En términos generales, y el caso argentino no escapa a esos fenómenos, nos encontramos en un tiempo en el que la relación entre un presidente y la ciudadanía parece configurarse y sostenerse luego casi en ausencia de una mediación partidaria permanente o flexibilizando radicalmente su vínculo con su partido de origen. Así lo hizo Néstor Kirchner –especialmente desde 2004, y con la excepción del proceso de “normalización” del PJ, que de todos modos no tuvo los efectos deseados por los líderes partidarios locales– y así lo haría Cristina Fernández de Kirchner, más marcadamente luego de la derrota electoral en los comicios legislativos de 2009.