Las prácticas de dolarización de activos en la Argentina remontan sus orígenes hacia la década de 1950, aunque sólo para comienzos de los años setenta alcanzan una magnitud y relevancia estructural. Desde entonces, y bajo distintos escenarios económicos y políticos —con crecimiento o con recesión, con alta o baja inflación, con endeudamiento o desendeudamiento externo, con gobiernos autoritarios o democráticos—, la dolarización de activos se ha presentado como una constante entre las prácticas monetarias locales. Actualmente alcanza su máximo histórico al aproximarse al equivalente al 40% del PBI, convirtiendo a la Argentina en el segundo país con mayor cantidad de dólares per cápita luego de su país emisor: los Estados Unidos.