Nuestra relación con el ambiente está culturalmente determinada por los conceptos de utilización, manipulación y explotación. El antropocentrismo ha hecho estragos al subir al hombre al pedestal de la excepcionalidad, separándolo de todo el resto de lo viviente, de la naturaleza. Sin embargo, como plantea, entre otros, Jean-Marie Schaeffer en El fin de la excepción humana, las ciencias biológicas han derribado la tesis antropocentrista ubicando al hombre en la secuencia histórica de la evolución de la vida en nuestro planeta. Aunque los platónicos se opongan, los humanos somos seres naturales antes que culturales, en definitiva una especie más —con sus particularidades— dentro de un ecosistema.