En el estado actual de glaciación de las teorías críticas (Keucheyan), de creciente tendencia a la burocratización del campo académico (Grüner; Mangone) y, en una última declinación, del imperio de los intelectuales mediáticos (Bourdieu, 1997); la recuperación del debate en torno a la relación nada pacífica entre “intelectuales y revolución” puede resultar un gesto anacrónico, apenas un ejercicio de la memoria que se propone desempolvar papeles desde la Revolución Rusa, para fijar un comienzo posible cien años atrás, hasta por lo menos la década del setenta, cuando los intelectuales –aquí, en la región y en el mundo –todavía se debatían, comprometían o militaban– para mencionar algunas de las salidas exploradas– en y frente a los procesos revolucionarios o de transformación social entonces en curso. El aparente desfase de ese debate histórico se podría explicar, de un lado, por el fracaso de los procesos revolucionarios; del otro, por la crisis y defunción de un modelo de intelectual. La suma de la ecuación, entonces, empataría en un cero desastroso. Sin un frente revolucionario, los intelectuales irían desplegando y concentrando su intervención en un sistema de educación superior estabilizado y en relativa expansión, para mutar en categorías tales como las del profesor universitario, el profesional, el especialista. La mirada totalizadora, la perspectiva inconformista y a contrapelo, las trayectorias de compromiso, se vuelven fragmentarias, normativizadas por la inercia de los protocolos institucionales y de la administración de una carrera académica.
Biografía del autor/a
Fabiola Ferro
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