En el capitalismo gran parte de la producción cultural se nos presenta bajo la forma de mercancías. Destinadas al consumo, vinculadas al ocio, con el deber de ser rentables, semejantes a las que ya demostraron su adecuación a los compradores. Gran parte de las obras pretenden entrar en las galas de los más vendidos o del best seller o el disco de oro o romper la taquilla o ganar el rating. Se realizan, como todas las mercancías, en el momento de su venta. Y en ese terreno no dejan de circular obras interesantes, a veces novedosas, innovaciones que surgen de recoger lo que se produjo incluso contra la lógica serializadora del mercado. Obras del teatro off que se convierten en éxitos comerciales y empiezan a dejar sus enseñanzas estéticas en ese plano; escritores que experimentan lenguajes en pequeñas editoriales y que en algún momento se convierten en plumas centrales de los grupos trasnacionales. Y no porque en las obras esté inscripto ese destino, ni porque haya traición alguna hacia las propias lógicas de la experimentación, sino porque si hay un fluir constante de capturas y apropiaciones es eso que llamamos mercado. Captura también un tipo específico de plusvalor: el de la creación colectiva, la innovación general. Pero la mayor parte del tiempo, su cotidiano, funciona sobre lo ya dado.