La muerte en casa: sobre el genocidio y las muertes extraordinarias

Autores/as

  • LAURA MARINA PANIZO

DOI:

https://doi.org/10.62174/sed.3292

Resumen

“Yo tenía los huesos de mi hermano en el bolsillo de la campera”.1 Esa fue la expresión de Hugo, haciendo referencia a un “papel” que confirmaba que el cuerpo que el Equipo Argentino de Antropología Forense había identificado era el de su hermano. Cuerpo que había desaparecido bajo la última dictadura militar, y había estado sin identificar durante más de veinte años. Y mientras nosotros podemos tener a la muerte en un bolsillo, muchos autores de las ciencias sociales han sostenido que la muerte en la modernidad es rechazada, prohibida, alejada. Entre estos trabajos, el atrayente estudio del historiador Philippe Aries (2007) ha demostrado que en lo que él llama “la civilización occidental” de la modernidad, a diferencia de la Antigüedad o la Edad Media, los muertos y las prácticas mortuorias se tratan de alejar de la vida cotidiana. La muerte no es organizada ya por las viejas costumbres, no se espera sino que se evita. Y de tanto miedo que le tenemos, en palabras de Aries, no la queremos nombrar. En la modernidad, la manipulación de los cuerpos y los muertos no está ya en manos de familiares como antaño, sino de los médicos y de las empresas fúnebres. Esperamos a la muerte en el hospital y no en nuestra cama. Los niños no están presentes en los rituales mortuorios, las prácticas tradicionales se rechazan y se consideran innecesarias; la continuidad de los ritos es solo aparente. La muerte actual no es ni familiar ni cercana, no es “domesticada” ni “propia”. Es ajena, prohibida y lejana. Sin embargo, como intentaré demostrar a continuación, en nuestra sociedad actual también queremos darle a la muerte un lugar en nuestra casa.

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Publicado

23-12-2018

Número

Sección

Notas