque ambos dan cuenta de la incardinación de las marcas culturales”.22

Mattio (2012: 89) plantea que los estudios de género contribuyeron a “desacralizar los roles sociales culturalmente asignados a varones y mujeres (…) El “ser mujer” –y por extensión, el “ser varón”– no puede ser entendido como una identidad “natural” o “incondicionada”, sino más bien como roles sociales culturalmente asignados, que por su carácter contingente son susceptibles de ser resignificados”. De la hembra feminizada de De Beauvoir al antiescencialismo contingente y performativo de Butler, el concepto de género sufre profundas transformaciones, pero no pierde su capacidad de interpelar las teorías y las interpretaciones de los datos. Como dice Sabsay (2011: 42) “podría pensarse que si es que el concepto aún funciona, es gracias al hecho de los feminismos siguen discutiendo qué es el género”.

Diálogos existentes entre movilidad social y género

Durante la primera y segunda generación de estudios de movilidad social intergeneracional que planteaban Ganzeboom, Treiman y Ultee de estudios, presenciamos la reducción del estudio de la movilidad social a los varones, los cuales aparecen a la manera de Uno, universal descripta por De Beauvoir. Esta situación es denunciada, entre otras, por Acker, (1973) y Delphy, (1982).

La tercera generación aborda plenamente la denuncia en lo que se puede llamar el debate por la incorporación de las mujeres en los estudios de movilidad (y estratificación) social. Considero que esta incorporación responde, por lo menos en un primer momento, a una respuesta a las acusaciones de machismo intelectual (Acker, 1973) más que a pregunta sociológica acerca de las relaciones de género en este campo de estudio. Esta hipótesis se sustenta en parte por la falta total de definiciones acerca de las mujeres. Tanto en los estudios críticos a la incorporación de las mujeres como en los que la sustentan no se encuentra conceptualizadas las categorías de mujer, varón, ni de las variables o conceptos de los cuales se derivan, sea sexo o género. El mundo se divide, por obra de Dios, la evolución o el sistema estadístico nacional, entre varones y mujeres. Se trata, en el mejor de los casos, de una definición implícita mucho más próxima a una versión sustancialista del género (atributo fijo e inmutable). En el peor de los casos, de empirismo pre-académico, sentido común. De una u otra manera nunca queda claro qué se entiende por sexo, género.23

Destacados investigadores de la tercera generación sentaron posición al respecto de la introducción de la “mujer” en los estudios de estratificación social, posición que mantienen sin mayor modificación al día de hoy. Concluyendo un capítulo sobre la movilidad de clase social de las mujeres, Erikson y Goldthorpe señalan (1992: 277) “una explicación convincente de las desigualdades de género que parecer ser una característica común de las sociedades industriales modernas deberá ser desarrollada en su mayor parte fuera del alcance del análisis de clase, y, por la misma razón, la introducción de consideraciones de género en el estudio de las inequidades de clase probará ser mucho menos revelador de que se ha puesto de moda suponer”. Por su lado, tres años después, Breen y Whelan (1995: 19-20) concluyen que las diferencias en la movilidad absoluta entre varones y mujeres se deben a la segregación ocupacional por género y se relacionan con la división sexual del trabajo dentro del hogar, mientras que en la movilidad relativa sólo hay una gran similitud (encontrando leves cambios en relación a la herencia de la clase de origen y en cuanto al origen pequeño-burgués). “Esto no debería ser tomado para proveer una justificación para la exclusión de las mujeres de los análisis de movilidad. Sugiere, sin embargo, que como Erikson y Goldthorpe (1992: 253) han argumentado, cualquier explicación adecuada de las desventajas que sufren las mujeres como consecuencia de la segregación por género del mercado de trabajo y la falta de continuidad en sus historias laborales probablemente se desarrolle, en su mayoría, independientemente del análisis de clases” (p. 20). Una década después, Breen y Luijkx (2004: 73) encuentran que las “tendencias en la fluidez social son muy similares entre varones y mujeres, mostrando una tendencia extendida hacia mayor fluidez”, si bien se mantienen las diferencias en materia de movilidad absoluta.

En contraposición a esta línea, se encuentran una serie de trabajos que plantean la importancia para el análisis de clase y de movilidad social de distinguir (e incorporar) a las mujeres.

Payne y Abbot (1990: 174) plantean que “la teoría de clases puede ser desarrollada plenamente sólo cuando se desarrollan metodologías y teorías que nos permitan incorporar varones y mujeres en nuestra investigación y desarrollar teorías para explicar todos nuestros resultados”.24 En su compilación, los autores concluyen que “modelizar la movilidad social de las mujeres implica dar un paso atrás cada dos pasos adelante” (p. 159), en el sentido que “los problemas que experimentamos al intentar incorporar a las mujeres a los estudios de movilidad social, o justamente para estudiar la movilidad social de las mujeres, no se restringen a las mujeres. Son problemas que también encontramos al estudiar a los hombres, pero cuya importancia ha sido o bien menos obvia cuando la investigación se limitaba a los varones o han sido tratado como “temas menores” (p. 174).

Hayes (1990) plantea un análisis novedoso. Centrándose en las mujeres, mide su movilidad intergeneracional, tomando como posición de clase social de origen la de madre e incorpora, tanto en origen como destino, a las amas de casa como posible posición de clase. Concluye que “la investigación de la movilidad social ya no puede seguir relegando a las mujeres a una posición de interés secundario o simplemente excluirlas por completo. Los preconceptos ideológicamente ingenuos no son una base sólida para la investigación empíricamente fundamentada. La inclusión, sin embargo, debe reflejar la vida de las mujeres. En otras palabras, lo es que es necesario es una reelaboración radical de las prácticas convencionales del análisis de clases para tener en cuenta, no sólo el carácter segregado por género de la fuerza de trabajo australiana como conjunto, sino también la contribución independiente y única de las mujeres trabajadoras en predecir la experiencia de la movilidad social a sus hijos varones e hijas mujeres” (p. 385). Beller (2009) lleva a fondo el planteo de la incorporación de la madre para medir el impacto de la misma en la movilidad social intergeneracional, aunque destaca lo limitado de las fuentes existentes.

Li y Singelmann (1998) incorporan conceptualmente una mirada sobre las desigualdades de clase social y género en el estudio comparativo de la movilidad social entre Estados Unidos, Suecia y Alemania Occidental. Esto les permite concluir que “mientras nuestros resultados no han alterado los hallazgos previos basados en varones sobre variaciones nacionales en fluidez, sí sugieren que la exclusión de las mujeres en la investigación sobre movilidad previene la adecuada descripción de los procesos de movilidad y fluidez y las variaciones nacionales dentro de ellos” (p. 330).

Salido Cortés (2001) retoma buena parte del debate en torno a la incorporación de las mujeres en los estudios de movilidad social, al tiempo que pone como determinante de las diferencias encontradas en la movilidad social de varones y mujeres a la segregación ocupacional, en sintonía con Breen, Goldthorpe, etc., pero con conclusiones opuestas. “Las oportunidades relativas de movilidad social, como indicador del grado de fluidez y de apertura de la estructura ocupacional, parecen responder a un patrón genérico común para ambos sexos (…) Sin embargo, una misma clase de origen no proporciona las mismas oportunidades de acceso a las mismas posiciones de la estructura social de ambos sexos. El efecto de la segregación ocupacional hace que hombres y mujeres, casi independientemente de su origen social, se encuentren “predestinados” a ocupar posiciones determinadas en la estructura ocupacional” (p. 252).25 Esta incorporación de lleno de la segregación ocupacional al análisis de la movilidad absoluta contrasta con la posición antes mencionada de Breen y Whelan de separar el efecto de la segregación ocupacional de este análisis.

En todos estos trabajos, incluso en otros como Sørensen (2007), no encontramos definiciones teóricas en torno al género o sexo. Esta inclusión empirista de la categoría “mujeres” por parte de trabajados favorables a su inclusión en los estudios de movilidad intergeneracional puede deberse a diversas razones: una crítica feminista que no avanzó en una propuesta propia de analizar la movilidad social intergeneracional; la necesidad de hacerse un lugar propio dentro de un campo hostil o bien el empirismo predominante en los estudios de la movilidad social. Sin embargo, a favor o en contra de la incorporación de las mujeres el estudio de la movilidad social, mujeres y varones aparecen como categorías sueltas, o incorporando conceptos como sexo o género de manera acrítica, sin definición.26 Como se verá a continuación, la incorporación de las relaciones de género de manera teóricamente fundada y pertinente es un camino por construir, no construido para las teorías de la movilidad social. Sin embargo, su necesidad sólo emerge luego de preguntarse, y definir conceptualmente, las relaciones de género.

Reflexiones finales: diálogos posibles entre movilidad social y género

La posición marcada por Erikson y Goldthorpe sobre la movilidad social de las mujeres aporta muy poco al campo. Nunca fue una inquietud teórica para ellos pensar ni la movilidad social de las mujeres, o bien la diferencia entre la movilidad social de las mujeres y los varones. Se trata más bien de una respuesta políticamente correcta, empíricamente fundada, a un problema de investigación ajeno que los increpó directa y explícitamente. Su decisión de excluir “las consideraciones de género” del programa de investigación del análisis de clases lo hace más estrecho, estrechez de la que ya dieron cuenta Ganzeboom, Treiman y Ultee. Si se encuentra que las trayectorias laborales de las mujeres son inestables y las de los varones no, que las mujeres “sufren” de segregación ocupacional y los varones se privilegian de la misma ¿cómo pueden no ser relevantes estos datos el análisis la movilidad social, componente del programa del análisis de clase, basado en la inserción ocupacional de las familias e individuos? ¿Se puede aportar a este programa incorporando otras dimensiones o es su condición de posibilidad suspender toda otra variación? Si no importa que varones y mujeres tengan tasas de movilidad absoluta diferentes ¿esto quiere decir que no importan las relaciones de género para el estudio de la movilidad social o que no importa la movilidad absoluta? ¿No son parte del campo de estudios de movilidad social los procesos por los cuales las personas obtienen diferentes posiciones de destino?

De todas formas, esa posición sigue sin hacerse cargo de que la categoría “varones” como la categoría “mujeres” con las que trabaja son categorías definidas históricamente, en el marco de relaciones de poder y no atributos de los individuos. Básicamente, se trata de definir al género como una categoría relacional, de la misma manera que suele definir la clase social. Es por eso esencial incorporar las teorías de género cuando interese el problema teórico de las relaciones de género en los procesos de movilidad social o cuando se separen, por el motivo que fuera, las tablas de movilidad entre “varones” y “mujeres”.

En cuanto a la teoría género, es cierto que el postfeminismo de Butler tiene la tensión de disolver los conceptos construidos.27 De igual manera que para la lucha feminista, la teoría de género necesita de los mismos para aportar herramientas al resto de las ciencias sociales. Construir, cerrar conceptos útiles para analizar las relaciones de género es un desafío de primer orden claro en Scott (1993) pero también en Butler (Femenías, 2003: 136-138; Butler, 2000).

Resulta productiva la intercambiabilidad de sexo y género, ya que nos permite entender a varones y mujeres como cisgéneros heterosexuales (Schilt y Westbrook, 2009), habilitando, bajo otra mirada analítica, la revisión de los resultados obtenidos hasta el momento y trabajar críticamente con las fuentes de datos existentes. Pero nos induce a tomar como supuesto que todas las personas analizadas se definirían de esta manera. Esto último no sería un gran problema “estadístico”, pero sí un gran problema teórico. Incluso suponiendo que las situaciones que plantea Butler como géneros paródicos no son mayoritarias, sólo teniéndolas en cuenta se puede dimensionar como estas relaciones de poder atraviesan los procesos de movilidad social intergeneracional.

Dejar de pensar que las categorías varones y mujeres representan posiciones sociales (o biológicas) compactas, permanentes y fijas permite pensar las formas en que las personas construyen sus relaciones de género y nos habilita a pensar las mismas en torno a la identificación de género, sexualidad, lazos de parentesco, entre otros elementos, a la vez que se pueden pensar como procesos, posibles de ser fotografiados en un determinado momento, sin por ello conceptualizarlos como estáticos.

Por último, me interesa rescatar tres caminos a desarrollar o puntos de diálogos posibles entre la teoría de género y la movilidad social.28

En primer lugar, ambas teorías parecen sensibles a una aproximación a la realidad social desde el punto de vista de los individuos. Sin necesariamente adoptar al individualismo metodológico como perspectiva, tanto la teoría de género como la de la movilidad social habilitan espacios para pensar las estrategias que los individuos adoptan en el marco de estructuras de desigualdad y relaciones de poder.

En segundo lugar, estas estrategias pueden analizarse mediante el estudio de determinados “hitos” en las biografías de las personas, hitos que las ubicarían en determinadas posiciones en las relaciones de clase social y de género. Hitos como asumir una determinada identidad de género, salir del closet, formalizar y disolver una unión legal, el tener hijos, terminar determinado nivel educativo o adquirir cierto trabajo.29 Se trata de develar el entramado entre los procesos de “hacer género” y los procesos de movilidad social intergeneracional (“hacer clase social”), cómo, por ejemplo, el tener un hijo y en qué momento de la vida incide en el proceso de movilidad.

En tercer lugar, en estas estrategias, los hogares y las familias ocupan un lugar de importancia como “centros de producción” del género (Weeks, 2005: 19-20) y de la movilidad social, esto planteado clásicamente por Sorokin y Parsons, citados en Boudon (1983: 80-81), en el debate sobre las mujeres y la unidad del análisis30, y en la hipótesis clásica de Featherman, Jones y Hauser.31

Emprender el camino de pensar los diálogos posibles entre las teorías de género y las teorías de la movilidad social implica renunciar a esas posiciones cómodas provistas por el separatismo metodológico (“hay cosas que sólo se pueden ver desde lo cualitativo”), el fundamentalismo epistemológico (“hay supuestos epistemológicos incompatibles”) y provincialismo conceptual (“son diferentes disciplinas, diferentes tradiciones teóricas”). Requiere pensar la integración de teorías de diferentes grados de abstracción y tradiciones disciplinares y la generación de diálogos entre partes que busquen arraigar en sus respectivos campos estas inquietudes. A su vez, supone, tarde o temprano, la generación de nuevos instrumentos de registro o la integración de estas preocupaciones a los mismos. Como queda a simple vista, implica un esfuerzo de gran magnitud. Sin embargo, ése camino es el único camino no empirista, es decir, crítico y perdurable, que encuentro para avanzar en una comprensión del lugar de las relaciones de género en los procesos de movilidad social como problema de investigación social.

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1.

Este trabajo se trata de una ampliación de un trabajo presentado en las VIII Jornadas de Sociología de la UNLP, 2014.

2.

Es importante destacar que cuando se habla de movilidad social a secas se suele referir a la movilidad social intergeneracional, dejando de lado el estudio de otros tipos de “movilidades sociales”, como ser la movilidad matrimonial, la movilidad social intrageneracional, etc. Esta diversidad “de movimientos” ya puede observar en Blau y Duncan (1967).

3.

Otro buen resumen de la evolución de las teorías de la movilidad social puede verse en Echeverría Zabalza (1999, cap.s 2 y 3).

4.

Para una historización similar para América Latina, ver Franco, León y Atria, (2007, cap. 1).

5.

Cachón Rodríguez (1989, cap. 8) la identifica como la sociología funcionalista de la movilidad social.

6.

Adicionalmente, plantean la convergencia de los perfiles nacionales de movilidad social y de las jerarquías de prestigio ocupacional, importante movilidad ascendente, mayores tasas de movilidad en los países industrializados que en los no industrializados y el efecto estabilizador para la democracia liberal de la movilidad social.

7.

Esquema conocido como EGP (por Erikson, Goldthorpe y Portorcarero).

8.

Goldthorpe (2010: 245) sostiene que “la investigación reciente también indica claramente que, en la medida en que la variación de las tasas absolutas [de movilidad] no se puede considerar sistemática, habrá que proporcionar explicaciones de esa variación, tanto en el tiempo como en el espacio, en términos más bien históricos y específicos que teóricos y generales”.

9.

Para un repaso breve y crítico sobre los resultados del proyecto CASMIN y de la obra de Goldthorpe, ver Crompton (1994: 89-96).

10.

Mientras que en Ishida (2008) se comparan diferentes países de industrialización tardía, entre los que se incluye Brasil y Chile, la compilación de Solís y Boado (2016) es un trabajo comparativo de varios países latinoamericanos.

11.

Tales como ingresos promedios, seguridad económica, estabilidad económica y “prospectos” económicos.

12.

Claramente, esta propuesta se inspira en el propio “esbozo” de teoría de la movilidad social de Boudon (1983, cap.s 5-7).

13.

Este apartado se nutre de lecturas y discusiones llevadas a cabo en dos seminarios del Programa de Doctorado en Ciencias Sociales de la UBA, “Izquierdas, género y sexualidad. De los socialismos utópicos a las teorías queer” dictado por Laura Fernández Cordero y “Pensamiento y Política Feminista latinoamericana”, dictado por Vanesa Vázquez Laba y Marta Vassallo.

14.

Esta selección es por demás corta. Queda pendientes para trabajos posteriores ampliar este camino incorporando otras autoras de la teoría queer (De Lauretis, 1996; Preciado, 2009), del feminismo marxista (Hartmann, 1979, 2000; Jónasdóttir, 1993), de los estudios sobre sexualidades (Wittig, 2006; Fausto-Sterling, 2000; Maffía y Cabral, 2003; Cabral y Benzur, 2005; Pecheny, 2008; Monro, 2007), entre otras académicas propias de las ciencias humanas y sociales (West y Zimmerman, 1987, 2009; Lamas, 2000; Ortner, 2006; etc.).

15.

Vale la pena recordar la frase de Freud (2014: 408): “Parafraseando una sentencia de Napoleón, «la anatomía es el destino».” Para una discusión al respecto, Meler (2003).

16.

Ver por ejemplo, Ariza y de Oliveira (1999).

17.

Dentro de las subpartes, la autora menciona los símbolos culturales, los conceptos normativos, las instituciones y organizaciones sociales (tales como el parentesco, el mercado de trabajo, la educación, la política, etc.) y la identidad subjetiva, definiendo como histórica (contingente) la relación entre estas cuatro subpartes.

18.

Esta tensión puede deberse a su interés por la intervenir académica y políticamente en la historia como disciplina: “El género parecía ser la mejor manera de cumplir el objetivo de las historias de las mujeres en la década de los setenta: arrastrar a las mujeres desde los márgenes hasta el mismo centro de la historia y, durante este proceso, transformar el modo en que se había escrito la historia” (Scott, 2011: 14).

19.

Como contrapunto, marca Femenías (2003: 190) que “en su afán meritorio de desnaturalizar los constructos sociales, su concepción pierde anclaje en lo que de “natural” (con todos los recaudos el caso) tenga el mundo que nos rodea”.

20.

En contraposición, se encuentra el movimiento de Rubin (1986) frente a Rubin (1989).

21.

“La heterosexualización del deseo exige e instaura la producción de oposiciones discretas y asimétricas entre “femenino” y “masculino”, entendidos estos conceptos como atributos que designan “hombre” y “mujer” La matriz cultural –mediante la cual se ha inteligible la identidad de género– exige que algunos tipos de “identidades” no puedan “existir”: aquellas en las que el género no es consecuencia del sexo y otras en las que las prácticas del deseo no son “consecuencias” ni del sexo ni del género” (Butler, 2007: 72)

22.

Incardinación es la forma en la que la autora traduce el término embodyment.

23.

De igual manera que el Censo 2001, el INDEC (2013) determina para el Censo 2010 que “-Sexo (P02): refiere a la condición de “varón” o “mujer” del censado.” Para una aguda reflexión sobre este tipo de mediciones de “sexo” en las ciencias sociales, ver West y Zimmerman (1987).

24.

Cursiva de los autores.

25.

Cursivas de la autora.

26.

Encuentro dos contraejemplos que escapan, parcialmente, a esta tendencia. Por un lado, Romero Díaz (1996), en su tesis de doctorado, contemporánea a la de Salido Cortés, define las relaciones de género en torno a las de clase social mediante Combes y Haicault (1994). Por otro lado, Colil Ríos (2010), incorpora definiciones próximas a las de Scott, a partir de Aguirre (1998) y de un borrador denominado “La desigualdad de género en América Latina”, elaborado por Irma Arriagada en 2009.

27.

“El aporte crítico de la deconstrucción al feminismo ha tenido resultados altamente ventajosos que le permitieron abandonar la idea de que la relación entre “mujer”, “género”, “identidad”, “diferencia” es una relación lisa y transparente, unívoca. Pero la desustancialización posmoderna de estas categorías, que la lucha feminista daba por seguras y que usaba como vectores de cohesión política, ha significado también perplejidad y desafíos frente a los nuevos riesgos de dispersión y fragmentación identitaria” (Richard, 2002: 100)

28.

Desde un abordaje fenomenológico, Krause (2016) cubre partes de estos tres puntos con una perspectiva informada por la teoría de género en un estudio de la reproducción de clases sociales en el AMBA.

29.

Ésta es una de las llaves del aporte que se puede desarrollar desde las técnicas de historia de eventos, tal cual señalan Treiman y Ganzeboom (2000), a los estudios de movilidad social intergeneracional.

30.

Ver resúmenes en Feito Alonso (1995) y Gómez Rojas (2009, cap. 1).

31.

Hipótesis que Echeverría Zabalza (1999: 119) resume de la siguiente manera: “dada, al menos, una economía de mercado y un sistema familiar nuclear, se puede afirmar que las pautas de movilidad relativa son muy similares entre los diferentes países, además de estables en el tiempo.”

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