Cuadernos de Marte

Año 10 / N° 19 Julio – Diciembre 2020

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La Guerra de Corea en las calles: el Partido Comunista de la Argentina y la disputa por la política exterior peronista en 1950

 

The Korean War in the streets: the Communist Party of Argentina and the dispute over Peronism´s foreign policy in 1950

por Hernán Comastri*

Recibido: 10/4/2020 – Aceptado: 1/6/2020

Cita sugerida: Comastri, H. (2020). La Guerra de Corea en las calles: el Partido Comunista de la Argentina y la disputa por la política exterior peronista en 1950. Cuadernos de Marte, 0(19), 343-372. Recuperado de https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/cuadernosdemarte/article/view/6286

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Resumen

El presente trabajo reconstruye la coyuntura histórica que, hacia julio de 1950, enfrentó al gobierno de Juan Domingo Perón con un número de manifestaciones obreras, estudiantiles y femeninas desarrolladas ante la posibilidad de una participación argentina en la Guerra de Corea (1950-1953). Este conflicto armado, y sus repercusiones en el país, no ha recibido hasta el momento un abordaje específico por la historiografía local, a diferencia de lo que sucede a nivel internacional, donde es posible observar una rica bibliografía, que aquí se presentará de una manera muy resumida. En cambio, el presente análisis se enfocará principalmente en problematizar los cambios en la política exterior argentina motivados por las mencionadas movilizaciones y el protagonismo que en las mismas jugaron las redes y asociaciones ligadas al Partido Comunista de la Argentina. El éxito de esta estrategia de movilización bajo la bandera del Movimiento por la Paz lograría, efectivamente, redefinir la política exterior peronista, que giró de una postura de marcado anticomunismo y acercamiento a los Estados Unidos, a la denuncia del conflicto como un producto del imperialismo norteamericano.

 

Palabras-Clave: Guerra de Corea, Peronismo, Partido Comunista, Movimiento por la Paz, Guerra Fría.

 

Abstract

The present work reconstructs the historical conjuncture that, towards July 1950, faced the government of Juan Domingo Perón with a number of workers, students and women demonstrations caused by the possibility of an Argentine participation in the Korean War (1950-1953 ). This armed conflict, and its repercussions in the country, has so far not received a specific approach by local historiography. Conversely, vast international bibliography can be observed on this matter, which will be briefly presented in the present work. Instead, the present analysis will focus mainly on the analysis of the changes in Argentine foreign policy motivated by the aforementioned mobilizations and the role played in them by the networks and associations linked to the Communist Party of Argentina. The success of this mobilization strategy under the banner of the Movement for Peace would effectively redefine Peronist foreign policy, which moved from a position of marked anti-communism and an approach to the United States, to denouncing the conflict as a product of North American imperialism.

 

Key-Words: Korean War, Peronism, Communist Party, Cold War, Peace Movements.

 

Introducción

El presente trabajo tiene como objetivo reconstruir las disputas por la política externa del gobierno de Juan Domingo Perón que se manifestaron en las calles de Rosario y Buenos Aires en una coyuntura poco visitada por la historiografía local, como fue el momento de discusión en torno a la posible participación argentina en la Guerra de Corea (1950-1953).

El estallido de las hostilidades en la península coreana marcó, a nivel global, un punto de referencia ineludible en la historia de la Guerra Fría, en tanto el mismo fue rápidamente interpretado desde la clave del enfrentamiento indirecto entre las superpotencias del mundo bipolar. La posibilidad de una escalada del conflicto que arrastrara a estadounidenses y soviéticos a una guerra abierta, el papel de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en la primera intervención militar sancionada por su Consejo de Seguridad, el ascenso de la China comunista como un actor central en el teatro asiático, los esfuerzos propagandísticos realizados en Occidente para movilizar a la opinión pública en apoyo de una guerra que se percibía como "lejana" en más de un sentido, y la puesta a prueba de la capacidad estadounidense para liderar un bloque continental unido y cohesionado fueron todos elementos, a su vez, que permitieron a la historiografía extranjera insertar a la Guerra de Corea en discusiones sobre el mundo de la Guerra Fría que excedían con creces el estudio del conflicto armado en sí mismo. Como se tratará de demostrar en las siguientes páginas, una línea de estudios similar se encuentra pendiente en la Argentina, aún cuando sus aportes a la historiografía local podrían ser extremadamente fructíferos.

Lo dicho previamente puede ser aplicado también a los estudios sobre el peronismo, campo en el que la coyuntura aquí presentada no se ha problematizado a pesar de la importancia que la discusión en torno a Corea terminó teniendo para el diseño de la política exterior de las primeras presidencias de Perón. Así, se buscará argumentar que, en este punto, durante el primer peronismo no sólo no se observa un proceso de regimentación y centralización que habría ahogado la vida asociativa y autónoma de la sociedad civil, sino que por el contrario, aún los alineamientos internacionales del país se encontraban abiertos a una disputa política que excedía largamente a los elencos gobernantes y que se gestaba desde la propia dinámica asociativa de la sociedad civil y política[1]. En este sentido, muchas de las posiciones adoptadas por el gobierno de Perón pueden ser leídas, antes que como imposiciones del vértice político sobre las bases, como respuestas y reacciones componedoras frente a un escenario socio-político que distaba de estar libre de disidencias, conflictos y pujas de poder.

Para avanzar en esta argumentación se comenzará por presentar un muy resumido estado de la cuestión sobre el tema, incluyendo en el mismo algunos datos básicos sobre el conflicto en la península coreana, las nuevas perspectivas y líneas de investigación a nivel internacional, y las formas de inclusión de las mismas en las discusiones de la historiografía local referidas a los estudios de la guerra, el peronismo y la historia del movimiento comunista argentino. A continuación, se reconstruirá el contexto político y económico en el cual se desarrollaron las conversaciones oficiales entre la Argentina y los Estados Unidos en pos de un envío de tropas a Corea, contexto signado por la crisis económica local y un discurso de fuerte contenido anticomunista de parte de los cancilleres designados por Perón, con Hipólito Paz como figura sobresaliente. Y por último, se buscará explicar el repentino cambio de política del peronismo, recogiendo y discutiendo las interpretaciones de sus contemporáneos y de la investigación histórica sobre el mismo, así como sobre las movilizaciones en contra del involucramiento argentino en la guerra y sobre el poder de movilización evidenciado en la época por el Partido Comunista de la Argentina y las organizaciones a él vinculadas bajo la bandera del Movimiento por la Paz.

 

Historia e historiografía de la Guerra de Corea

Como en el caso de Alemania y Vietnam, el fin de la Segunda Guerra Mundial significó la división de Corea en dos Estados enfrentados. Según los acuerdos firmados en Yalta en febrero de 1945, el paralelo 38 dividiría la nación coreana sobre la base de la ocupación militar de las potencias que habían expulsado al ejército japonés, que había controlado la península desde 1905. Al sur del paralelo, y con apoyo norteamericano, se establecería a Syngman Rhee al frente del gobierno de la República de Corea; en el norte, y con apoyo soviético, Kim Il Sung quedaría a cargo de la nueva República Popular de Corea. En la Conferencia de Moscú, además de la ocupación militar compartida, se había acordado también la creación de una comisión mixta con el objetivo de avanzar hacia la constitución de un gobierno unificado y democráticamente electo. Sin embargo, la resolución presentada en este sentido por Estados Unidos en la ONU a fines de 1947 fue rechazada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el resto de los países del bloque socialista, ratificando la división de hecho del país y sentándose las bases de la guerra cuando, en diciembre de 1948, la ONU reconoció a las autoridades electas de Corea del Sur como el gobierno legítimo de toda la península.

La alianza que había hecho posible la derrota militar de las potencias del Eje había entrado en crisis en la inmediata posguerra debido a la propia situación política, económica y social de los países liberados y ocupados por las tropas aliadas. Así, mientras la Unión Soviética volcaba todos sus esfuerzos diplomáticos y militares en defender la esfera de influencia que le había sido garantizada en los acuerdos de 1943-1954 (y especialmente en Yalta), los Estados Unidos observaban con preocupación el avance político de las fuerzas comunistas dentro y fuera de Europa, en un contexto socio-económico que, en el espejo del período de entreguerras, se juzgaba propicio para el crecimiento de movimientos extremistas. En este sentido, resulta de especial importancia resaltar que la principal preocupación del bloque occidental liderado por los Estados Unidos (y, como se verá a continuación, dentro del cual se debate el primer gobierno de Perón) no era la capacidad operativa del Ejército Rojo sino más bien la posibilidad de la encarnación del comunismo entre las masas. Es la agresiva política de contención ensayada por el Departamento de Estado norteamericano para hacer frente a este desafío la que terminará de quebrar la alianza construida durante la guerra[2].

Ya desde fines de 1947, por su parte, los acuerdos pactados para el retiro de tropas extranjeras y la reunificación de Corea resultaron víctimas de la nueva "Doctrina Truman" de contención al avance del comunismo internacional. A partir de las elecciones de ese año, la retórica del propio presidente Rhee se apoyó fuertemente en la promesa de la conquista militar de la capital norcoreana, Pyongyang, y fue acompañada por una campaña represiva que generó graves denuncias de violaciones a los derechos humanos en un contexto de extrema violencia política. Sólo en las semanas previas a los comicios de 1948, más de seiscientas personas fueron asesinadas por agrupaciones de izquierda y de derecha. Finalmente, el 25 de junio de 1950 más de setenta mil soldados norcoreanos atravesaron el paralelo 38 en cuatro puntos distintos. Las autoridades de Pyongyang justificaron la ofensiva en la necesidad de adelantarse a un ataque surcoreano que se consideraba inminente. Pero este argumento no pudo ser llevado al foro internacional de la ONU: por una disputa que se estaba desarrollando en paralelo[3] y a modo de boicot, la Unión Soviética se había retirado temporalmente de la institución. Así, la incapacidad soviética de ejercer su derecho a veto le permitió a los Estados Unidos intervenir en Corea bajo la bandera de Naciones Unidas y promover la movilización de los países del hemisferio occidental con el argumento de la defensa de la legalidad internacional.

En América, Estados Unidos buscó coordinar este apoyo a través de los acuerdos de cooperación y defensa mutua firmados a partir de 1945, principalmente los compromisos interamericanos acordados en el Acta de Chapultepec[4] en febrero y marzo de ese año, y posteriormente ratificados y extendidos en la Conferencia de Río de Janeiro de septiembre de 1947, en la que se firmaría el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Desde Washington se recurrió a este tratado, aunque sin demasiado éxito, para movilizar el apoyo latinoamericano en las operaciones militares de la ONU en Corea, lideradas por los Estados Unidos y sostenidas mayoritariamente con sus propias tropas y recursos luego de la rápida derrota del ejército surcoreano a manos de sus contrapartes norcoreanas. Las condiciones para la participación latinoamericana en esta intervención, sin embargo, incluían la adaptación de sus estructuras de mando y de sus equipamientos a las normas estadounidenses, dentro de una política mayor que perseguía la uniformación de armas, equipos, entrenamiento y formas de organización militar continental bajo los parámetros de la tradición y la industria estadounidense, establecidos por una Junta Interamericana de Defensa. Estos condicionamientos sumaron un punto de tensión extra con los elementos nacionalistas que, dentro y fuera de las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos, se resistían al aumento de la influencia de Estados Unidos en la región.

Mientras que cada uno de los aspectos de la Guerra de Corea, sólo muy superficialmente descriptos previamente, continúa hasta la actualidad motivando nuevas investigaciones en la historiografía internacional, al menos sobre un punto existe consenso académico: el enfrentamiento marcó un punto de quiebre en las dinámicas internacionales de la posguerra, globalizando y militarizando la competencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y dando una nueva forma a la Guerra Fría[5]. En las primeras dos décadas después del conflicto, pocas investigaciones académicas occidentales buscaron desafiar el sentido que el presidente Harry Truman y su Secretario de Estado, Dean Acheson, le habían adjudicado en 1951: un avance del comunismo internacional, que finalmente habría pasado de la táctica de la subversión encubierta a una invasión militar abierta, y que debía ser contenida. En la década de 1970, sin embargo, estos análisis experimentaron una profunda renovación gracias a la apertura de archivos oficiales estadounidenses previamente clasificados, que permitieron recuperar la centralidad de diversos factores domésticos (coreanos) en el estallido y el desarrollo de la guerra. De manera similar, tras la disolución de la Unión Soviética en la década de 1990 se abrieron a la indagación académica diversos documentos oficiales referentes a la actuación del Kremlin en Corea, lo que supuso un nuevo impulso a la renovación historiográfica.

A pesar de haber sido caracterizada durante décadas como "la guerra olvidada"[6], en la academia estadounidense el tema ha tenido en los últimos años un desarrollo destacado, en parte por ser los Estados Unidos el país que, fuera de las dos Coreas y China, más recursos invirtió y mayores pérdidas humanas sufrió en el conflicto. Así, la producción historiográfica de este país en las últimas décadas ha permitido que las investigaciones superen la perspectiva de la historia militar y de la política exterior para adentrarse en los más diversos aspectos de la guerra, sus causas y consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales. El interés académico estadounidense por este conflicto radica, además, en el lugar que el mismo ocupa dentro de una cronología más amplia de la Guerra Fría y de las transformaciones culturales que la misma impuso sobre el conjunto de la sociedad civil[7].

En los trabajos antes citados se recurre a una historia de la cultura como recurso mediante el cual recuperar diversas formas de resistencia y reflexión popular respecto a la guerra, distintas a las de la cultura letrada de intelectuales y políticos, y mostrar a la vez los límites efectivos de la propaganda y las diversas tentativas gubernamentales para conseguir apoyo social para el esfuerzo bélico[8]. Estudios similares han abordado otros casos nacionales de países que también participaron de la guerra, comparando, por ejemplo, la construcción de una "identidad occidental" en los Estados Unidos y Gran Bretaña frente al espejo coreano[9]. Más cercano al proyecto que aquí se propone, sin embargo, resulta el caso de Colombia, único país latinoamericano que respondió el llamado de Naciones Unidas y efectivamente envió tropas a Corea. Sobre este particular caso, Atehortúa Cruz reconstruyó las lógicas estatales que llevaron al gobierno de Laureano Gómez (1950-1951) a negociar con Estados Unidos el envío de tropas a cambio del acceso a armamento moderno que pudiese volcarse a la represión del conflicto interno en el contexto del período de "La Violencia" colombiana. Pero el mismo trabajo contrapone, a la vez, estas lógicas políticas y estatales con una mirada "desde abajo", que recupera las motivaciones, resistencias y representaciones sobre la guerra de los oficiales y soldados que efectivamente participaron de ella, y que en la mayoría de los casos difiere por completo de las justificaciones promovidas por el Estado y el debate político/intelectual de la época[10].

En contraste con lo antes expuesto, en tanto finalmente la Argentina no enviaría tropas de ningún tipo a Corea, esta guerra ha recibido muy poca atención por parte de investigadores argentinos. Así, el tema no está presente en las investigaciones locales abocadas a la historia de la guerra: esta ausencia puede observarse en la compilación de estudios sobre las guerras del siglo XX realizada por María Inés Tato[11], en la realizada por Federico Lorenz, que abarca desde las guerras guaraníticas de mediados del XVIII hasta la Guerra de Malvinas[12], y también en programas de investigación de la sociología de la guerra, como por ejemplo los presentes en los distintos números de la revista Cuadernos de Marte[13]. Pero aunque en ella no hayan combatido tropas argentinas, la Guerra de Corea podría insertarse de todas maneras en una genealogía de estudios que se han ocupado de analizar, en palabras de María Inés Tato, "la movilización cultural de la opinión pública" y la sociedad civil argentina frente a la guerra[14]. Desde la perspectiva de la historia social y cultural, estos trabajos han abordado ya la Guerra del Paraguay, la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial[15], por contar sólo aquellos abocados al período que corre entre la Organización Nacional y la Guerra de Corea de 1950.

Desde esta perspectiva, el impacto de la guerra no puede reducirse sólo a aquellas poblaciones que participaron físicamente de la misma: sin buscar establecer una falsa equivalencia con la experiencia de quienes efectivamente combatieron en territorio coreano, la guerra representó un punto de referencia significativo en la construcción política de los movimientos políticos que debieron sentar una posición frente a las mismas. Esta relación entre política exterior y construcción política interna puede constatarse en la producción internacional previamente citada pero, como se buscará demostrar a continuación, vale también para el caso argentino. Por un lado, porque los cambios en términos de política exterior, a los que el gobierno de Perón se vio forzado como consecuencia del rechazo popular a la guerra, aún no han sido suficientemente problematizados en los análisis del período como un tema en sí mismo. Y por otro lado, porque en el origen de este cambio pueden medirse los resultados de la actuación política de diversas organizaciones movilizadas en torno a la consigna de la no-intervención en el conflicto coreano, pero que en términos más generales respondieron a una estrategia de construcción política impulsada principalmente por el Partido Comunista de la Argentina (PCA).

 

Hipólito Paz, la negociación con Estados Unidos y la respuesta del PCA

El estallido de los combates en la península coreana encontró al gobierno argentino abocado a la tarea de reparar la relación diplomática con los Estados Unidos, aún resentida como consecuencia de la neutralidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial y de las posiciones autonomistas, cuando no de abierto enfrentamiento, que habían caracterizado a la política exterior del país en su relación con Washington en años previos, y que parecía consolidarse bajo el gobierno peronista a través de la noción de la "Tercera Posición". Para el propio gobierno peronista, sin embargo, la crisis económica que golpeó al país a partir de 1949 puso de manifiesto la necesidad de un acercamiento a los Estados Unidos, única potencia capaz de sostener el flujo de divisas e importaciones de bienes de capital necesario para apuntalar el proceso de industrialización local[16]. En esta instancia, el estallido de la Guerra de Corea parecía ofrecerse como una oportunidad ideal para ensayar un realineamiento de la política exterior argentina, que le permitiera al gobierno de Perón acercar posiciones con Washington. Así, si bien la delegación argentina había participado de la Conferencia de Río, en la que el conjunto de los países del continente habían aceptado el liderazgo estadounidense en materia de defensa y sentado las bases del TIAR, el gobierno de Perón recién envió dicho tratado para su ratificación por la Cámara de Diputados  en 1950 (el Senado argentino lo había aprobado en 1948), apenas dos días después de comenzado el conflicto coreano y como respuesta a las renovadas presiones norteamericanas tendientes a alinear al conjunto de los países americanos detrás de su política anticomunista.

La predisposición del gobierno argentino a colaborar con la intervención de la ONU en Corea ha sido tradicionalmente interpretada por la historiografía como un elemento más de este intento de acercamiento a los Estados Unidos. Puede trazarse, en este sentido, un paralelismo con el caso colombiano, en el que el compromiso militar se había utilizado como moneda de cambio para el apoyo estadounidense en términos políticos, económicos y de equipamiento militar. Así, en palabras de Potash:

 

Mientras la Argentina se volvía hacia Gran Bretaña para cumplir con el principal objetivo de la Fuerza Aérea, su política de adquisición de armas para el Ejército siguió basándose en la premisa de que, tarde o temprano, las relaciones con los Estados Unidos volverían a la normalidad total. El gobierno de Perón estaba comprometido a reequipar el Ejército -dentro del marco referencia del pacto de defensa hemisférico promulgado en el acuerdo de Chapultepec- y a emprender el programa de uniformación de armas, entrenamiento y organización recomendado por la Junta Interamericana de Defensa[17].

 

Aun teniendo en cuenta el carácter "pendular" de la política exterior argentina durante el período, que supo utilizar la Tercera Posición para aumentar su "poder de regateo" frente a Washington[18], esta postura no representó necesariamente una contradicción de las posiciones previas del peronismo en relación al "comunismo internacional". Ya en la mencionada Conferencia de Río, Juan Atilio Bramuglia, Ministro de Relaciones Exteriores entre 1946 y 1949, había propuesto a la delegación estadounidense un "acuerdo anticomunista secreto" que nunca llegaría a firmarse, y había asegurado a los enviados de Washington: "En todo caso, la Argentina participará desde el principio en toda guerra contra Rusia apoyando a los Estados Unidos", y que "toda insinuación en sentido contrario sólo obedecía a necesidades del consumo interno"[19]. Hipólito Paz, que reemplazó a Bramuglia en la Cancillería entre 1949 y 1951, sería un partidario aún más ferviente de este alineamiento internacional con los Estados Unidos, y en el contexto de la Guerra de Corea buscaría llevarlo a la práctica a través del envío de un contingente militar al frente de batalla[20]. En esa coyuntura, el propio Perón declaraba a la prensa: "Yo soy profundamente partidario de la paz, pero no al precio del comunismo". Y en los más altos círculos del gobierno peronista, la discusión posterior a la convocatoria de la ONU parecía girar en torno a una cuestión de procedimiento; esto es, si el Poder Ejecutivo contaba con la atribución constitucional de enviar un cuerpo expedicionario argentino al extranjero, o si legalmente dicha decisión debería pasar por el Parlamento[21].

En una entrevista ofrecida en octubre de 1998, Paz recordaría que él mismo había redactado el borrador de un decreto que "incluía todos los puntos a tener en cuenta a la hora de un envío de tropas" a Corea, de una manera "muy fácil y barata" y con un "contingente de voluntarios que iban a ir felices, porque les íbamos a pagar muy bien". Y agregaba que: "Era, ante todo, un gesto simbólico. Los americanos estaban enloquecidos con la idea"[22]. El embajador argentino en los Estados Unidos, Jerónimo Remorino (que en 1951 intercambiaría con Paz la embajada en Washington por el cargo de Canciller), habría estado "feliz con la idea" y el propio Perón habría aprobado el borrador, con algunos cambios menores de su propio puño y letra. Sin embargo, esta "oportunidad" para un "reacomodamiento de nuestras relaciones con los Estados Unidos" habría sido desaprovechada con el posterior cambio de idea de Perón[23]. De hecho, apenas unos días después de las gestiones rememoradas por Paz, Perón afirmaba públicamente su rechazo a cualquier participación argentina en la guerra y desde su gobierno se denunciaba, incluso, el carácter imperialista de la misma.

En consonancia con este nuevo discurso, fuertemente crítico respecto a la intervención de Estados Unidos en el conflicto coreano, los representantes argentinos en la Asamblea de Naciones Unidas llegarían incluso a votar en contra de autorizar a las tropas de MacArthur el cruce del paralelo 38[24]. De un discurso marcadamente anticomunista como el que había caracterizado al de los primeros años del peronismo en el poder, se pasaba ahora a una lectura del enfrentamiento en Corea desde una perspectiva antiimperialista de condena de la Doctrina Truman en Asia, verdadera responsable de la guerra. Son numerosas las fuentes que ofrecen testimonios de época sobre este giro discursivo. El propio Perón, a través del seudónimo de "Descartes", desarrolló en detalle esta idea en columnas semanales de opinión publicadas en el diario Democracia. En las mismas, el presidente exponía su pensamiento sobre la posibilidad o la inminencia de una Tercera Guerra Mundial que enfrentaría a los Estados Unidos con la Unión Soviética, y sobre la necesidad de preparar la economía nacional para hacer frente a aquella situación que, como en los conflictos mundiales previos, estaba destinada a interrumpir el comercio internacional y exigiría del país un elevado grado de autarquía industrial[25]. Manteniendo la equidistancia respecto a los bandos enfrentados, Perón ahora observaba en la guerra, antes que una cruzada anticomunista o una oportunidad de acercamiento a los Estados Unidos, un desafío para el desarrollo económico argentino.

La denuncia de la política exterior del presidente Truman fue común en publicaciones oficiales como Hechos e Ideas[26]. Y en 1952 se publicaba el libro La Guerra de Corea, una compilación de artículos de tres autores extranjeros profundamente críticos de la intervención estadounidense en Asia: Dzelepy, un ex diplomático checo; Stone, un "periodista liberal norteamericano" del periódico New Republic, y Bourdet, "que dirigiera el memorable Combat parisino en los días de la Liberación, [y que] asume hoy, desde L´Observateur, la dirección del movimiento neutralista en Francia"[27]. En la "Nota Liminar" que prologa la compilación, los editores destacan la naturaleza de "conflicto civil" de la Guerra de Corea, que sólo a través del "fraude informativo norteamericano" puede comprenderse como crisis internacional. A la vez, se destaca el liderazgo latinoamericano de Perón y de la Argentina en las Conferencias Panamericanas, y se contrapone la política neutralista del país con la actuación de Colombia, que sufría a causa de un gobierno que "llegó al poder por el crimen político"[28].

La explicación para este abrupto cambio en el discurso y la política de alianzas del peronismo, en momentos en que la crisis económica aún no había sido superada, no podría agotarse en la referencia a las luchas intestinas dentro de la coalición gobernante, tal como argumenta Potash. Principalmente porque el autor no ofrece mayores precisiones sobre las formas específicas en que se habría manifestado esta "rebeldía" de los sectores más nacionalistas del gobierno y las Fuerzas Armadas, que habrían rechazado los intentos de Perón y sus cancilleres por acercar posiciones con Washington[29]. Tampoco puede explicarse únicamente mediante la referencia al carácter pendular de la política exterior peronista y al "tira y afloje" que, en palabras de Morgenfeld[30], formaba parte de la estrategia de negociación con los Estados Unidos: de hecho, existió una negociación con los Estados Unidos en torno a la participación argentina en el conflicto coreano, pero el giro en el discurso del peronismo vino a representar el quiebre de dicha negociación. En palabras del propio Paz:

 

En conversaciones que tuve [con funcionarios norteamericanos sobre Corea] logramos al final una fórmula, de que se mandarían tropas siempre y cuando un plebiscito así lo determinara, con lo cual los americanos se quedaron muy contentos, aunque sabíamos que esa aprobación no ocurriría[31].

 

Dicho plebiscito tampoco se efectuaría. Y tal como Potash y Morgenfeld reconocen (aunque como un elemento secundario dentro de sus respectivas reconstrucciones del período), el giro en la estrategia oficial no se habría concretado sin la presión de las manifestaciones populares en rechazo a la participación argentina en la guerra. Y estas manifestaciones populares, como observaron los elencos gobernantes en la época, tampoco escaparon a la lógica propia de las relaciones internacionales en el contexto global de la Guerra Fría.

Efectivamente, frente a las presiones de los Estados Unidos tendientes a movilizar un apoyo continental a la intervención en Corea, el bloque soviético respondió con un reforzamiento del llamado Movimiento por la Paz, que buscó preservar la no-intervención en el conflicto. En respuesta a la Doctrina Truman y el Plan Marshall, en una reunión celebrada en septiembre de 1947 en Polonia, los partidos comunistas de la URSS, Yugoslavia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Francia e Italia formalizaron la ruptura de la política de frentes nacida como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y fijaron nuevas estrategias para el escenario global de la Guerra Fría. Así, retomando los tópicos, sensibilidades y estructuras de los antiguos  movimientos antifascistas, los partidos comunistas sustituirían el  combate por la revolución por la resistencia anti-imperialista y la lucha por la paz[32]. Esta lucha se formalizó con la creación de un Consejo Mundial por la Paz, que a su vez se replicaría en una multitud de organizaciones a escala nacional.

Si, como plantea Adriana Petra, los "avatares del Movimiento por la Paz fueron, en la Argentina como en el resto del mundo, un espejo de las necesidades políticas de la Guerra Fría", resulta lógico que el período 1950-1953, coincidente con la Guerra de Corea, haya sido el más activo para el movimiento en la década del cincuenta, tanto a nivel nacional como internacional[33].

 

Obreros, mujeres y estudiantes salen a las calles en repudio a la guerra

Las primeras tratativas encaminadas a llegar a un acuerdo con los Estados Unidos para el envío de tropas argentinas a Corea tomaron carácter público a principios de julio de 1950 y desataron diversas manifestaciones de protesta, tanto de sectores enfrentados como de aliados de la gestión peronista. Lo que es más, a los trascendidos sobre las conversaciones entre el embajador Remorino y el Secretario de Estado, Dean Acheson, se le sumarían luego rumores que suponían que esta alianza militar era uno de los requisitos exigidos por Washington para la aprobación de un crédito del Banco de Exportación e Importación (Eximbank) estadounidense, que el peronismo estaba negociando en forma paralela. En consecuencia, en varias ciudades del país se observaron marchas que manifestaron el rechazo popular al involucramiento argentino en la guerra y que, efectivamente, lograron ejercer la suficiente presión para que el gobierno alterara su política exterior. Y este rechazo al involucramiento en el conflicto coreano abarcaba tanto a los trabajadores sindicalizados que formaban la columna vertebral del movimiento peronista, como a un movimiento estudiantil históricamente enfrentado al mismo y que había sabido convertirse en un símbolo de lo "antinacional" para buena parte de las bases del peronismo[34].

El 17 de julio, en una reunión realizada en el Teatro Colón bajo los auspicios de la CGT, Perón aseguró que, respecto a este tema, él haría "lo que el Pueblo quisiera"[35]. A la mañana siguiente los obreros de los talleres del Ferrocarril Mitre de la localidad de Pérez, en las afueras de Rosario, decidieron convocar a una huelga y marchar al centro de dicha ciudad, en la que convocaron a una reunión mayor a tener lugar en la sede de la Unión Ferroviaria. Esta respuesta llevó a muchos observadores de la época (incluido el Departamento de Estado norteamericano) a ver detrás de estas manifestaciones la mano de Perón, que las habría utilizado para retirarse de las negociaciones con Estados Unidos en respuesta a las "demandas populares"[36]. El argumento es taxativamente rechazado por Paz en la entrevista antes citada. Y en cualquier caso, tampoco queda claro cuál sería el motivo para el cambio de opinión de Perón si se retira de la ecuación el rechazo popular a la intervención en Corea, que Paz señala como el único motivo que habría movido a Perón a rechazar el plan de su autoría.

Las manifestaciones, por su parte, estaban lejos de ser una simple "escenificación" de protesta. La conducción de la Unión Ferroviaria trató, sin éxito, de disolver la reunión convocada por las bases del sindicato, a cuyas columnas se fueron sumando empleados de la firma Minetti y Cía y otras personas sin afiliación específica interpeladas por el reclamo. También trató de contener a los manifestantes, y también sin éxito, el ex senador por el peronismo Demetrio Figueiras. Finalmente, la marcha sería dispersada por la policía, y no sin un saldo de heridos y detenidos entre las columnas que llevaban carteles con las imágenes de Eva y de Perón. Más tarde la gerencia del Ferrocarril Mitre sometió a sumario y separó de sus cargos a quienes juzgó como los líderes de la movilización. Y ese mismo día el titular de la Unión Ferroviaria, Pablo Carnero López, viajó desde Buenos Aires para realizar en Rosario, por la noche, una Asamblea Extraordinaria en la que se responsabilizó a "grupos minoritarios" de los hechos ocurridos y se ratificó la adhesión del gremio a la conducción de Perón. Otros sindicatos, como la Unión Obrera Metalúrgica y la Unión Obrera Molinera Argentina, emitieron similares comunicados llamando a la "lealtad" del movimiento obrero. La Delegación Regional de la CGT, por su parte, llamó a los trabajadores a "demostrar ahora su disciplina y su acatamiento a los organismos sindicales" y a no dejarse engañar por los "emboscados"[37].

También Paz recordaría más tarde estos hechos en una clave conspirativa, señalando que las manifestaciones habían sido "programadas" y "dirigidas" por la URSS[38]. Pero si la denuncia de "grupos minoritarios", "emboscados" y conspiraciones comunistas podía funcionar como un mecanismo para obviar las contradicciones y tensiones surgidas desde las propias bases de la coalición gobernante, en este contexto histórico específico estas acusaciones actuaban sobre una realidad política efectiva. A partir de 1946 el PCA había abandonado el esquema de oposición directa al peronismo como un "nazi-fascismo" a ser enfrentado por un frente democrático, y en cambio había adoptado "una retórica que criticaba las prácticas gubernamentales utilizando la lógica y el discurso de la propuesta peronista"[39]. Así, siguiendo la teoría de Gramsci sobre la "guerra de posiciones" antes que "de movilización", Acha observa que en la época el PCA dio un lugar central dentro de su estrategia de construcción política a la táctica de activación barrial, buscando tensionar la política de justicia social del gobierno para obligarlo a mostrar sus contradicciones[40]. El Movimiento por la Paz, y su capacidad de movilización de sectores obreros, fue un ejemplo particularmente exitoso de esta activación de las redes del asociacionismo de la sociedad civil.

En la Ciudad de Buenos Aires también hubo manifestaciones y, aunque los diarios registran que las mismas movilizaron a menos personas que en Rosario, tuvieron la particularidad de reunir también a estudiantes universitarios y mujeres. Desde el mismo momento de la campaña electoral que le daría la presidencia a Perón, el movimiento estudiantil (principalmente en Buenos Aires pero también en La Plata y otras ciudades) fue un actor central de la oposición al gobierno durante todo el período, y en las protestas por el posible involucramiento argentino en la Guerra de Corea llegaría al extremo de ver asesinado a uno de sus dirigentes estudiantiles, Jorge Calvo, a manos de la Sección Especial de Represión al Comunismo de la Policía Federal[41]. Muy heterogéneo en su composición interna (que reunía sectores reformistas, humanistas, católicos, socialistas, radicales, etc.), este grupo encontró un elemento de unidad en la oposición a lo que consideraba el "nazi-fascismo" peronista[42]. Y en el recuerdo de estos antiguos estudiantes, el rechazo a la participación argentina en la Guerra de Corea es un hito en esta lucha contra lo que consideraban un régimen autoritario y un cuerpo extraño a los claustros universitarios, que había irrumpido a los mismos como un invasor[43].

Los antiguos estudiantes que dejaron testimonio oral de sus experiencias en el período recuerdan, no sin cierto humor, los carteles en la vía pública en los que se los acusaba, con nombre y apellido, de recibir "rublos" por su militancia antiperonista[44]. El propio jefe de la Policía Federal hacía explícita esta acusación, caracterizando a estos manifestantes como una "quinta columna alquilada al imperialismo soviético" que engañaba a los incautos con falsos rumores y campañas, y "de esta manera se produce confusión y la policía debe intervenir contra mujeres y pacíficos ciudadanos"[45]. La referencia al arresto de mujeres, por su parte, remite un operativo policial realizado en las inmediaciones del Congreso Nacional el día 19[46] y a al rol protagónico que había jugado en la movilización de esa fecha la Unión de Mujeres de la Argentina (UMA), organización también apadrinada por el PCA.

Adriana Valobra reconstruye la historia de la UMA, creada en 1947 a partir de la experiencia de la Junta de la Victoria (1941-1943) y, como aquella, impulsada principalmente por el PCA, aunque abierta a un público femenino de muy variadas afiliaciones políticas, cívicas y religiosas. Este heterogéneo universo de mujeres provenientes del catolicismo, la militancia de izquierdas o incluso el propio peronismo, encontraba un punto de convergencia en el discurso en favor de la paz desde el lugar apolítico de "la madre", que ya había sido ensayado en ocasión de la Guerra Civil Española. Si bien la autora relativiza la imagen de la UMA como un simple "satélite" del PCA que se habría utilizado para "camuflar" sus actividades partidarias bajo supuestas manifestaciones espontáneas, lo cierto es que la función directiva del Partido fue central en la acción de este grupo; hacia 1949 ya habían concluido los "años formativos" de la UMA y ésta se enfrentaba a una escalada represiva por parte del Estado, que reprimía sus manifestaciones, clausuraba sus locales y perseguía a sus dirigentes[47]. Marina Kabat también ha trabajado la represión peronista hacia estas agrupaciones de mujeres, y más específicamente a aquellas movilizadas debido a la Guerra de Corea; como en los casos antes citados, también ella señala la importancia del liderazgo comunista como motor de las protestas en Rosario y Buenos Aires[48]. El impacto social de la represión a este grupo de mujeres terminaría de consolidar la eficacia de esta intervención del PCA, que pocos días después se vería reflejada en el abrupto cambio de política del gobierno de Perón.

 

Conclusiones y comentarios finales

En las líneas previas se ha buscado presentar las circunstancias históricas en las que el debate sobre el posible involucramiento de la Argentina en la Guerra de Corea tomó forma en el país en julio de 1950. Y aunque las múltiples aristas del tema no pueden ser agotadas por un trabajo de las características del aquí presentado, el objetivo del mismo ha sido realizar una primera aproximación a la problemática y señalar puntos de interés para futuras investigaciones, que exceden a la historia y la sociología de la guerra, y que ponen en diálogo a la misma con los estudios sobre el peronismo, el comunismo argentino y la Guerra Fría global. Desde esa perspectiva, la Guerra de Corea, que podría parecer irrelevante para la historia de la política exterior argentina desde el mismo momento en el que el país se declaró neutral, adquiere un nuevo interés y se presenta como un momento de emergencia de dinámicas políticas de más largo aliento.

Como pudo observarse en las páginas previas, aún en las maneras de interpretar los sucesos observados, las lógicas propias de la Guerra Fría comenzaban a construir un sentido común y proyectaban, a futuro, la posibilidad de un tipo de discurso que sería central en la relación entre el peronismo y las izquierdas en las décadas venideras. Para el caso específico de las discusiones sobre la potencial participación argentina en la Guerra de Corea, éstas se hicieron patentes en las calles de Rosario y Buenos Aires a través de multitudinarias manifestaciones en repudio a las negociaciones oficiales con Washington. Y estas marchas fueron protagonizadas por sectores tan diversos (y en los términos políticos de la época, tan alejados) como la CGT y el movimiento estudiantil universitario y organizaciones de mujeres movilizadas bajo la bandera de la paz mundial. Una convergencia que, si bien muy rápidamente desactivada por el gobierno de Perón, remite a prácticas más fácilmente asociadas en la memoria social a los "largos sesentas" que al año 1950.

No se pretende aquí proponer una hipótesis de historia contrafáctica, sino señalar que la desactivación de estas movilizaciones implicó grandes costos y una redefinición de políticas centrales del primer gobierno peronista. De hecho, en las jornadas de protesta por la posible participación argentina en la guerra puede observarse una convergencia entre obreros y estudiantes que, a simple vista, parecería más típica de los sesenta que de 1950. No se trata aquí de establecer una genealogía de continuidades o rupturas radicales: por supuesto, en los sesenta esta convergencia responde a un abanico de reivindicaciones comunes que tienen como centro (pero que no se agotan en) el reclamo por el retorno de Perón, mientras que en 1950 el fenómeno parecería ser más coyuntural y reactivo. Lo que aquí se busca destacar es que esta convergencia no tuvo una sobrevida dentro del período peronista en buena medida por la propia reacción del gobierno de Perón, que supo desactivar esta experiencia aún a costa de rediseñar aspectos centrales de su política exterior.

Y es en este punto, finalmente, que se observa la forma en que la política del primer peronismo se encontraba abierta a las pujas de poder y las negociaciones con un número significativo de actores de la sociedad civil. A diferencia de aquellas perspectivas que observan en el período un cierre del espacio público y el avance indiscutido del Estado sobre todos los antiguos espacios de actividad política autónoma, el gobierno peronista se muestra como una construcción y una reconstrucción permanente en relación a una base de sustento de gran fluidez en la época. Diversas figuras y agrupaciones políticas, en este sentido, utilizaron el discurso peronista para poner en tensión las políticas del propio gobierno de Perón y mostrar sus límites y contradicciones: la coyuntura de la Guerra de Corea (como luego las discusiones por la participación extranjera en la producción petrolera o por la necesidad de un aumento de la productividad del trabajo industrial) ofreció una oportunidad ideal en este sentido. El PCA supo observar esta dinámica y capitalizarla para, en la lógica propia de la Guerra Fría, oponer a las presiones y ofertas de Washington su apoyo a una movilización popular y múltiple en defensa de la paz. Este elemento no puede ser obviado a la hora de pensar el cambio de rumbo de la política exterior del gobierno de Perón, con todas sus consecuencias de corto y mediano plazo.

 

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* Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani", UBA - CONICET.

[1] Para una discusión historiográfica en torno a estas lecturas del primer peronismo, ver: Acha, O. (2004). "Sociedad civil y sociedad política durante el primer peronismo". Desarrollo Económico n° 174 (pp. 199-229). Buenos Aires.

[2] Hobsbawm, E. (1999). Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica, pp. 234-246.

[3] La misma tuvo como centro el asiento reservado para China en el Consejo de Seguridad de la ONU, que era reclamado a la vez por la China Popular y por la República de China en Taiwán, ya que ambos gobiernos se consideraban los legítimos representantes del conjunto del territorio. Como forma de protesta y presión frente al no-reconocimiento occidental al gobierno de Mao Tse-Tung, los representantes de la Unión Soviética se retiraron del Consejo.

[4] Esta reunión de Estados americanos se realizó en los últimos meses de la guerra, cuando la victoria aliada parecía ya asegurada, y su objetivo de más largo plazo era la constitución de una nueva arquitectura de instituciones y tratados continentales diseñados por los Estados Unidos, que se completaría con la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948.

[5] Matray, J. (2011). "Korea´s War at 60: A Survey of the Literature". Historiographical Review n° 1 (pp- 99-129). Chico, p. 99.

[6] Ubicada entre dos conflictos bélicos que tuvieron un profundo impacto en la cultura, política, economía y sociedad norteamericana, durante años el estudio de la Guerra de Corea se vio eclipsado tanto por la exitosa participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, como por su traumática derrota en Vietnam. Para más detalles, ver: Milliken, J. (2001). The Social Construction of the Korean War: Conflict and its Possibilities. Manchester: Manchester University Press.

[7] Ver, a modo de ejemplo: Whitfield, S. (1996). The Culture of the Cold War. Baltimore: The John Hopkins University Press; Engelhardt, T. (2007). The End of Victory Culture: Cold War America and the Disillusioning of a Generation. Massachusetts: University of Massachusetts Press, y Kuznick, P. y Gilbert, J. (Eds.) (2010). Rethinking Cold War Culture. Washington D.C.: Smithsonian Books.

[8] Casey, S. (2008). Selling the Korean War: Propaganda, Politics, and Public Opinion in the United States, 1950-1953. Oxford: Oxford University Press.

[9] Milliken, J. (1999). "Intervention an Identity: Reconstructing the West in Korea" en J. Weldes, M. Laffey, H. Gusterson y R. Duvall (Eds.). Cultures of Insecurity: States, Communities, and the Production of Danger. Minneapolis: University of Minnesota Press.

[10] A partir de los propios testimonios de los ex combatientes y en un muy interesante trabajo de historia oral, el autor es capaz de concluir que muchos de los "voluntarios" que fueron movilizados a Corea, se ofrecieron para dicho servicio principalmente como una forma de evitar ser desplegados en la represión interna contra sus propios compatriotas. Cruz, A. (2008). "Colombia en la Guerra de Corea". Folios n° 27 (pp. 63-76). Bogotá.

[11] Tato, M. I.; Pires, A. P., y Dalla Fontana, L. E. (comps.) (2019). Guerras del siglo XX. Experiencias y representaciones en perspectiva global. Rosario: Prohistoria Ediciones.

[12] Lorenz, F. (comp.) (2015). Guerras de la historia argentina. Buenos Aires: Ariel.

[13] Los números consultados van del 0 al 17 (años 2010-2018). Ver: Cuadernos de Marte. Revista Latinoamericana de Sociología de la Guerra, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

[14] Tato, M. (2010). "En el nombre de la Patria: asociacionismo y nacionalismo en la Argentina en torno a la Primera Guerra Mundial". Ponencia presentada en el XIV Encuentro de Latinoamericanistas Españoles. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela. 

[15] Ver, respectivamente: Baratta, V. (2013). La Guerra del Paraguay y el proceso de construcción de la identidad nacional argentina (1864-1870). Tesis de Doctorado en Historia. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras de la UBA; Tato, M. (2010). "En el nombre de la Patria: asociacionismo y nacionalismo en la Argentina en torno a la Primera Guerra Mundial", op. cit.; De Cristóforis, N. y Tato, M. (Comps.) (2014). Las grandes guerras del siglo XX y la comunidad española en Buenos Aires. Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y Newton, R. (1995). El cuarto lado del triángulo. La "amenaza nazi" en la Argentina. Buenos Aires: Sudamericana.

[16] Rougier, M. (2012). La economía del peronismo. Una perspectiva histórica. Buenos Aires: Sudamericana, pp. 138-139.

[17] Potash, R. (1981). El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962: de Perón a Frondizi. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, p. 117.

[18] En este sentido, el gobierno de Perón buscó conservar siempre un grado de autonomía relativa frente a los nuevos bloques de la Guerra Fría, y así, aún en plena Guerra de Corea, la Argentina fue uno de los pocos países del continente (los otros fueron Uruguay y México) que mantuvieron sus lazos diplomáticos con la Unión Soviética. Ver: Morgenfeld, L. (2011). Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955). Buenos Aires: Ediciones Continente, p. 357.

[19] "Comunicación confidencial de la Embajada de Buenos Aires", agosto de 1947, citada en: Potash, R. (1981). El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962: de Perón a Frondizi, op. cit., pp. 118-119.

[20] Una reconstrucción de la carrera diplomática de Paz, y de la importancia que dentro de la misma jugaría la relación con los Estados Unidos, puede consultarse en su autobiografía: Paz, H. (1999). Memorias. Vida pública y privada de un argentino en el siglo XX. Buenos Aires: Editorial Planeta.

[21] López, I. y Andersen, D. (1998). La política exterior peronista, la Guerra de Corea (1950-1953), y las repercusiones internas en la Argentina. Tesis de Licenciatura en Historia. Córdoba: Facultad de Filosofía y Humanidades - Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, pp. 161-164.

[22] Ibidem, p. 194.

[23] Ibidem, pp. 194 y 198.

[24] Douglas MacArthur, general estadounidense, había sido designado por la ONU como Comandante Supremo de las tropas internacionales desplegadas en Corea. Luego de derrotar a las tropas norcoreanas en el sur de la península, el cruce del paralelo 38, finalmente autorizado por la ONU, terminaría forzando el involucramiento del ejército chino en la guerra.

[25] Estas columnas de opinión, publicadas entre 1951 y 1953, fueron luego reunidas en el libro: Descartes [seudónimo de Perón, Juan Domingo] (1953). Política y Estrategia (no ataco, critico). Buenos Aires: sin datos.

[26] Comastri, H. (2014). “La Nueva Argentina en el espejo norteamericano. Los Estados Unidos como punto de referencia en la revista Hechos e Ideas (1947-1951)”. Polhis. Boletín Bibliográfico Electrónico del Programa Buenos Aires de Historia Política n° 13 (pp. 118-133). Buenos Aires.

[27] Dzelepy, E., Stone, I. y Bourdet, C. (1952). La Guerra de Corea. Buenos Aires: Prensa Libre, solapa delantera.

[28] Ibidem, pp. 10-12.

[29] Potash, R. (1981). El ejército y la política en la Argentina, 1945-1962: de Perón a Frondizi, op. cit., p. 172.

[30] Morgenfeld, L. (2011). Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas (1880-1955), op. cit., p. 394.

[31] Rapoport, M. (2015). "Hipólito Jesús Paz: De la Tercera Posición a la búsqueda de un arreglo con Washington, 1943-1955", en Mario Rapoport (dir.). Historia oral de la política exterior argentina (1930-1966). Buenos Aires: Editorial Octubre, p. 319.

[32] Petra, A. (2013). "Cultura Comunista y Guerra Fría: los intelectuales y el movimiento por la paz en la Argentina." Cuadernos de historia n° 38 (pp. 99-130). Santiago, p. 103.

[33] Petra, A. (2013). "Cultura Comunista y Guerra Fría: los intelectuales y el movimiento por la paz en la Argentina", op. cit., pp. 124-125.

[34] Esto se observó, por ejemplo, en las columnas obreras que apedrearon la Universidad Nacional de La Plata en las marchas del 17 de octubre (James, D. (1987). "17 y 18 de Octubre de 1945: El peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina". Desarrollo Económico n° 107 (pp. 445- 461). Buenos Aires) y en el canto de "Alpargatas sí, libros no", pero también en los prejuicios del movimiento estudiantil frente a una nueva población que accedía a la educación universitaria.

[35] La Prensa (1950) "En un Acto de la C.G.T. Aludió el Presidente a la Actitud Internacional de la Argentina". Buenos Aires, 18 de julio.

[36] Luna, F. (1987). Perón y su tiempo. Tomo II. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, p. 77.

[37] López, I. y Andersen, D. (1998). La política exterior peronista, la Guerra de Corea (1950-1953), y las repercusiones internas en la Argentina. Tesis de Licenciatura en Historia, op. cit., pp. 167-168.

[38] López, I. y Andersen, D. (1998). La política exterior peronista, la Guerra de Corea (1950-1953), y las repercusiones internas en la Argentina. Tesis de Licenciatura en Historia, op. cit., p. 194.

[39] Valobra, A. "Partidos, tradiciones y estrategias de movilización social: De la Junta de la Victoria a la Unión de Mujeres de la Argentina". Prohistoria, 2005, núm. 9 (pp. 67-82). Buenos Aires, pp.72-73.

[40] Acha, O. (2004). "Sociedad civil y sociedad política durante el primer peronismo", op. cit., p. 206.

[41] En la misma represión sería asesinado también el obrero metalúrgico Ángel Zelli. Ver: Petra, A. (2013). "Cultura Comunista y Guerra Fría: los intelectuales y el movimiento por la paz en la Argentina." Cuadernos de historia n° 38 (pp. 99-130). Santiago, p. 127.

[42] Para una reconstrucción más detallada sobre la actuación política del movimiento estudiantil de la Ciudad de Buenos Aires, ver: Califa, J. S. (2014). Reforma y revolución. La radicalización política del movimiento estudiantil de la UBA 1943-1966; Buenos Aires: Eudeba.

[43] Comastri, H. (2015). “Memorias sobre la Universidad de Buenos Aires durante el primer peronismo (1946-1955)”. Testimonios n° 4 (pp. 65-86). Buenos Aires.

[44] Comastri, H. (2015). “Memorias sobre la Universidad de Buenos Aires durante el primer peronismo (1946-1955)”. Testimonios, Número 4, op. cit., p. 75.

[45] López, I. y Andersen, D. (1998). La política exterior peronista, la Guerra de Corea (1950-1953), y las repercusiones internas en la Argentina. Tesis de Licenciatura en Historia, op. cit., p. 170.

[46] La Prensa (1950). "En una Manifestación En la Zona Céntrica Se Detuvo a 21 Mujeres". Buenos Aires, 20/7.

[47] Valobra, A. "Partidos, tradiciones y estrategias de movilización social: De la Junta de la Victoria a la Unión de Mujeres de la Argentina". op. cit., p. 82.

[48] Kabat, M. (2017). PerónLeaks: una relectura del peronismo a partir de sus documentos secretos, 1943-1955. Buenos Aires: Ediciones RyR, pp. 222-225.

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