123 PSOCIAL 2422-619X Universidad de Buenos Aires Argentina psocial@sociales.uba.ar 1231854009 Artículos Figuras narrativas de la masculinidad hegemónica: el guerrero, el cortesano, el burgués. http://orcid.org/0000-0001-6823-2236 Hernández González Guillermo guiherg21@gmail.com Universidad Autónoma de Querétaro Universidad Autónoma de Querétaro México Julio-Diciembre 2020 6 2 11 11 2020 03 01 2020 Resumen

El presente artículo expone los resultados de un estudio exploratorio que buscaba identificar las características que varones residentes de la ciudad de Querétaro, México le atribuyen a la masculinidad hegemónica. A partir de una metodología mixta que combina el análisis de frecuencia de una técnica de libre asociación y técnicas cualitativas propias del análisis del discurso se proponen tres figuras narrativas que coexisten en la población y que son parte de la transformación de los contenidos de la masculinidad hegemónica.

Abstract

This article presents the results of an exploratory study that sought to identify the characteristics that male residents of the city of Querétaro, Mexico attribute to hegemonic masculinity. Based on a mixed methodology that combines the frequency analysis of a free association technique and qualitative techniques of discourse analysis, three narrative figures are proposed that coexist in the population and are part of the transformation of the contents of hegemonic masculinity .

Palabras clave masculinidad masculinidad hegemónica análisis de discurso figuras narrativas género Keywords masculinity hegemonic masculinity discourse analysis narrative figures
Introducción

Hablar de lo masculino, aunque toma como elemento propiciador la presencia de testículos y pene en un cuerpo, se complejiza, en un concepto que intenta medirse en lo cotidiano desde diferentes ópticas. Para Ramírez (en Careaga y Ruiz, 2006), hablar de lo masculino, es hablar de:

una perspectiva que tiene que ver con la naturaleza biológica

una descripción de lo que hace el hombre, de sus acciones

un ideal de ser del hombre y/o

un planteamiento de carácter semiótico, un sistema simbólico.

Ortiz-Hernández (2004) afirma que, entre estas múltiples interpretaciones de lo masculino, el primer afianzamiento de la masculinidad, en tanto posición de poder, se dará por medio de tres negociaciones, no ser un bebé, no ser una mujer y no ser un homosexual. Sin embargo, hay que reconocer los cambios en estos ideales que con el movimiento feminista se han generado, primero en mujeres y posteriormente en hombres, consiguiendo mediar, atenuar los embates de la inequidad de género y buscar nuevas formas de relación, derivando en lo que Viveros Vigoya nombra “la democratización de los roles de género” (2002).

Frente a las diferentes maneras en que lo masculino se ha conceptualizado, se pretende por una parte pensar lo masculino como una serie de características de adscripción (Guttman, 1997 citado por Viveros Vigoya, 2002); y por otra parte reconocer que alejándonos del esencialismo, no todas la maneras de ser varón son socialmente valiosas, por lo que interesa recuperar la organización social de la masculinidad que propone Conell, donde la autora sugiere el término de masculinidad hegemónica para caracterizar los elementos socialmente valiosos en un “hombre” definiéndola como: “la configuración de prácticas de género que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la cual garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres.” (Conell, 1997, pág. 39), de esta manera serán los patrones hegemónicos los que sirvan de primer y principal referente para la prescripción y restricción de maneras de vivirse a los sujetos masculinos.

Para Cepeda Hernández (2019) la masculinidad hegemónica “prescribe la identidad de los hombres e incide en todos los aspectos de su vida” (pág. 269). De esta manera tanto en hombres como mujeres; algunas características sobre lo masculino serán las que definan quién es un “verdadero hombre”, siendo un tamiz de quienes accedan a los privilegios de la masculinidad.

De esta manera, lo masculino y lo femenino, como ideales y ejecución describen y determinan la relación de los sujetos entre sí y con el mundo. Habrá normas claras de cómo un hombre debe relacionarse con un hombre y con una mujer, en tanto formas de hablar, proxémica, lenguaje corporal, etc. Además de asumir que la masculinidad es un proceso relacional, donde se inscribe en el sujeto las premisas de ser varón de una manera no-consiente (Martínez,2019)

De condición histórica y contingencial, los modelos de masculinidad y feminidad cambiarán en tanto espacio y tiempo, al ser un objeto en producción permanente, actualizando y modificando los significados con respecto al cuerpo sexuado y los elementos de género que de él se desprenden. Aquí vale la pena rescatar las reflexiones de Bar Wigdor (2017) en torno a la complejidad de pensar la masculinidad hegemónica desde los cambios culturales del capitalismo tardío, pues la incorporación de las nuevas dinámicas económicas y las nuevas formas de tecnología delinean nuevas maneras de expresar la hegemonía.

A partir de esto, resulta fundamental ubicar las características hegemónicas que conforman la identidad contemporánea de lo masculino. El presente artículo brinda los resultados de una pesquisa donde se rastrearon las características que una serie de varones en la ciudad de Querétaro, México atribuyen al ideal de masculinidad, es decir a las prescripciones que construyen la masculinidad hegemónica.

Metodología

Se realizó un estudio mixto de corte exploratorio, que buscaba identificar las características que los varones le atribuyen a la masculinidad, con la intención de encontrar las premisas situadas de la masculinidad hegemónica.

Para tal efecto se triangularon una técnica de libre asociación, donde se preguntaba a cien personas las cinco primeras características de pensará que debe tener un hombre; esta técnica incluyó a varones entre 18 y 45 años que fueron interpelados en las plazas públicas del centro de la ciudad; los resultados fueron sistematizados de cuantitativa categorizando y obteniendo análisis de frecuencia de cada categoría.

A la par y recurriendo a técnicas cercanas al análisis de discurso se aplicaron una entrevista semiestructurada, un taller diagnóstico con jóvenes y la recuperación de conversaciones en situaciones cotidianas. Este último elemento buscaba recoger en conversaciones informales en diferentes espacios algunas señales que dieran cuenta de las prescripciones y restricciones que los varones señalan en su interacción diaria.

Resultados

Los resultados obtenidos en la técnica de libre asociación fueron distribuidos en ocho categorías semánticas, y analizados por frecuencia para obtener aquellas constantes en el discurso social. Siendo las más importantes la categoría de caballerosidad con un 28.6 % de aparición, fuerza-virilidad con 22.2 % y racionalidad 19%, el resto de las categorías (sentimentalismo, erotismo, salud, vicios y otros) no excedía el 10% cada una. En la categoría caballerosidad se incluían menciones a la amabilidad, la honestidad, la lealtad; mientras que para fuerza-virilidad se incorporan fuerte, viril, vigor, etc.; la categoría racionalidad se centra en menciones a la inteligencia, ser culto, profesionista (tabla 1).

Resultados de la técnica de libre asociación

Estas categorías fueron la línea de trabajo para las técnicas cualitativas, que buscaban darle mayor contenido a cada una de ellas, de las que derivaron lo que se presenta como tres versiones de la masculinidad hegemónica, pues ante los diferentes modelos de los que un hombre puede echar mano en la construcción de su masculinidad[1] resulta imposible pensar en una masculinidad hegemónica monolítica, por lo que se sugiere pensar en modelos coexistentes de masculinidad que conforman el patrón hegemónico, y que presentan una especie de “opciones” de constitución masculina que brinda valía social, donde en cada uno se enfatiza algún(os) aspecto(s) del ser “hombre”.

Para evocar estas formas matizadas que conforman la masculinidad hegemónica, se propone el recurso de tres caracteres o figuras, presentes en el horizonte de la narrativa de Occidente, que fueron/son también ‘tipos sociales’ y que han desplegado, en el devenir histórico, formas distintas en las prácticas sociales, delimitando construcciones subjetivas que han marcado distintas épocas: el guerrero, el cortesano y el burgués.

Cada una de estas versiones de masculinidad hegemónica que se han denominado figuras narrativas se analizaron en 5 dimensiones que resultados centrales en las técnicas cualitativas: Fuente de poder, forma de ostentación de poder, estrategia de control de emociones, forma de relación con los otros, y ejercicio de la sexualidad.

El guerrero

El guerrero es uno de los primordiales iconos sobre masculinidad, hombre valiente, fuerte, de aspecto viril, los héroes estereotipados de las películas de acción. Desde un rastreo histórico se identifica con los dioses, semidioses y héroes de los griegos y romanos.

De esta manera, la figura del guerrero es una narrativa pregnante en la masculinidad hegemónica, la cual brindará patrones de comportamiento que, quizá sean los más reconocidos y estudiados desde los estudios sobre machismo en nuestros países; en voz de un entrevistado se plantea:

“el hombre se tiene que aventar a hacer cosas que no tiene previstas, ¿no?”, de esta forma aquello que sea percibido como un riesgo del que un guerrero haya salido “victorioso”, obteniendo una conquista será un elemento que aumente su valía social. (entrevista, “Juan”, 28 años)

Palabras como fuerza, virilidad, valentía, vigor, o atrevido evocan la imagen del guerrero en discursos construidos por hombres al ser cuestionados por las consignas que debe seguir un hombre. El poder del guerrero se basará en una apariencia de virilidad y fuerza (física primordialmente), o bien que demuestre que puede hacer uso de la violencia para mantener “las cosas bajo su control”. De esta manera la apariencia física será uno de los mecanismos de ostentación de poder, lo que se observa en los asistentes a gimnasios, donde varones de diversas edades buscan obtener la mayor musculatura posible como símbolo de poder, al respecto Salvador Cruz afirma:

“para que cuerpo corresponda a un tipo masculino, a un cuerpo de un “hombre” de verdad, éste debe mostrar atributos como la resistencia, la capacidad, la fuerza, cierta complexión y tono muscular, determinadas marcas o adornos, posturas y movimientos. Lo anterior implica su sometimiento a determinadas disciplinas, prácticas y entrenamientos” (Cruz, 2006 pag. 4).

Las formas de interacción con otros, se verá marcada por el intento de ostentar poder a través de la fuerza, llegando incluso a extremos de violencia, que serán justificados como el medio de obtener fines benéficos (para sí y para otros), y que por tanto serán valiosos a nivel social.

La violencia está presente como un recurso importante para las relaciones que el guerrero establezca, de esta manera podrá sostener las relaciones en un esquema de dominación que afiance la percepción de su fuerza y su virilidad. El uso de violencia parece intensificarse en relación a otras personas que ostenten menor o nulo poder sobre un “hombre”, en el caso de la relación con las mujeres. Según Kaplún (2018) la socialización de los varones desde la infancia está marcada por la cultura de la violencia, obligándoles a tener experiencias de violencia a veces en contra de su agrado personal (por ejemplo, con juguetes bélicos, o siendo espectador de filmes de violencia). Lo anterior queda plasmado en la opinión de un joven en un grupo de discusión:

Al ser la fuerza y la dominación consignas importantes que los “hombres” seguirán desde la conformación del guerrero, el verse vulnerables o temerosos, reducirá la percepción que puedan tener otros y él mismo sobre su hombría, podemos afirmar que el principal miedo de un “hombre” es a sentir miedo, de tal manera que el control de las emociones funcionará como resguardo de la virilidad, y defensa frente a la vulnerabilidad.

De esta manera, al guerrero sólo se le permitirán expresar emociones como enojo, odio, orgullo y deseos sexuales, relegando todos los demás sentimientos a la esfera de lo femenino.

- ¿es visto (el ser violento) como “bueno” entonces?

- Sí, sí, sí (.) La violencia como medio, como necesario ¿no?,(.) No importa cómo lo hagas la cosa es que lo consigas, ¿no? (grupo de discusión)

Al ser la fuerza y la dominación consignas importantes que los “hombres” seguirán desde la conformación del guerrero, el verse vulnerables o temerosos, reducirá la percepción que puedan tener otros y él mismo sobre su hombría, podemos afirmar que el principal miedo de un “hombre” es a sentir miedo, de tal manera que el control de las emociones funcionará como resguardo de la virilidad, y defensa frente a la vulnerabilidad. De esta manera, al guerrero sólo se le permitirán expresar emociones como enojo, odio, orgullo y deseos sexuales, relegando todos los demás sentimientos a la esfera de lo femenino.

“el hombre no debe tener miedo, debe ser el hombre que nunca tira la toalla”

“al hombre no, no se le permite dudar” (grupo de discusión)

En relación con el ejercicio de la sexualidad, el guerrero buscará la mayor parte de las conquistas sexuales, siendo el activo, el penetrador y llevará las relaciones de dominación a sus relaciones sexuales, se observa una gran genitalización de la sexualidad siendo el pene el “actor principal”, así la búsqueda por la penetración y la eyaculación serán aspectos primarios en el ejercicio de la sexualidad.

Un último aspecto a considerar, es el consumo de alcohol y/o drogas dentro del guerrero como una consigna que muestra la fuerza física (tomar y no embriagarse) o como elementos básicos de la socialización con otros hombres.

El cortesano

Visto como una identidad de época, el varón cortesano pone de manifiesto variantes de vivir la masculinidad alejadas de las expresiones del guerrero, que gozaron de gran vigencia dentro de las postrimerías de la edad media.

Elías (1996), en su libro “La Sociedad Cortesana” muestra cómo la etiqueta y el estatus eran los motores del funcionamiento social en la corte de la Francia de ‘los Luises’, dónde un hombre se definía por la jerarquía ostentada, la cual no era obtenida por el uso de la fuerza, si no por estrategias que le permitieran escalar y tener un lugar en los estratos más altos de la corte. Por tanto, las consignas de un “hombre” estaban basadas en el prestigio obtenido a través del correcto actuar en la corte, de acuerdo a las normas de etiqueta.

En la actualidad, frente a los cambios que el movimiento feminista ha producido en las configuraciones femeninas, acompañados de políticas públicas que protegen los derechos de grupos vulnerables (la mayoría vulnerados desde la visión de la masculinidad hegemónica) ha provocado modificaciones en las expectativas sobre el “hombre” que enmarcaba la figura del guerrero, algunos de estos cambios corresponden a elementos asociados con la sociedad cortesana. De este modo, amabilidad, respeto, caballerosidad y honestidad son palabras claves dentro de una nueva narrativa de la masculinidad hegemónica.

Marina Castañeda (2002) y Luis Bonino (2008) cuestionan esta masculinidad, argumentando que algunas formas de protección a las mujeres (lo que puede llamarse caballerosidad) son en realidad estrategias para mantener la dominación, al mismo tiempo nos advierte que esta forma light, no consigue que los varones renuncien a los privilegios de ser hombres, sólo matiza las relaciones de poder y dominación. Los siguientes extractos que salieron en un grupo de discusión da cuenta este tipo de estrategias:

“El hombre tiene que adoptar siempre la postura pues correcta, perfecta ante otro, el hombre es(.) por lo mismo, es sumamente hipócrita sumamente falso”

“hay sectores élite, conservadores, aprenden (los hombres) modales para identificarse con el grupo”

“depende qué se quiere de mí, tengo un uso estratégico (del comportamiento) para la obtención de cosas”

A partir de las modificaciones que la imagen del cortesano aporta a la masculinidad hegemónica, el centro del poder se traslada al estatus que se detente, lo que se verá traducido en poder político a diversos nivele; la noción de honor compartirá con la jerarquía ostentada, su centralidad como fuentes de poder.

El poder basado en el estatus se demostrará mediante comportamientos correspondientes y afines al lugar que se ocupa en la jerarquía social; buscando siempre actuar con los modales adecuados en cada situación, siempre en función de lo que se espera de él, con una planificación estratégica de las conductas, para poder mantener los beneficios de su posición de poder. Siguiendo a Viveros Vigoya (2016) es importante dar cuenta de la íntima relación entre las lógicas patriarcales y las de clase, encontrando en esta figura narrativa una forma de está relación.

Del uso estratégico de los comportamientos, se desprende una noción de relaciones con otros en función de la obtención de beneficios. A partir de la observación y la autoobservación, el control de emociones permitirá al “hombre” mantener un adecuado funcionamiento social, así el repertorio de emociones expresadas será diferente que, en el guerrero, reduciendo la expresión del enojo y el odio y aumentado la comprensión y la ternura, pero siempre en función de los beneficios que se obtengan de ellos.

La expresión del deseo sexual se llevará a cabo sólo en ámbitos masculinos donde la complicidad establecida entre “hombres” lo permita y valore; mientras que, en otros espacios públicos, la caballerosidad, la honestidad y el respeto alejados de la sexualidad explícita serán la presentación del varón.

“El rollo de la caballerosidad también ha sido un rollo de, de sumisión a las mujeres por los hombres… el rollo de te ayudo a cargar tu mochila no es por el rollo de que las mujeres estén mancas o, o no puedan sino porque se asume que son débiles entonces el hombre como que es más fuerte tiene que hacerlo” (entrevista, Juan, 28 años)

Las relaciones con las mujeres estarán marcadas por expresiones corteses hacia ellas, lo que, por lo demás, puede servir de disfraz a la inequidad entre géneros; la seducción será la principal vía de ejercicio de la sexualidad, donde existe un deseo sexual implícito pero que debe expresarse de manera adecuada; para poder obtener lo que se desea de acuerdo a las normas sociales que corresponden a su estatus.

El burgués

Entendiendo la imagen del burgués, como el actor social que en el marco de la revolución francesa surge para ocupar lugares de poder con la construcción del Estado-Nación (alejado de la noción marxista), con ella, con esa imagen planteamos que se configura una nueva narrativa de la masculinidad hegemónica, basada en nuevas relaciones políticas y mercantiles, cuyas características se han identificado con el desarrollo de políticas neoliberales y globalizadoras.

La Ilustración, la Revolución Francesa y la revolución industrial, brindan las bases para nuevas formas de concebir al “hombre” y nuevas prácticas sociales. Uno de los aspectos más importantes es el énfasis dado al aspecto racional del ser humano, así como la posibilidad y libertad de ser agente y dueño de medios de producción; por tanto, el trabajo se vuelve un referente importante para la construcción de un “hombre”

La riqueza obtenida a través de la producción y el comercio, son para el burgués la fuente de poder, que permite obtener jerarquía sobre otros, basada en la posibilidad de cualquier persona de obtener riqueza teniendo los medios adecuados. Si bien, cada persona tiene las “mismas posibilidades” de obtener poder económico, también existe la posibilidad de perderlo, lo que genera en el burgués la necesidad de afianzar con mayor intensidad el poder detentado.

La presencia del burgués como una versión de la masculinidad hegemónica se encuentra en la mención de calificativos como un adulto trabajador, culto o inteligente como definitorios de un “hombre”.

De esta manera el poder del burgués, como versión de la masculinidad hegemónica se centrará en la obtención de recursos económicos, propiedad de medios de producción y el estatus profesional (ligado a la riqueza) .La obtención de poder económico, se complementa con la adquisición de medios de ostentación de este poder, como podría ser la propiedad y ostentación de artículos tecnológicos para uso personal, pues son símbolos de poder económico, político y social.

De esta manera, entre las consignas del burgués, están las de poseer la mayor tecnología posible, asistir a lugares y adquirir objetos y servicios costosos, así como, tener un grado académico y cultural alto que debe demostrar durante las conversaciones de las que sea parte. En su artículo sobre la opresión de minorías sexuales desde la inequidad de género, Ortiz Hernández refiere a Lagarde donde plantea que “décadas atrás el rol masculino se basaba en la fuerza física y el honor, mientras que ahora se fundamenta en el éxito, el dinero, el trabajo y la admiración de los demás” (Lagarde, 1996, en Ortiz-Hernández 2004, pag. 168).

Las emociones dentro de la identidad burguesa quedan relegadas al impedir el adecuado funcionamiento de la razón (creando una dicotomía razón-emoción); por tanto, la expresión de emociones es inaceptable como práctica social del “hombre” dentro del ámbito público, siendo esta figura narrativa la que menor repertorio emocional presenta. El control emocional se refuerza con la idea de planificación del “hombre” burgués, pues, si tiene todo racionalmente calculado para obtener éxito no debe expresar sentimientos como temor o frustración; estos elementos nos los relata un joven en entrevista:

“es una persona (el hombre), este que no puede tener sentimientos, es una persona racional, es una persona calculadora, es una persona, este, que está midiendo todo el tiempo que está planeando (.) Que lo tiene todo muy muy ordenado muy muy sistematizado, el hombre es aquel que no puede equivocarse” (entrevista, Juan, 28 años).

Las relaciones con otros, para la figura burguesa se basará en la explotación de los que tienen menor jerarquía, de una manera más abierta que en la versión del cortesano, pero sin llegar a las manifestaciones abiertas de violencia del guerrero, y en la competencia con otros que sean percibidos como iguales, competencia que se llevará primordialmente al ámbito económico.

Por último, el ejercicio de la sexualidad desde la versión burguesa, se centrará en la función reproductiva dentro de un matrimonio monógamo y heterosexual, naturalizando está visión, y prohibiendo aquellas prácticas sexuales que no tengan como fin último la reproducción, estigmatizando de manera abierta y contundente las sexualidades no-heterosexuales, lo que produce un nivel de homofobia más alto que en las otras figuras narrativas y que impide el cuestionamiento de las normas heterosexistas

Conclusiones

Las figuras narrativas aquí presentadas nos permiten identificar que, son múltiples las características que forman los discursos de las personas sobre la masculinidad hegemónica. Además, estas características categorizadas en campos semánticos, nos brinda la posibilidad de hacer más accesible la compleja narrativa de la masculinidad hegemónica como una identidad que brinda una serie de lineamientos de comportamiento para los hombres.

También habrá que comprender que, en sintonía con lo planteado por Segato (2003), en la cultura patriarcal todos los elementos de la masculinidad hegemónica remiten a diferentes formas de ejercicio de poder; siendo este el factor transversal de la constitución masculina

Por otra parte, una vez descritas las características de cada una de las figuras narrativas que propongo, será importante plantear dos consideraciones importantes a tomar en cuenta para el uso de esta propuesta.

La primer consideración es eliminar la búsqueda de purismos. Las figuras propuestas en ningún momento pretenden ser categorías cerradas y puras, sino versiones narrativas que matizan una misma categoría (la masculinidad hegemónica). Así, dentro de la construcción de la masculinidad de una persona, podremos identificar elementos representativos de cada una de las figuras narrativas, elementos que al coexistir matizarán las narraciones e identidades particulares. A partir de la coexistencia de elementos de cada una de las figuras narrativas en un “hombre”, podremos encontrar estrategias que permitan articularlos, o bien contradicciones sobre las prácticas sociales desarrolladas. De esta manera comprendemos, cómo un “hombre” que predica la sexualidad burguesa en lo público, en lo privado puede mantener relaciones fuera de su relación matrimonial, al estilo de la sexualidad en el guerrero.

La segunda consideración, será ver la construcción de la masculinidad, como un juego performativo, donde a lo largo del ciclo vital de un “hombre” y en diferentes situaciones en un mismo “momento histórico personal” podremos localizar diferentes construcciones de masculinidad, cada una con heterogéneas articulaciones en las características de cada figura narrativa, matizando las identidades construidas a partir de la consignas de la masculinidad hegemónica; como Butler afirma: ” Las identificaciones nunca se concretan plena y finalmente, son objeto de una incesante reconstrucción” (Butler, 2002, pág. 159); por tanto, apreciaremos, procesos diferentes en cada personas, pero siempre en referencia a las figuras narrativas que conforman la masculinidad hegemónica, vista como identidad de época. Seguir pensando en torno a la masculinidad hegemónica, rastrear sus formas sutiles de cambiar y expresarse en diversas narrativas, resulta imperante en un mundo donde las múltiples violencias, todas relacionadas a la masculinidad están presentes.

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El adulto padre de familia proveedor, el protagonista de series juveniles caballeroso y aparentemente emotivo, el joven metrosexual que anuncia sofisticadas formas de tecnología, los clichés de “macho mexicano” tipo Pedro Infante que siguen retransmitiendo en televisión abierta, los fisico-constructivistas que buscan el mayor volumen muscular posible, los hombres hipersexuados presentes en pornografía, la diversidad de héroes míticos que podemos seguir a través de la cartelera cinematográfica (que van desde Beowulf hasta Harry Potter), por mencionar algunos.

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