Cuadernos de Marte

Año 11 / N° 21 Julio – Diciembre 2021

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La apuesta del Zar: La Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905) y la derrota del Ejército Imperial Ruso en la batalla de Mukden

 

The Tsar’s gamble. The Russo-Japanese War (1904-1905) and the defeat of the Imperial Russian Army at the Battle of Mukden

 

 

Nicolás Poljak*

 

Recibido: 25/3/2021 – Aceptado: 11/9/2021


Cita sugerida: Poljak, N. (2021). La apuesta del Zar: La Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905) y la derrota del Ejército Imperial Ruso en la batalla de Mukden. Cuadernos de Marte, 0(21), 13-47. Recuperado de https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/cuadernosdemarte/article/view/7109/5957


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Resumen

El presente artículo analiza la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, entendida ésta como un conflicto que anticipó las que habrían de ser las principales características de la Primera Guerra Mundial. Provocada por las intenciones del Zar Nicolás II de preservar para el Imperio Ruso el status de gran potencia internacional, así como su presencia estratégica en el Lejano Oriente, la guerra presentaría, por primera vez, elementos tales como batallas a gran escala, desarrollos en el plano de las comunicaciones y uso extensivo de trincheras y ametralladoras, cuestiones perfectamente visibles en el último y mayor enfrentamiento de la guerra: la batalla de Mukden. A pesar de la gran atención que la guerra obtuvo de parte de numerosos agregados militares y observadores internacionales, sus implicancias respecto de la transformación experimentada por la guerra moderna no fueron adecuadamente interpretadas. La importancia conferida a las supuestas ventajas, para la fuerza atacante, de factores morales -no materiales- tales como la disciplina, el patriotismo y el élan tendría una trágica influencia en el desarrollo del pensamiento militar en los años anteriores a 1914.

 

Palabras clave: Guerra Ruso-Japonesa - Imperio Ruso - Batalla de Mukden - Pensamiento militar - Primera Guerra Mundial

 

Abstract

The paper analyses the Russo-Japanese War of 1904-1905, seen as a conflict that anticipated what would be the main features of the First World War. Caused by Tsar Nicholas II’s intentions of preserving Russia’s status as a world power and of strengthening its strategic presence in the Far East, the war would feature, for the first time, large scale battles, improvements in communication s and a wide use of trenches and machineguns, all of them perfectly seen in the last and biggest showdown of the war: the battle of Mukden. Despite the huge amount of attention the war got from many military attachés and international observers, its implications in regards to the way modern warfare had been transformed were not properly interpreted at the time. The focus on the supposed advantage conferred to the attacking force by moral -not material- factors, such as the discipline, patriotism and the so-called élan, would tragically shape the military doctrine in the years prior to 1914. 

 

Key words: Russo-Japanese War - Russian Empire - Battle of Mukden - Military doctrine - First World War

 

 

Introducción

El Zar Nikolái Aleksandrovich Romanov, o simplemente, Nicolás II, fue el hombre a quien la Historia colocó al frente del destino del Imperio Ruso en los que serían sus últimos años, y sin lugar a dudas, los más turbulentos. Gobernante profundamente comprometido con la preservación de la autocracia zarista en un período en que las fuerzas del cambio se habían desatado en Rusia (y en el mundo entero) en modo sin precedentes y asimismo irreversible, los historiadores han debatido largamente acerca de los pormenores de su personalidad, intentando dilucidar hasta qué punto fue el último de los zares consciente del significado de los tiempos que le tocó vivir, o responsable en forma directa de muchos de los acontecimientos que marcaron aquellos turbulentos años. El hombre que, según algunos, luchaba denodadamente contra el paso del tiempo, tal vez no fuera, según otros, plenamente consciente del mismo, o simplemente, no se encontrara a la altura de las circunstancias. 

Sea como fuere, y sin pretender entrar en ningún debate acerca del perfil psicológico del último Zar de Rusia, baste aclarar aquí que Nicolás II (o más bien, el gobierno del Imperio Ruso, entendido en su conjunto) realizó durante su reinado las que podríamos considerar dos grandes apuestas, por así llamarlas, por demás arriesgadas, con el objetivo último de salvaguardar tanto la continuidad de la autocracia en el seno del Imperio Ruso, como la posición de prestigio y hegemonía del mismo en el cada vez más complejo y peligroso contexto internacional de comienzos del siglo XX. La primera de aquellas riesgosas apuestas fue la que llevó a Rusia a enfrentarse, en 1904, con aquella nueva y advenediza potencia que se alzaba en Oriente: el Imperio del Japón. La segunda apuesta, como es sabido, fue similar a la primera, tanto en su génesis y en su forma como en sus resultados: se trata de aquella que acabaría poniendo en marcha la serie de acontecimientos que (desde luego, con la participación imprescindible de todas las grandes potencias) acabaría por arrastrar a Europa a la que sería guerra más sangrienta de su historia hasta entonces, en el fatídico verano de 1914. 

En el presente artículo, no centraremos nuestra atención, sin embargo, en la Gran Guerra, sino en la primera, y menos recordada, de las apuestas de un Zar que veía su propia posición en Rusia, así como la de ésta en el mundo, cada vez más amenazada: la que condujo a la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905. Intentaremos analizar brevemente las causas que impulsaron a Rusia a enfrentar al Imperio del Japón, así como el desarrollo del conflicto, haciendo particular énfasis en algunas de las transformaciones militares observables en la más importante y célebre de las batallas terrestres de aquel conflicto: la batalla de Mukden.  Antesala en cierto sentido de los horrores de Verdún, el Somme y Passchendaele, es esta gran batalla una de las que definirían la derrota del Imperio Ruso a manos de su tan subestimado adversario, pero que a la vez mostraría, en forma premonitoria, el rumbo que seguirían de allí en más las batallas terrestres libradas entre los ejércitos de las grandes potencias en la era en que la técnica, para citar a Ernst Jünger, se convertiría en la dueña y señora de los campos de batalla. La Guerra Ruso-Japonesa (y dentro de la misma, batallas como la de Mukden) fue, en este sentido, quizás el más claro antecedente de la Gran Guerra que ya se aproximaba en el horizonte, y oscuro presagio de lo que depararían las guerras del futuro. Asimismo, fue el síntoma más notable del que tal vez cabría calificar de modus operandi de aquel zarismo tardío en apuros, y que se repetiría, en forma sorprendente, una década más tarde, conduciendo esta vez, finalmente a la caída de la autocracia y el surgimiento del primer Estado socialista del mundo.

 

Un asunto internacional: fuentes para el estudio de la Guerra Ruso-Japonesa

Un breve comentario merece, antes de abordar el análisis del conflicto en sí, la cuestión de las fuentes disponibles para dicho análisis. Una de las particularidades de la Guerra Ruso-Japonesa es precisamente la gran disponibilidad de fuentes de diversa procedencia, lo cual impone al estudioso la tarea de realizar una adecuada selección. Esta situación deriva del inmenso interés internacional que generó esta guerra entonces, aun cuando, como veremos, muchas de sus lecciones no serían aprendidas adecuadamente.

Además de las memorias de los protagonistas del conflicto (que, como todas las memorias, deben ser analizadas con cuidado, por cuanto tienden a ser selectivas o exculpatorias del rol desempeñado por el autor), adquieren gran importancia en este punto las fuentes producidas por observadores extranjeros (aún cuando esto no las haga, desde luego, absolutamente imparciales). Si por algo se destacó la Guerra Ruso-Japonesa, fue por la enorme cantidad de agregados militares o corresponsales de guerra, asignados a los ejércitos en campaña, pues tal y como señalan los historiadores británicos Richard Holmes y Martin Evans, “en ambos bandos había observadores extranjeros, de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Alemania, que con sus informes detallados y observadores contribuyeron a hacer de esta la guerra más documentada hasta el momento”. Con respecto a esta cuestión, el historiador norteamericano Charles Payne sostiene que

 

La trascendencia política, militar y naval del conflicto atrajo a un mayor número de observadores militares extranjeros que ninguna guerra previa. Fue, y con gran diferencia, la guerra estudiada más atenta, exhaustiva y profesionalmente del período anterior a 1914. (…) Una clara idea del alto nivel de atención militar internacional de que fue objeto la situación en Manchuria se deriva del número de observadores enviados durante la guerra; para el 20 de julio de 1904, apenas algo más de cinco meses después del estallido de la guerra, ya había veinticinco observadores militares y seis observadores navales asignados a las fuerzas rusas; un número similar se encontraban con los ejércitos japoneses. Así como todas las principales naciones europeas y los Estados Unidos (…), otros países que también enviaron representantes fueron Argentina, Chile y Canadá. Al menos ochenta y tres observadores de quince países diferentes tuvieron oportunidad de presenciar algún aspecto de esta guerra. De hecho, parecía como si el prestigio internacional, tanto como la curiosidad profesional, demandara que una nación contase con un observador en Manchuria.

 

La mayor parte de los ejércitos del mundo, por lo tanto, consideraron de gran importancia el contar al menos con algunos observadores. En el presente artículo, haremos hincapié en los reportes realizados por oficiales británicos, posteriormente recopilados en varios volúmenes y publicados por el War Office

 

Vientos de cambio: la situación política, social y militar del Imperio Ruso y del Imperio del Japón en los albores del siglo XX

Al despuntar el siglo XX, el Imperio Ruso se encontraba en una posición que podríamos calificar de ambigua, y que podría suscitar conclusiones por demás disímiles dependiendo de en qué aspectos pusiera un observador atento el foco. Considerada por la mayor parte de los contemporáneos (y entre ellos, por muchos rusos, especialmente por los cercanos al marxismo, para quienes, parafraseando al propio Lenin, la Revolución debía significar en primer lugar electrificación) como un país eminentemente atrasado en relación con las principales potencias del momento, Rusia era sin embargo un imperio en pleno proceso de desarrollo y modernización, y aunque en términos relativos pueda considerarse la posición rusa como aún algo “atrasada” respecto de las demás potencias, las tasas netas de crecimiento de su economía, así como el ritmo de su industrialización, son elementos que no pueden ser soslayados por el estudioso de la cuestión. Como señala el historiador norteamericano Sean McMeekin, a comienzos del siglo XX

 

La economía rusa, aunque aún era la quinta más desarrollada del mundo (detrás de Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos) estaba presentando tasas de crecimiento de una “economía en desarrollo” de casi un 10% anual, en modo similar al de la actual economía china. En términos de producción neta de carbón, hierro y acero, Rusia ya ocupaba el cuarto lugar (habiendo superado a Francia) y se acercaba inexorablemente a la primera línea

 

En el aspecto geopolítico, los efectos de este proceso de modernización y fortalecimiento (al menos relativo) del Imperio Ruso eran también plenamente visibles para cualquier observador contemporáneo, y serían fuente de constante preocupación para sus vecinos. En efecto, “sólo la vista de un mapa era suficiente para insuflar terror en los vecinos de Rusia: de acuerdo a un famoso cálculo, el Imperio Ruso de los Romanov había crecido a un ritmo de cincuenta y cinco millas cuadradas por día -20.000 al año- desde 1863, principalmente hacia el oeste, sur y suroeste”. A las ansias de un imperio que, aun sacudido por la conflictividad política y social, buscaba preservar a toda costa su posición hegemónica en el plano internacional, se sumaba un prometedor desarrollo económico e industrial que, aunque quizás aún incipiente, prometía ser la base material que pudiera garantizar dicha hegemonía. Parecía haber, por lo tanto, motivos más que suficientes para temer a la proverbial aplanadora rusa.

Sin embargo, al centrarse el foco en el plano eminentemente militar, este concepto de la aplanadora rusa, tan omnipresente entonces, no puede sino ser matizado. Aunque efectivamente enorme en cuanto a la cantidad de efectivos (más de un millón en tiempos de paz, que podían ser transformados en 3,5 millones a ser movilizados en caso de guerra), el ejército zarista demostraría pronto sus falencias en aspectos fundamentales, tales como los relacionados tanto a la conducción como a la logística, el armamento y el entrenamiento de los soldados. Si bien el general Alekséi Nikoláyevich Kuropatkin, Ministro de Guerra desde 1898, había dicho en referencia al ejército que “sus dignidades eran únicas, y sus falencias corregibles” la realidad es que hacia 1904 no demasiado se había hecho por corregirlas, en especial en la esfera del mando, pues a pesar de que las reformas realizadas en las Fuerzas Armadas durante la gestión de Kuropatkin habían permitido el surgimiento de un cuerpo de oficiales profesionales provenientes de los sectores medios urbanos, el Ejército (o al menos la oficialidad del ejército) en su conjunto continuaba siendo una institución eminentemente aristocrática, ya que “los nombramientos en la esfera de mando eran muy a menudo determinados por contactos dentro de la corte antes que por el profesionalismo”. A este respecto, el historiador Allan K. Wildman ha llegado incluso a afirmar que el Ejército era una institución íntimamente ligada a la monarquía y a la preservación de la autocracia zarista, en un Imperio al que pocas cosas más mantenían realmente unido. Así pues salta a la vista, por un lado, el marcado carácter de clase de un Ejército cuya creciente profesionalización a principios del siglo XX no redujo realmente el perfil aristocrático de sus comandantes y oficiales de más alto rango, y por otro, la marcada (quizás inevitable) separación existente entre dicha oficialidad y los soldados que, aun cuando cumplieran más o menos diligentemente con sus labores represivas, no por eso se hallaban escindidos de la población de la que provenían, y de los problemas que ésta enfrentaba en la vida cotidiana. Tal y como señala Wildman, el soldado ruso era en primer lugar un campesino, cuyas inquietudes e intereses le unían a ese mundo rural que nunca abandonaba por completo, y le separaban de las aspiraciones de los aristocráticos (y muchas veces poco profesionales) generales empeñados en la conservación de la autocracia y de su propio status. 

Otra de las grandes debilidades del Ejército Ruso que cabe destacar es la notable heterogeneidad en lo que hacía a la calidad y preparación de las distintas unidades. Como mencionáramos, la capacidad de movilización del Ejército colocaba a su disposición grandes reservas de potenciales soldados, más si tenemos en cuenta que, aunque el servicio militar activo había sido reducido a cuatro años en 1888 a fin de reducir el gasto militar, el período durante el cual los reservistas podían ser llamados a filas había sido extendido a nada menos que dieciocho años. Sin embargo, la consecuencia no deseada de esta situación era el reducido grado de adiestramiento de muchas de las tropas a ser eventualmente movilizadas, así como las notables diferencias en lo que hacía al armamento de unidades de línea y de segunda línea o de reserva. Según Ivanov y Jowett, el inmenso Ejército Ruso tenía “algunas unidades excelentes de Guardias, granaderos y cosacos, pero también algunas unidades de reserva y de segunda línea de calidad claramente inferior”. Los mismos autores destacan asimismo que, al estallar la guerra en 1904, “se decidió depender prácticamente por completo de las tropas del Distrito Militar Oriental, las cuales incluían un número significativo de las peores unidades”. En efecto, la inferior calidad de las tropas de este Distrito Militar Oriental, peor adiestradas y equipadas, era visible incluso en lo que hacía al armamento disponible. Por mencionar sólo un ejemplo, muchos de los hombres de la infantería estaban todavía armados con los viejos fusiles monotiro Berdan M1870, pues no contaban todavía con suficientes ejemplares del más moderno Mosin Nagant M1891 (que utilizaba peines de cinco cartuchos), que ya equipaba a las unidades del Distrito Militar Europeo y que sería el fusil estándar de la infantería zarista durante la Gran Guerra. Aún peor, la compleja y conflictiva situación social y política del Imperio Ruso afectaría negativamente su eficiencia al iniciarse las hostilidades, y más aún si se tiene en cuenta que “en tiempos de inestabilidad política, el gobierno no deseaba enviar a las tropas más confiables demasiado lejos de los centros de poder, en caso de que fuesen necesarias para mantener la paz”. Mal equipadas y pobremente entrenadas, las fuerzas rusas destacadas en Oriente no poseían siquiera grandes perspectivas de ser rápidamente reforzadas.

La logística también contribuyó a esta situación, por cuanto la infraestructura y la propia geografía acabarían siendo tanto o más perjudiciales para el esfuerzo bélico ruso que la situación política y social del Imperio. No es preciso mencionar las dificultades que representaba para el Estado Mayor el abastecer a ejércitos que se encontraban prácticamente aislados. Como señala el historiador británico Geoffrey Parker, “el Ferrocarril Transiberiano era un tendido de una sola línea que se interrumpía en las dos orillas del lago Baikal, donde había que descargar todo y transportarlo al otro lado del lago para volver a cargarlo”. El resultado de esto era que el régimen zarista “sólo podía desplegar en el otro extremo de Siberia una parte limitada de su potencia militar”. En síntesis, la Guerra Ruso-Japonesa fue, desde el punto de vista del Imperio Ruso, una guerra librada por unidades de segunda línea o pobremente equipadas, en una región remota y dirigida por oficiales aristocráticos, designados más por sus vínculos con la Corte que por su profesionalismo. Todas estas razones ayudan a explicar el desenlace de una guerra que “por lo que respecta al poder militar y económico, (…) Rusia debería haber ganado”. Tal y como ocurriría en 1914, las causas del fracaso de esta arriesgada apuesta por parte del Zar acaso deben buscarse tanto en las falencias del Estado que él mismo gobernaba como en los campos de batalla. Si la autocracia zarista necesitaba desesperadamente de una guerra para salvarse, claramente no se encontraba en condiciones de ganarla, o al menos no con la facilidad con la que esperaba hacerlo. 

El Imperio Japonés, por el contrario, bien podría ser considerado una suerte de joven promesa. Catapultado al plano internacional y a la competencia inter-imperialista tan sólo después de la Restauración Meiji, Japón era un país cuyas notables tasas de crecimiento económico y demográfico, así como la naturaleza de su territorio y la escasez de recursos naturales, le impulsaban a aquel proceso de expansión que ya había conducido a la ocupación de Corea y que tendría su trágico capítulo final en la Segunda Guerra Mundial. Dicha expansión imperialista, de hecho, constituía una de las cuestiones que mayor consenso generaban entre todas las distintas fuerzas políticas del país, hasta el punto de que “los demócratas, los defensores de una ampliación del debate político al conjunto de la nación japonesa, (…) son firmes partidarios del imperialismo japonés”. Por lo tanto, más allá de las diferencias políticas o sociales existentes, el nacionalismo de corte imperialista estaba fuertemente arraigado, y constituía un poderoso factor de homogeneización y unidad nacional.

Más aún, la centralidad de las Fuerzas Armadas en tanto institución estatal “igualadora” que debía reemplazar a la antigua nobleza guerrera a la vez que contribuir al proceso de forja de una identidad nacional estructurada en base a formas occidentales, no pude ser minimizada. En efecto, a partir de la Restauración Meiji “se constituye un nuevo ejército, abierto a todos los japoneses de 21 años, convirtiéndose la llamada a filas generalizada en la base de un verdadero nacionalismo popular”. Más aún, la centralidad que había adquirido la educación pública en un país plenamente volcado tanto a su modernización como a la imposición del mencionado nacionalismo unificador (el rol de la escuela pública japonesa en este sentido era ya entonces proverbial) propiciaría otra gran ventaja frente a un Ejército Ruso formado en gran medida por conscriptos de origen campesino. Como sostienen Ivanov y Jowett, 

 

Debido a que la educación había constituido uno de los ejes principales del ingreso de Japón al mundo moderno najo el reinado del Emperador Meiji, el recluta japonés tenía mayores posibilidades de ser letrado que su homólogo ruso, lo que hizo al entrenamiento de las tropas japonesas más efectivo. El soldado era adoctrinado para servir a su emperador con patriótico entusiasmo; e incluso cuando dicho adoctrinamiento no lograba convencer (…), sí existía un espirit de corps más consistente a través de todo el ejército.

 

Este espirit de corps estaba asimismo reforzado por el hecho de que la distancia existente entre los oficiales y suboficiales, por un lado, y la tropa, por el otro, era en general menor que en las filas del aristocrático Ejército Ruso. Las condiciones que los soldados rasos debían soportar tanto durante el entrenamiento como en campaña eran relativamente más benignas, siendo esta la política del Ejército a fin de conservar alta la moral de la tropa. Simultáneamente, la preparación de los oficiales japoneses solía ser superior a la de sus homólogos rusos, por cuanto las conexiones políticas y el favor de la corte no eran factores tan determinantes a la hora de ascender, o si lo eran, no lo eran más que la educación e idoneidad del candidato.

En este ejército con oficiales mejor formados y soldados mayoritariamente letrados, la modernización que Kuropatkin había intentado introducir en Rusia al asumir el cargo de Ministro de Guerra ya había sido plenamente alcanzada a principios del siglo XX. En comparación con el Ejército Ruso, en el cual las conexiones sociales y el origen aristocráticos eran determinantes y la mayor parte de los soldados provenían de un campesinado no necesariamente imbuido de una identidad nacional homogénea, Japón disponía de un ejército que no sólo era en sí mismo moderno, sino que además actuaba como factor de modernización y unidad en una sociedad pujante, lista para lanzarse al proceso de expansión que creía tanto necesitar como merecer, y que la llevaría a enfrentarse a una de las principales potencias mundiales del momento. Las Fuerzas Armadas se erigieron de este modo, y tanto por factores estrictamente militares como políticos, en uno de los pilares centrales del Estado y de hecho, en el actor social y político fundamental del Japón de finales del siglo XIX y comienzos del XX,  importancia que conservarían hasta la derrota de 1945. Dotados pues de este ejército estructurado a partir del modelo alemán, y sobre todo de una poderosa armada organizada en base al modelo británico, los japoneses pudieron, por primera vez, llevar a la práctica sus ambiciones imperiales. Ya habían probado su eficiencia militar contra China en la guerra de 1894-1895, producida a partir de la intervención de ambas naciones en los asuntos políticos de Corea, pero aún no habían enfrentado a ninguna de las grandes potencias europeas del período. La prueba de fuego estaba aún por llegar, y la arriesgada apuesta del tambaleante régimen zarista se demostraría funcional, en este sentido, a las ambiciones de los mandos militares de Tokio. 

 

La puja por Corea y Manchuria: del estallido de la Guerra Ruso-Japonesa a la Batalla de Mukden

La manzana de la discordia que acabaría por empujar a Japón, por primera vez en su historia, a la guerra con una potencia europea, sería la puja por el control de dos regiones consideradas estratégicas en la competencia inter-imperialista en el Extremo Oriente: Corea y Manchuria. Dichos territorios eran los que ya habían llevado a Japón a su victoriosa guerra contra China, y serían asimismo la causa del conflicto con Rusia, que en Tokio comenzaba a verse cada vez más, si no como inevitable, al menos como altamente probable. El primer episodio de este enfrentamiento se encuentra, aparentemente, en “un fallido golpe de estado en Seúl, sostenido por el ejército japonés, que provoca una reacción conservadora apoyada por Rusia, que está cada vez más presente en Manchuria debido a concesiones territoriales y ferroviarias”. El gobierno del Zar, en absoluto dispuesto a ceder la supremacía en una región estratégica frente al naciente imperialismo japonés, comenzó a poner trabas al mismo, hasta el punto de que los japoneses, pese a su victoria sobre China, “sólo perdieron el control directo sobre Corea debido a la intromisión rusa”

Este patrón volvería a repetirse en relación a Manchuria, región en la que la presencia rusa comenzó a incrementarse en los últimos años del siglo XIX, en un intento de bloquear la expansión japonesa aunque sin llegar todavía al enfrentamiento directo. Desde la óptica rusa, el control, al menos extraoficial, de esta región así como de Corea era necesario en relación a los proyectos de extensión de las líneas ferroviarias y de explotación maderera, así como, principalmente, por la necesidad de contar con puertos sobre el Pacífico cuyas aguas permanecieran navegables durante la totalidad del año, particularmente el de Port Arthur. En este sentido, la política rusa en la región sería sistemática: “en 1898 Rusia arrendó la península de Kwantung a Japón, estableció una base naval en Port Arthur y en 1900 pasó a ocupar la totalidad de Manchuria”, a partir de “un tratado secreto que coloca a la administración china de Manchuria bajo el control de un comisario ruso, creándose progresivamente un verdadero régimen de protectorado”. Esta segunda intromisión rusa no será, desde luego, bien recibida en Tokio, ya que “la opinión pública japonesa se inquieta pues considera que sus intereses en Corea y Manchuria se encuentran amenazados”. Aún en ese entonces, existió una cierta voluntad por parte del gobierno japonés de negociar con Rusia, pero sus intentos fueron bloqueados por el régimen zarista. Como sostiene Orlando Figes,

 

La guerra podría haberse evitado si la política exterior de Rusia hubiera estado en manos competentes. En lugar de eso, la dirigía un grupo apegado a la corte y encabezado por Aleksandr Bezobrazov, un especulador con buenas relaciones e intereses madereros en Corea; este grupo de personas con intereses persuadió al Zar para que rechazara la oferta japonesa de un pacto, haciendo que la guerra resultara inevitable. Que Nicolás decidiera interesarse personalmente en el asunto sólo empeoró las cosas; (…). El general Kuropatkin (…) creía que Nicolás deseaba extender su Imperio a lo largo de toda Asia, conquistando no sólo Manchuria y Corea, sino también el Tíbet, Afganistán y Persia. La mayoría de sus ministros estimulaban tales ambiciones.

 

Sin embargo, esta idea efectivamente preocupaba a Kuropatkin. Uno de los principales críticos de la política imperialista rusa en el Extremo Oriente, el Ministro de Guerra, quien deseaba aun en el último momento evitar la ruptura de relaciones con Japón, intentó convencer al Zar de que redujera la presencia de tropas rusas en la región. En sus memorias publicadas con posterioridad a la guerra, Kuropatkin insistirá en esta cuestión, afirmando que lo más sensato debería haber sido la retirada de las fuerzas rusas de Manchuria, que de otro modo constituían el casus belli perfecto.  Puede leerse en este sentido que, según Kuropatkin,

 

Existen buenas razones para afirmar que el inesperado cambio de política que puso fin a la evacuación de la provincia de Mukden fue un evento de enorme importancia. En tanto hubiésemos mantenido nuestra intención de retirar a la totalidad de nuestras tropas de Manchuria (con la excepción de la guardia del ferrocarril y una pequeña fuerza en Kharbin), y en tanto hubiésemos evitado invadir Corea con nuestras empresas, había muy poco riesgo de una ruptura con Japón; pero fuimos empujados de modo alarmante a dicha ruptura con aquella potencia cuando, en modo contrario a nuestro acuerdo con China, dejamos a nuestras tropas en Manchuria meridional, y cuando, en defensa de nuestro emprendimiento maderero, ingresamos en el norte de Corea.

 

Kuropatkin convertirá asimismo en blanco de sus ataques al mencionado Aleksandr Bezobrazov, así como al almirante Yevgueni Alekséyev, comandante supremo de las fuerzas rusas en el Extremo Oriente, a quien acusó de apoyar en secreto los designios del magnate. Desde luego, en nada sorprende al lector actual el hecho de que el propio Zar no haya sido también blanco de las críticas a las que el Ministro de Guerra sometió a sus rivales. Leemos en este sentido que “los increíbles ardides de Bezobrazov se sucedieron uno tras otro; y en el verano de 1903 se remitió a mi consideración uno de sus proyectos, que preveía la inmediata concentración de un ejército de 70.000 hombres en Manchuria”. Aún cuando el Zar y Alekséyev no aceptaran todas y cada una de las propuestas de Bezobrazov, la influencia de éste sobre la corte era en efecto importante, y las acciones provocativas que su propia agenda imponía a la política exterior rusa parecían, pese a las advertencias de Kuropatkin, llevar a Rusia cada vez más cerca de la guerra con Japón.

La confrontación directa parecía estar cada vez más cercana, tanto por las preocupaciones de los japoneses, que veían amenazados sus intereses, como por la negativa rusa a buscar cualquier solución alternativa que pudiera implicar renunciar a sus propios intereses o bien (quizás aún más importante) perder credibilidad al claudicar frente a una nación considerada débil y advenediza. En este sentido, la firma de un tratado de asistencia mutua entre Japón y Gran Bretaña el 30 de enero de 1902 puede ser vista como el antecedente directo de una guerra considerada ya en la práctica inevitable. El objetivo del tratado, el primero concertado entre Japón y una nación europea en pie de igualdad, no era otro que “preservar el statu quo en Extremo Oriente y preservar la independencia de China y de Corea (…) frente al creciente imperialismo ruso en Asia”, lo cual representaba, en la práctica, una alianza militar que evitaba (o al menos reducía) la posibilidad de que Rusia recibiera apoyo de otra potencia europea (particularmente de su aliada Francia) ante el riesgo de que Gran Bretaña tomara partido por su nuevo aliado. Con esta baza en su poder, y ante el fracaso de todos los intentos de reducir por vía diplomática la presencia rusa en la región, Japón ya estaba prácticamente preparado para adoptar una acción más directa y pasar a la ofensiva.

Los acontecimientos se precipitaron a comienzos de 1904. El 13 de enero, Japón lanzó un ultimátum a Rusia, que debía comunicar si “piensa o no respetar la integridad de Manchuria”. Ante la falta de respuesta, el 5 de febrero Tokio rompió relaciones diplomáticas con San Petersburgo. La guerra era pues inminente, y en el momento de su estallido puede verse el mismo modus operandi que sería utilizado más tarde en Pearl Harbor: el 8 de febrero de 1904, torpederas de la armada japonesa, bajo el mando del almirante Heihachiro Togo, lanzaron un devastador ataque sorpresivo contra la flota rusa anclada en Port Arthur. Dos días después, el 10 de febrero, Tokio declaró formalmente la guerra, y el 12 las fuerzas japonesas desembarcaron en Corea, ocupando rápidamente Seúl y avanzando entonces con rumbo norte, hacia el río Yalu.

Los historiadores que han analizado el conflicto difieren, aunque no en demasía, respecto de la magnitud de las fuerzas de que ambos países disponían en las cercanías del teatro de operaciones. Según Holmes y Evans, “al estallar la guerra Rusa poseía el mayor ejército permanente del mundo -1.350.00 hombres-, pero su mayor parte se encontraba en Europa. En el Extremo Oriente Rusia tenía dos cuerpos que sumaban 98.000 hombres, además de 24.000 efectivos locales y 198 cañones, repartidos por Manchuria, la costa del Pacífico y la región transbaikálica”. Parker, por su parte, afirma que “los rusos disponían de apenas 100.000 al este del Baikal”, y enfatiza nuevamente el hecho de que “sólo podían aumentar y abastecer esa fuerza a duras penas”. Ivanov y Jowett, finalmente, dan una cifra mucho más exacta, y algo más elevada: “las fuerzas rusas en Oriente al momento del estallido de la Guerra comprendían un total de 3.115 oficiales y 147.479 soldados, con 266 piezas de artillería”Sea como fuere, los autores coinciden en que las fuerzas rusas destacadas en Oriente al inicio de la guerra eran de entre 100.000 y 150.000 hombres, con relativamente pocas piezas de artillería, y lo que es aún peor, se encontraban relativamente aisladas debido a las dificultades que implicaba cualquier intento de reabastecimiento o refuerzo por parte de la Rusia europea.

En cuanto a la magnitud de las fuerzas japonesas, nuevamente encontramos discrepancias, aunque una vez más no realmente sustanciales. Si Holmes y Evans sostienen que “Japón, que se encontraba mucho más cerca del escenario de la guerra, tenía un ejército de 375.000 hombres movilizados, con 1.140 cañones y 147 ametralladoras”, Parker sostiene que los japoneses “podían lanzar de inmediato al continente asiático un ejército en armas de 250.000 hombres, mientras que sus reservas duplicaban, quizá, esas fuerzas”. Por su parte, Ivanov y Jowett sostienen que “el ejército japonés contaba con alrededor de 400.000 hombres, con un elevado número de soldados con experiencia en combate que habían visto acción en la Guerra Sino-Japonesa de 1894-95”, aunque aclaran que este máximo de efectivos sólo podía ser alcanzado si se movilizaban las fuerzas de reserva, en tanto que las fuerzas de primera línea que debían ser enviadas inmediatamente al combate eran de algo más de 100.000 hombres. El armamento del Ejército Japonés, sin embargo, no era particularmente superior al de su homólogo ruso. Si las tropas rusas destacadas en Oriente padecían, como ya se ha mencionado, de una escasez de modernos fusiles Mosin Nagant M1891, lo cual las obligaba a continuar utilizando en grandes cantidades el viejo Berdan M1870, otro tanto puede decirse de las tropas japonesas. Aunque el fusil estándar de la infantería era el Arisaka Tipo 30, similar en prestaciones al Mosin Nagant, el número insuficiente de estos fusiles hizo que los japoneses debieran equipar a varias unidades, incluso de primera línea, con los viejos fusiles Murata Tipo 13, que al igual que el Berdan, eran fusiles monotiro. 

Una de las principales innovaciones de este conflicto, sin embargo, no estaría dada por los fusiles de acción por cerrojo, sino por las ametralladoras, de allí que pueda considerarse a la Guerra Ruso-Japonesa un preludio de la Primera Guerra Mundial. Si bien las cantidades de ametralladoras utilizadas fueron muy inferiores respecto a las que se usarían en los campos de batalla de Europa, Ivanov y Jowett destacan que 

 

En forma premonitoria a lo que ocurriría en 1914-18, alrededor del 50 por ciento de las bajas durante la Guerra Ruso-Japonesa se produciría debido al fuego de ametralladora. Esto se debió principalmente debido a las suicidas tácticas japonesas de enviar oleada tras oleada de infantería contra las posiciones defendidas por las ametralladoras rusas. Fue también la primera vez que la ametralladora fue utilizada en cantidades importantes como un medio de proveer apoyo a la infantería atacante y no como un arma puramente defensiva -un hecho notado principalmente por los observadores alemanes

 

Además de las ametralladoras, la Guerra Ruso-Japonesa vio la aparición (o en todo caso el primer uso importante) de otras innovaciones que se transformarían en moneda corriente en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Las comunicaciones, imprescindibles en una guerra que por primera vez se libraba en frentes tan extensos, experimentaron un desarrollo notable, tanto en lo que hace a los teléfonos de campaña como a la radio (utilizada en pequeñas cantidades por los rusos hacia el final de la guerra), y ambos bandos utilizaron ampliamente globos aerostáticos de observación (siendo Rusia el país que más relevancia había dado al desarrollo y organización de los mismos). Asimismo, la guerra vio la proliferación de las trincheras, protegidas por alambre de púa y consecuentemente, de morteros y granadas que ayudaran a la captura de las mismas, en lo que constituyó un auténtico preludio de los horrores del Frente Occidental de la Gran Guerra.

De un modo u otro, por lo tanto, los distintos autores coinciden en que la situación de ambos ejércitos en lo que hace al armamento era en cierto modo similar, y si bien la superioridad numérica se encontraba de parte de los japoneses, esta ventaja sólo se mantendría en tanto los rusos no lograran reforzar a tiempo a sus tropas destacadas en Oriente con fuerzas provenientes de su mucho más poderoso Distrito Militar Europeo. Por lo tanto, cabría considerar que la ventaja japonesa dependía más de factores geográficos (cercanía al teatro de operaciones) y logísticos que del simple número de tropas disponibles, y dicha ventaja sólo se mantendría en tanto Japón supiera maximizar el principal recurso a su favor: el tiempo. La estrategia japonesa da cuenta de una perfecta toma de conciencia por parte de los mandos militares respecto de esta cuestión crucial.

El general Kuropatkin, nombrado comandante del ejército de Manchuria en febrero de 1904, a pesar de haber sido él mismo un férreo opositor a la guerra contra Japón, planeó en un principio una estrategia cautelosa, que preveía una retirada organizada hacia el interior de Manchuria a la espera de refuerzos provenientes del otro extremo de Siberia. Sin embargo, Kuropatkin se hallaba subordinado al almirante Alekséyev, y las fricciones entre ambos no tardaron en producirse. Alekséyev no sólo no había tomado los suficientes recaudos para la defensa de Port Arthur, sino que además, confiando en la posibilidad de una victoria rápida, ordenó un avance general para levantar el sitio al que los japoneses habían sometido a la base naval.

La consecuente ofensiva de las fuerzas rusas conduciría al encuentro entre éstas y los japoneses, que avanzaban desde el sur, y a la consecuente primera gran batalla terrestre de la guerra: la del río Yalu, librada entre el 25 de abril y el 2 de mayo de 1904 y que se saldó con una decisiva victoria japonesa. A esta derrota rusa seguirían otras. Las batallas de Nanshan (25-26 de mayo) y Te-li-ssu (14-15 de junio) concluyeron ambas en victorias japonesas, y permitieron a los japoneses cerrar aún más el cerco sobre Port Arthur, aunque las tropas bajo el mando del general Maresuke Nogi no lograron todavía tomar la fortaleza, fuertemente defendida por los rusos. En julio, el mariscal Iwao Oyama, recientemente nombrado comandante en jefe de las fuerzas japonesas, arribó al teatro de operaciones, y entre el 26 de agosto y el 3 de septiembre se enfrentó a Kuropatkin en la batalla de Liaoyang. El resultado del combate, acaso premonitorio de las batallas de la Primera Guerra Mundial, no fue decisivo. Si bien los japoneses sufrieron más bajas (5.540 muertos y 18.600 heridos, frente a 3.600 muertos y 14.300 heridos rusos), Kuropatkin debió ordenar la retirada de sus fuerzas hacia el norte. Entre el 7 y el 17 de octubre, intentó lanzar una nueva ofensiva hacia al sur, que condujo a la batalla de Sha-Ho. El resultado fue nuevamente indeciso, si bien los rusos sufrieron esta vez muchas más bajas (11.000 muertos y 30.400 heridos, frente a 4.000 muertos y 16.500 heridos japoneses) y debieron volver a retirarse. Asimismo, el almirante Togo había obtenido una importante victoria naval en la Batalla del Mar Amarillo, reforzando aún más el cerco a Port Arthur. En diciembre de 1904, el general Anatoly Stessel, comandante de la guarnición de la base naval, comenzó a negociar los términos de una posible capitulación. Tras este catastrófico año, y con una revolución en ciernes, tal vez debería haber sido evidente para cualquier observador atento que a comienzos de 1905 la guerra estaba ya perdida para Rusia.

El año comenzó en forma aún más desalentadora. En enero, la guarnición de Port Arthur finalmente se rindió ante el Tercer Ejército del general Maresuke Nogi, y entre el 25 y el 29 de ese mes las fuerzas rusas lanzaron una nueva ofensiva que condujo a la batalla de San-de-pu, nuevamente victoria japonesa. Simultáneamente, en San Petersburgo, la brutal represión a una manifestación pacífica dirigida por el sacerdote ortodoxo Gueorgui Gapón el domingo 22 de enero (el llamado Domingo Sangriento) fue la chispa que acabó por desatar la revolución. La autocracia zarista necesitó entonces de fuerzas militares para controlar la situación interna, lo cual repercutió en aún menos refuerzos para las tropas que combatían en el frente de batalla en Manchuria. 

Pese a esta situación desesperada, Nicolás II y su gobierno se resistían aún a poner fin a la guerra. La situación política y social de Rusia no impidió que algunas tropas de refuerzo comenzaran a llegar a Manchuria desde Europa, y a mediados de enero los rusos contaban con aproximadamente 300.000 hombres en el teatro de operaciones, mientras que los japoneses, a pesar de haber recibido también refuerzos, apenas llegaban a los 200.000. Sólo a finales de febrero, con el arribo de las tropas del Tercer Ejército que habían capturado Port Arthur, pudieron los números japoneses prácticamente igualar a los de sus enemigos. Sin embargo, aquellas constituían las últimas reservas de que Japón podía disponer, y el mariscal Oyama se sintió presionado a buscar la batalla decisiva que le permitiera destruir la capacidad de combate de las fuerzas rusas de una vez por todas. El encuentro final entre los dos enemigos se produjo el 19 de febrero de 1905, en Mukden.

Antes del estallido de esta última batalla, a las fuerzas del Tercer Ejército del general Nogi, que habían capturado Port Arthur, se unieron las de otros cuatro ejércitos: el Primer Ejército del general Tamemoto Kuroki, el Segundo Ejército, a las órdenes del general Yasukata Oku, el Cuarto Ejército, dirigido por el general Michitsura Nozu, y el Quinto Ejército, también llamado Ejército del Yalu, bajo el mando del general Kageaki Kawamura. Este total de cinco ejércitos (aun cuando el Ejército del Yalu se hallaba muy reducido de efectivos) se enfrentaría en Mukden a los tres comandados por Kuropatkin: el Primer, Segundo y Tercer Ejército de Manchuria, comandados por los generales Nikolái Linevich, Aleksandr von Kaulbars y Aleksandr von Bildering, respectivamente. A pesar de esta diferencia en la cantidad de ejércitos, las dos fuerzas rivales estaban sin embargo prácticamente igualadas en número (de hecho, con una ligera ventaja de parte de los rusos): frente a los 293.000 hombres, 1.494 cañones y 56 ametralladoras de que disponía Kuropatkin, las fuerzas bajo el mando del mariscal Oyama consistían en un total de 270.000 hombres con 1.062 cañones, aunque también con la muy superior cantidad de 200 ametralladoras

A las colosales dimensiones de las dos fuerzas enfrentadas debemos sumar la extensión, hasta entonces nunca vista, del propio campo de batalla: el último gran enfrentamiento terrestre de la Guerra Ruso-Japonesa habría de librarse “en un frente continuo de 155 Km., con combates en una franja de 80 Km. de anchura”. A este respecto, un observador contemporáneo, el capitán británico Lionel James, corresponsal del diario Times, afirmó que “la batalla de Mukden es difícil de describir. En primer lugar, es una serie de diferentes batallas, cada una de ellas casi de la magnitud de WaterlooTambién en este punto resultaría esta batalla premonitoria de aquellas que se producirían años más tarde, pero, tal como ocurriría también en los momentos iniciales de la Gran Guerra, los comandantes de ambos bandos confiaban en la posibilidad de alcanzar una victoria decisiva a partir de amplios movimientos de tropas en maniobras envolventes, que debían a su vez concluir en asaltos frontales, pese a la ventaja que las nuevas armas proporcionaban naturalmente al defensor. A decir de Geoffrey Parker, “aunque ambos bandos se centraron en toda la campaña en rebasar a sus adversarios por los flancos, la velocidad del avance de las tropas y la capacidad mortífera de las armas hicieron inevitable el fracaso de aquellos intentos”, lección que los muchos observadores y analistas contemporáneos no parecen haber deducido, a pesar del espantoso número de bajas por ambas partes. Al igual que ocurriría luego en 1914, “ambos comandantes trataron, a la manera napoleónica, de destruir al ejército rival. Ambos fracasaron”.

La batalla propiamente dicha se inició el domingo 19 de febrero de 1905, con un ataque por parte del Quinto Ejército del mando del general Kawamura, ubicado en el extremo oriental del campo de batalla, contra el flanco izquierdo ruso, en lo que de hecho no era más que una maniobra de distracción para forzar a Kuropatkin a concentrar a sus fuerzas en aquel sector del frente. Fue en ese entonces que el mariscal Oyama puso en marcha la segunda fase de su plan. El día 27 de febrero, tras repeler un ataque de la infantería enemiga, la artillería del Segundo Ejército del general Oku bombardeó el centro de la línea defensiva rusa, y al día siguiente, Oyama ordenó que tanto el Segundo como el Primer Ejército realizaran un avance general, en un intento de mantener ocupado al grueso de las fuerzas enemigas. Mientras tanto, el Cuarto Ejército golpeaba el centro de la línea rusa. El príncipe alemán Karl Anton von Hohenzollern, enviado a Manchuria como observador por el Káiser Guillermo II y que en aquel entonces se encontraba con el Cuarto Ejército japonés, relata que estos ejércitos tenían “instrucciones de pisarle los talones al enemigo, y no permitirle volver a asumir posiciones defensivas”. Todos los reportes coinciden en que los ataques realizados por los japoneses implicaron un muy elevado número de bajas, pero algunos progresos fueron alcanzados.

Acaso lo más curioso que el investigador actual nota a partir de los reportes de la batalla es la valoración realizada por los observadores contemporáneos de las posibilidades del ataque y la defensa en lo que hace al resultado de las operaciones. Dicho de otro modo, si bien los mencionados observadores dan cuenta de las muchas y notables ventajas de que disponía el bando que se encontraba a la defensiva, asimismo parecen seguir estando convencidos de la posibilidad de alcanzar una victoria decisiva por medio del puro ataque frontal. El teniente coronel A. L. Haldane, agregado militar británico asignado al Segundo Ejército japonés, destacó la importancia que había adquirido la adecuada preparación de trincheras y posiciones defensivas, y observó la eficacia de las mismas en lo que hacía al desempeño ruso. El agregado militar británico, de este modo, sostuvo que

 

Durante la batalla de Mukden los rusos hicieron un mayor uso de cobertura para la cabeza que en las batallas anteriores, en las cuales dicha cobertura brilló por su ausencia, [pues] las posiciones defensivas no se encontraban por regla general cubiertas por un laberinto de obstáculos. (…) La forma general de cobertura para la cabeza utilizada [en Mukden] consistía en sacos de arena o cajas de munición rellenadas con tierra, a las que se hacía una abertura o tronera para el fusil.

 

El formato general de las trincheras de la Primera Guerra Mundial ya puede verse, pues, plenamente desarrollado en la batalla de Mukden. El príncipe Karl Anton von Hohenzollern hace otra observación acaso premonitoria al respecto, al señalar que “al encontrarse el suelo demasiado endurecido por las bajas temperaturas como para usar las palas, los soldados se ponían a cubierto detrás de sacos de arena. En algunos puntos del frente, las fuerzas enemigas se encontraban a apenas 50 metros una de otra”. El rol desempeñado por las nuevas armas de guerra de la era industrial es asimismo destacado, en forma igualmente premonitoria, en lo que hace a sus posibilidades para el ataque: “las granadas de mano fueron ampliamente utilizadas en la batalla de Mukden, y parecen haber sido (…) de considerable valor a la hora de atacar o defender posicionesDel mismo modo, inclusive las ametralladoras, como señaláramos anteriormente, podían demostrarse sumamente útiles para apoyar un ataque de la infantería cuando eran bien utilizadas. Esto fue efectivamente lo que hicieron los japoneses, tal y como señaló otro de los agregados militares británicos, en este caso el capitán de artillería B. Vincent, asignado a la Segunda División del Primer Ejército japonés, “las ametralladoras demostraron ser especialmente útiles (…). Cada vez que el fuego de ametralladora era dirigido hacia un punto específico, los rusos no osaban exponer la cabeza, y ello daba a la infantería japonesa la oportunidad de avanzar unas pocas yardas. Al mismo tiempo, el capitán Vincent también señaló la importancia de la ametralladora como arma defensiva, al admitir en su reporte que “las ametralladoras rusas también (…) causaron gran cantidad de bajas entre los japoneses””

Sin embargo, y pese a ello, los británicos no dudaron en recalcar, simultáneamente, los efectos que consideraron positivos (si no determinantes) de aquella disciplina, patriotismo, y espíritu de combate que animaban a la infantería japonesa en el momento de lanzarse a un asalto frontal y enfrentar a campo abierto el fuego enemigo. Todos los reportes de los distintos observadores, así como la literatura general de la época, coinciden en esta cuestión, siempre en modo favorable a Japón. Como sostiene Payne a este respecto, 

 

La mayor parte de los analistas militares consideraron que la libertad de maniobra del atacante afectaría positivamente la iniciativa, la moral y la flexibilidad mucho más que la naturaleza estática de la defensa. Muchos oficiales en Europa Occidental y en los Estados Unidos suscribieron a esta visión. Aun si restar importancia a las innovaciones tecnológicas en poder de fuego, estos oficiales insistieron en que un liderazgo intrépido, y un vigoroso espíritu marcial, o élan, permitirían al atacante superar cualquier obstáculo. Para la mayoría de los oficiales que adherían a esta doctrina, la preparación psicológica para la guerra era tanto o incluso más importante que cualquier preparación física o tecnológica.

 

Si algo puede concluirse a partir de los feroces combates librados en Mukden, es que pese al énfasis puesto por numerosos observadores en la importancia del coraje, de la disciplina y del espíritu de cuerpo, los ataques frontales realizados por la infantería demostraron ser inútiles frente a un enemigo bien atrincherado y equipado con armas modernas, que supiera aprovechar adecuadamente la ventaja natural que le confiere la defensa. Por muy elevada que fueran la moral, la disciplina o el espíritu de lucha, quedó claro (o mejor dicho, debería haber quedado claro) que la infantería a la carga no podía lograr una batalla decisiva allí donde comenzaba a asentarse la guerra de posiciones. Pero aquellos agregados militares europeos que observaron la batalla y que comandarían a los ejércitos de sus propias naciones en 1914, no lo entendieron de ese modo. Por el contrario, la gran mayoría hizo énfasis en las posibilidades, que aparentemente el resultado final de la batalla habría demostrado, de obtener una victoria decisiva en el campo de batalla a partir de los mencionados factores morales, la disciplina, el coraje y la determinación, factores todos ellos combinados en la muy simple táctica de la ofensiva a ultranza. El hecho de que los militares europeos que observaron y analizaron la batalla de Mukden prestaran más atención a su acaso fortuito resultado que al gigantesco costo que el mismo conllevó, probaría ser letal para millones de soldados a partir de 1914.

Como fuera, la tercera y última fase del plan de Oyama consistió en enviar al Tercer Ejército del general Nogi, ubicado en el extremo occidental del frente, a realizar una amplia maniobra envolvente, a través del río Hun y rebasando el flanco derecho ruso y la propia ciudad de Mukden, a fin de completar el cerco y posterior aniquilamiento de las fuerzas enemigas. Mientras el flanco izquierdo ruso, que hasta ese entonces había logrado resistir, colapsaba definitivamente ante el renovado ataque japonés, el grueso de las fuerzas rusas, que Kuropatkin había desplazado hacia el oeste, se encontraban en un cada vez mayor riesgo de ser totalmente rodeadas. Antes de que esto ocurriera, en la tarde del 9 de marzo Kuropatkin ordenó la retirada hacia el norte. El comandante ruso había reconocido la derrota, aún antes de que los japoneses pudieran alcanzar la victoria decisiva que habían estado buscando. Sea como fuere, en la mañana del 10 de marzo de 1905, la bandera japonesa ondeaba en Mukden. Luego de diecinueve días de feroces combates, la batalla más grande de la Historia, hasta ese momento, había concluido. El costo humano de la misma resulta apabullante por donde se lo mire, y podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos demasiado que los rusos perdieron entre 90.000 y 100.000 hombres, mientras que las bajas japonesas rondarían las 70.000, de allí que, sin lugar a dudas, la batalla de Mukden haya sido efectivamente la más sangrienta jamás vista hasta entonces. Las lecciones ofrecidas por el modo en que se luchó, con sus trincheras, ametralladoras y artillería, así como por las impactantes cifras de bajas productos de estas innovaciones en el arte de matar, deberían haber sido adecuadamente aprendidas por los muchos observadores contemporáneos, mas no lo fueron, y la tragedia estaría condenada a repetirse durante cuatro años en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. 

 

Conclusiones

La apuesta del Zar había fracasado. Pese a las dudas y advertencias de Kuropatkin, Nicolás había optado por perseguir una política exterior agresiva en lo que respectaba a Corea y Manchuria, a fin de preservar a cualquier precio la posición internacional de un Imperio Ruso que, más allá de sus intereses económicos y estratégicos en la región, no podía permitirse el lujo de ser derrotado por Japón, ni mucho menos verse relegado a un plano secundario en el concierto de las grandes potencias mundiales, que ya se alineaban en los dos bandos que habrían de enfrentarse en la Primera Guerra Mundial. El prestigio y la credibilidad del Imperio Ruso, tanto como su expansión territorial, estaban pues en juego, o así lo sentían los hombres que convencieron al Zar de jugarlo todo en una guerra que creían podía ganarse rápidamente, frente a un pequeño y advenedizo país asiático a cuyos habitantes Nicolás calificaba de “monos amarillos”. Parecía ser, por lo tanto, una jugada perfecta, pero las cosas resultaron ser de otro modo.

Vista desde el punto de vista militar, la Guerra Ruso-Japonesa en general y la batalla de Mukden en particular constituyeron un oscuro presagio de lo que estaba por venir. Aunque, desde el punto de vista de los japoneses, Mukden constituyó en efecto una gran victoria, no fue en absoluto la victoria decisiva que Oyama esperaba alcanzar. De no haber sido por la aplastante derrota de la flota rusa a manos del almirante Togo en la posterior batalla de Tsushima, pero más aún por la muy hábil diplomacia japonesa, que supo aprovechar el momento de la victoria para comenzar a negociar los términos de una paz conveniente a los intereses de Japón, las cosas podrían haberse desenvuelto en forma distinta, más si se tiene en cuenta que el pequeño país asiático estaba mucho más cerca del agotamiento (incluso cuando el apoyo a la guerra entre la población continuaba siendo fuerte) que el gigantesco Imperio del Zar. 

A partir de estas lecciones, acaso debería haber quedado más que claro a los ojos de los contemporáneos el hecho insoslayable de que el desenlace de la batalla de Mukden, es decir, la victoria japonesa, constituía a aquellas alturas más la excepción que la regla. La victoria decisiva que permitiera acabar con una guerra a partir de un solo golpe fatal no era posible. Sin embargo, todo el mundo quedó mucho más impresionado por el resultado de la batalla que por el desarrollo (y desde luego, el costo humano) de la misma. Si bien todos los elementos que definirían las batallas de la Gran Guerra ya se encontraban allí presentes, la única lección que la mayor parte de los contemporáneos aprendió fue que el ataque decidido y disciplinado podía efectivamente traer la tan deseada victoria decisiva, siendo ésta un triunfo de los factores morales por sobre los factores materiales.

Si los testigos alemanes (aunque éstos quizás en menor medida), británicos, norteamericanos y, principalmente, franceses que presenciaron la batalla fallaron a la hora de comprender las implicancias de la misma, otro tanto puede decirse de los rusos. En una carta enviada al Zar el día 21 de febrero de 1906, el general Kuropatkin afirmó que, si bien se encontraba gustoso de asumir la total responsabilidad por el desenlace de la guerra, 

 

Esto sería incorrecto desde un punto de vista histórico, así como perjudicial para nuestra causa, pues evitaría que nuestro ejército -que es grandioso aún a pesar de sus reveses- tomase consciencia de la importancia de examinar, desde todas las perspectivas, las causas de nuestros fracasos, de modo tal que podamos evitarlos en el futuro.

 

Fue esto lo que precisamente no ocurriría. Los comandantes y estrategas del Imperio Ruso sintieron menos que nadie la necesidad de reevaluar el modo en que había de entenderse y conducirse una guerra moderna. Pero la afrenta de la derrota, desde luego, debía ser lavada, y el prestigio internacional del tambaleante Imperio había de ser salvaguardado a cualquier costo. Asimismo, todavía era necesario, para un régimen que había sobrevivido por poco (y sólo gracias al apoyo aún incondicional del Ejército) a las llamas de la revolución, encontrar una nueva causa que lograra finalmente unificar a la heterogénea población de Rusia. Pero a pesar de que la guerra había entrado irremediablemente en una nueva era, ellos confiaban firmemente en que si los japoneses habían logrado alcanzar tan (en teoría) espectacular triunfo, sería enteramente posible para cualquier ejército numeroso, disciplinado y convencido de su causa y de los beneficios de la ofensiva, obtener aquella victoria decisiva en una guerra rápida y corta. Confiando pues en dicha victoria, y tan sólo diez años más tarde, Nicolás volvería a apostar, a fin de salvaguardar la posición internacional de su Imperio, su trono y los principios de la autocracia. Esta nueva y mucho más arriesgada apuesta de un Zar que no había aprendido las lecciones que tenía frente a sus ojos acabaría por sumir a Europa y al mundo en la mayor de las tragedias.

 

 

Bibliografía y fuentes

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