Espacio Abierto

QUID 16. Revista del Área de Estudios Urbanos.
Núm. 25 (2026)
DOI: 10.62174/quid16.i25_a403

Acción colectiva y memoria urbana

Un caso en el barrio Cordón de Montevideo

Verónica Blanco Latierro a ORCID
mblanco@psico.edu.uy

Javier Romano Silva a ORCID
jromano@psico.edu.uy

Germán Dorta Larrosa a ORCID
gdorta@psico.edu.uy

a Universidad de la República, Facultad de Psicología, Instituto de Psicología Social, Programa de Estudios en Prácticas de Gobierno, Salud y Derechos Humanos, Uruguay. ROR

Resumen

El artículo presenta resultados de una investigación realizada en el barrio Cordón, inscripto en el Municipio B de la ciudad de Montevideo. La relevancia de la temática de estudio está determinada por un conjunto de procesos sociourbanos que afectan a los modos del habitar colectivo en la ciudad. La crisis de los espacios públicos/comunes se expresa en el vaciamiento de algunos barrios y en el deterioro de viviendas que quedan expuestas a la especulación financiera. Ante la segregación espacial y la gentrificación surgen colectivos que, a través de la acción colectiva, se apropian de espacios buscando resistir al deterioro de los lazos sociales, a la vez que generan experiencias urbanas innovadoras. El objetivo del artículo es dar a conocer estas experiencias que dan cuenta del desarrollo de una sensibilidad alternativa de cuidado y rescate de la memoria colectiva. El trabajo de campo se realizó entre los años 2017 y 2023; el abordaje metodológico utilizó técnicas cartográficas e historiográficas. Los documentos de análisis fueron relatos e imágenes producidos por los colectivos. El artículo aporta conocimiento a investigaciones interesadas en expresiones de la vida social no hegemónicas. En términos de hallazgos, se destaca un conjunto de dimensiones, a saber: la participación vecinal produce procesos de encantamiento del territorio que resisten a los procesos de deterioro y mercantilización; las tareas de autogestión de los espacios recuperados generan condiciones para construir identidades barriales; los espacios recuperados se constituyen como lugares de cuidado; el deporte y las manifestaciones culturales constituyen un vehículo de encuentro y comunicación alternativa.

Palabras claves: Acción colectiva; Conflicto; Sensibilidades; Memoria urbana; Participación; Territorio; Colectivos; Estética social.

Abstract

The article presents findings from a research study conducted in the Cordón neighborhood, located within Municipality B of Montevideo. The relevance of the study topic is shaped by a series of socio-urban processes that impact collective modes of inhabiting the city. The crisis of public/common spaces is reflected in the depopulation of certain neighborhoods and the deterioration of housing that becomes vulnerable to financial speculation. In response to spatial segregation and gentrification, collectives emerge that, through collective action, reclaim spaces in an effort to resist the erosion of social ties while generating innovative urban experiences. The aim of the article is to highlight these experiences, which reflect the development of an alternative sensitivity—one of care and preservation of collective memory. Fieldwork was carried out between 2017 and 2023, and the methodological approach employed cartographic and historiographic techniques. The analytical materials consisted of narratives and images produced by the collectives. The article contributes knowledge to research focused on non-hegemonic expressions of social life. Key findings include several dimensions: neighborhood participation fosters processes of territorial enchantment that resist deterioration and commodification; self-managed efforts in reclaimed spaces create conditions for building neighborhood identities; reclaimed spaces become places of care; and sports and cultural expressions serve as vehicles for alternative forms of encounter and communication.

Keywords: Collective action; Conflict; Sensitivities; Urban memory; Participation; Territory; Collectives; Social aesthetics.

Recibido: 2025/8/21; Aceptado: 2025/11/12; Publicado en línea: 2026/4/1.

Introducción

El artículo presenta resultados que surgen de una investigación centrada en el estudio de acciones de colectivos urbanos, producción social de memorias y vínculos socioterritoriales de la ciudad de Montevideo (Uruguay). Estos se discuten en el marco de las líneas de investigación que desarrolla el Programa de Estudios en Prácticas de Gobierno, Salud y Derechos Humanos del Instituto de Psicología Social de la Facultad de Psicología (Udelar). En términos metodológicos, se trabajó con un abordaje cualitativo dual compuesto por técnicas cartográficas e historiográficas. Se investigó acerca de las formas de habitar, en particular, en relación con prácticas y sentidos asociados a procesos que se definen en función del encuentro con otros y que se instalan en la vida cotidiana: la forma de lo colectivo en el habitar, la restitución de lazos sociales y la construcción de ciudadanía.

A partir de un estudio de caso, se da cuenta de los procesos colectivos constitutivos de un conjunto de formas identitarias montevideanas que se conectan singularmente con dinámicas colectivas globales, cuestiones que a su vez implican prácticas de creación y resistencia ante dinámicas socioculturales hegemónicas. Se estudió un espacio urbano que se constituye como un dispositivo de encuentro (Dorta, 2022) que se identifica, desde la construcción, en base a la participación comunitaria; un espacio portador de una matriz letrada (Blanco, 2022) en alianza con formas ideológicas de luchas urbanas de larga duración. Estas configuraciones emergen con fuerza a partir de sentidos asociados al cuidado y a la ayuda mutua para sostener servicios comunitarios y espacios de participación desde bases participativas y afectivas.

Historia de la plaza Acción Directa y el Centro Social Cordón Norte

En la intersección de las calles Paysandú y Gaboto, en una zona céntrica de la ciudad de Montevideo, la combinación de situaciones sociales y emergentes culturales hizo que una esquina abandonada se transformara en una plaza. Esto fue posible gracias a una casa derruida y un colectivo de vecinos que la intervino. La intervención permitió la creación de un espacio para habitar: la plaza Acción Directa. En términos históricos, la primera referencia sobre esta esquina surge a mediados de la década de 1980. En esta fecha, una casa fue ocupada y utilizada como carpintería por, aproximadamente, 30 años. En 2014, debido a las condiciones de precariedad y la ausencia de mantenimiento, la construcción comenzó a mostrar signos de deterioro severo, la amenaza de derrumbe se hizo patente y los vecinos hicieron una denuncia ante los bomberos. Es entonces que la finca fue considerada ruinosa por la autoridad municipal y se ordenó su demolición. En este contexto, intervino el Centro Social Cordón Norte, colectivo compuesto por vecinos y vecinas de forma anónima, creando en aquel sitio la plaza Acción Directa, donde se realizan actividades periódicas de diversa índole, como la práctica de boxeo, yoga, taekwondo y entrenamiento funcional, bajo el lema “Deporte anticapitalista”. También se hacen talleres de escritura creativa y todo tipo de actividades sociales, algunas vinculadas a la alimentación en tiempos de crisis.

El Centro Social Cordón Norte tiene canales de comunicación pública, se sirve de medios clásicos como la cartelería pintada —ya sea muros o pizarras— y folletos impresos, que son combinados con el uso sostenido de las redes sociales. La investigación identificó un acervo fotográfico del proceso de transformación del espacio: de casa abandonada a plaza recuperada. Por su parte, el uso de las tecnologías de la información y la comunicación ha habilitado otros registros como publicaciones, difusión de eventos, comunicados y convocatorias varias. Para las actividades que se convocan desde el Centro, se utiliza el local propio y también el espacio público barrial: plazas de deportes, esquinas y calles. Esto se intensificó aún más en momentos de crisis, especialmente a partir de la pandemia por COVID-19 (2020-2021), cuando la vida cotidiana se condensó en el espacio doméstico, sobrecargando las tareas de cuidado, y acentuando el aislamiento del hogar y las desigualdades. Ante esta situación, una política de los comunes instaló prácticas solidarias, de apoyo mutuo y trabajo cooperativo para los cuidados que se expresan en el Centro Social Cordón Norte, desde donde se impulsó un contra discurso ante el mensaje masivo de “distanciamiento social” y el “quédate en casa”.

Materiales y método

Estética, formas y narrativas

Tanto la investigación previa como el presente artículo se caracterizan por la intención de producir conocimiento que permita avanzar en dimensiones metodológicas y conceptuales, en relación con las técnicas utilizadas y el abordaje desde el cual se construye el objeto de estudio. Partimos de considerar la noción de habitar como un elemento clave para comprender los procesos de subjetivación en espacios urbanos (Alvarez Pedrosian y Blanco, 2013), y estudiamos especialmente las formas colectivas del habitar el espacio urbano, problematizando sus colectivos y manifestaciones. El habitar urbano despliega, en su cotidianeidad, la imaginación, los afectos y la memoria colectiva, y produce narrativas que dotan de sentido la experiencia (Jensen y Guimarães, 2018) y orientan la acción. Por ello, resulta especialmente relevante integrar la dimensión estética en el proceso investigativo, llevando adelante un accionar situado y permeable a la afectación. Mandoki (2006) alude a una estética social construida a partir de la estesis, que se define como la condición de apertura o permeabilidad al entorno. Se trata de procesos que sustentan lo que Castoriadis (1983) llamó imaginarios sociales y que Fernández Christlieb (2001) define en base a una estructura mítica que da forma a la narrativa a partir de anclajes afectivos. En este sentido, el proceso de indagación que desarrollamos implicó profundizar en relatos que asumen formas míticas, entrelazados con movimientos urbanos, en un ejercicio cartográfico y afectivo. En la esquina de las calles Paysandú y Gaboto, el territorio asume formas dinámicas e impredecibles que oscilan entre el cuidado y el abandono, con signos de reapropiación, donde confluye la celebración y el conflicto. El territorio se presenta como una trama viva donde emergen gestos mínimos que disputan sentidos. Cuando una vecina cuenta que “Aparecieron unos chicos […] pintaron, trajeron plantas, hicieron bancos” y agrega: “Les di pintura […] tratamos de ayudarlos porque ellos lo hacen a pulmón”, da cuenta de una sensibilidad hacia un accionar imprevisto que opera reforzando el cuidado en un espacio abandonado. En estas intervenciones se conjuga lo sensible y lo político, construyendo una estética social que se configura con memorias, afectos y sentidos colectivos. La acción directa anuda formas históricas, políticas, ideológicas y sensibles, que se materializan al intervenir y sostener un espacio, al organizar actividades festivas, al plantar vegetación, al pintar un muro. Aquí, el habitar se configura como un acontecimiento (Deleuze, 1987) que se produce en la contradicción, la ruptura y la paradoja, habilitando anomalías en la trama urbana y desplegando modos alternativos de vida. Así, la plaza asume una forma sensible de acción ante procesos de exclusión, vigilancia y mercantilización del espacio urbano. Tal como lo plantea Badiou (2004), se trata de un problema estético que apela a la creatividad para producir en el espacio entre la elección, la distancia y la excepción.

Estudiar estos procesos implicó sostener una presencia cuidadosa, sensible y comprensiva del territorio, construir confianza y respetar fronteras. Accedimos al campo a través de contactos iniciales establecidos en actividades barriales, explicitando nuestro interés en conocer los procesos urbanos y la memoria colectiva en el habitar de ese territorio barrial. Mantuvimos conversaciones con vecinas y vecinos del entorno. Luego, nos involucramos participando en actividades abiertas y allí establecimos algunas conversaciones informales con integrantes del Centro Social Cantón Norte, que manifestaron claro interés en mantener su anonimato. A partir de estas comunicaciones, sostuvimos un vínculo cuidadoso de las distancias y las formas que se propusieron desde el colectivo.

Apropiaciones metodológicas: cartografías para las formas de habitar

La investigación se sirvió de un diseño exploratorio, cualitativo y flexible; se hizo un trabajo de campo de corte etnográfico, multisituado (Marcus, 2001). Se realizaron observaciones participantes en un período de dos años y numerosas entrevistas en profundidad en instancias individuales y colectivas. La recolección de información contó con consentimientos informados. Se garantizó la confidencialidad de los datos personales ajustados al marco legal, tal como se establece en el artículo 5º de la Ley N° 18.331 (2008) sobre Protección de Datos Personales y Acción de “Habeas Data”, como lo indica la página web de La Dirección Nacional de Impresiones y Publicaciones Oficiales (IMPO)[Link]); además de contemplar el Decreto N° 158/019 (2019)[Link], que refiere a la regulación en investigación con seres humanos. Se trabajó en el territorio comprendido por el segundo ensanche de la ciudad de Montevideo1 como zona de referencia, en donde identificamos singulares modos de organización y experiencias colectivas en el habitar. El análisis se asienta en las formas narrativas a partir de la configuración de imaginarios diversos; se utilizaron documentos históricos, imágenes y relatos que se produjeron en espacios colectivos de la ciudad. La cartografía implica un diseño que se compone y acompaña los movimientos del paisaje; no representa un todo estático, sino un trazo que se construye en coordenadas de tiempo y espacio, integrando, en su práctica, la historia con la geografía. En esta integración, el movimiento es sustancial: se produce conocimiento a partir de procesos y no de estructuras estables o regulares, por ello, tanto las investigaciones cuantitativas como cualitativas pueden producir prácticas cartográficas cuando se proponen acompañar procesos (Passos et al., 2009). A su vez, el pensar la teoría como caja de herramientas y en procesos de subjetivación (Foucault, 1994) nos aporta elementos para comprender la construcción de lo humano, sus determinaciones y potencialidades, desde formas de hacer, prácticas concretas que producen y reproducen sentidos. Por esto, el estudio cartográfico de las formas de habitar es pertinente para la comprensión de las dinámicas que componen lo colectivo. Considerando que Heidegger (1994) ya plantea la noción de habitar en significación mutua con el construir, cabe destacar la consideración del cuidado en su sentido constructivo, de espacios para la vida (Ingold, 2012). En esta construcción de forma y sentido adquieren relevancia las tramas vinculares y los procesos colectivos. De este modo, el habitar solo puede ser cartografiado, pues su problema no consiste en buscar lo real o lo verdadero, sino en trazar lo vitalizante, lo activo o lo reactivo. La cartografía implica las estrategias de formaciones del deseo en el campo de lo social, y trabaja en una tensión fecunda entre flujo y representación, atendiendo especialmente la coexistencia —complementaria e indisociable— entre procesos macro y micro políticos (Rolnik, 2019).

Resultados

Emplazamientos de Acción Directa

La investigación realizada constata que las transformaciones urbanas signadas por el deterioro de espacios públicos y comunes tienen consecuencias en el entramado social. Si bien se genera un vaciamiento de los barrios, también se activan formas de participación que conllevan a un conflicto material y simbólico por los espacios comunes. La acción colectiva se sirve de la memoria barrial, las identidades y las sensibilidades compartidas para generar un encantamiento de los espacios. La zona que comprende al barrio Cordón sostiene una tensión entre el deterioro y la gentrificación. Esto implica un patrón de movilidad poblacional que se expresa en la disminución gradual de la población, generando algunos vacíos a partir del abandono de viviendas. Este hecho determina que las viviendas vacías sean ocupadas por población de escasos recursos que hallan en estos espacios la posibilidad de vivir en una zona con acceso a servicios y posibilidades de ingresos a través de fuentes laborales informales (M. H. Delgado, 2014). Las casas abandonadas en esta zona de la ciudad constituyen una problemática que viene siendo estudiada desde hace ya algunos años (Ures y Bustillo, 2014). En el caso que estudiamos, se constató que, luego de la demolición de la antigua construcción, el predio comenzó a ser utilizado como estacionamiento. El uso como estacionamiento de vehículos particulares se extendió, lo que llevó a que se produzca, primero en febrero de 2015 y luego en mayo de 2017, una intimación legal por parte de la Intendencia Municipal hacia los propietarios para realizar un cerramiento. En este proceso, colectivos de jóvenes comenzaron a limpiar el lugar, a pintar sus muros, colocaron macetas con plantas y construyeron bancos de cemento que evitaron que los coches estacionaran. Este tipo de colectivos cuenta con una larga trayectoria en la zona. A uno de ellos se lo asocia a una casa ocupada a pocas cuadras de allí, donde funcionaba un centro social con diversas actividades, conocido como centro social autónomo La Solidaria. Este centro social trascendió en los medios de prensa por su desalojo forzoso en marzo de 2017. La prensa oficial en su mayoría arremetió contra las acciones generadas desde el Centro, criminalizándolo. Por la forma en la que se procedió, el desalojo dejó una huella dolorosa en la memoria colectiva del barrio, principalmente por la violencia estatal ejercida. Durante el proceso se acusó de forma indiscriminada a varios grupos de jóvenes, se realizaron varias investigaciones, algunas de carácter secreto, y numerosas citaciones judiciales. Las huellas de estos hechos también se expresaron en los muros con mensajes que aún perduran. En el transcurso de la investigación, al tomar contacto con el espacio devenido en plaza, consultamos a vecinos del entorno inmediato sobre el proceso de transformación del predio y una vecina narra cómo un grupo de jóvenes se propusieron arreglarlo:

Estos chicos que aparecieron, […] re bien porque pintaron, trajeron plantas, hicieron bancos, es más, habían hecho unos bancos con unas mesitas allá re lindo e incluso me vinieron a pedir agua, pinturas si me sobraba, yo con tal de que hagan bonito eso […] yo soy de las más interesadas en que eso esté bonito porque yo lo veo todos los días. Les di pintura, todos los vecinos colaboraron con agua, con pinceles, con todo, entonces ellos pintaron, trajeron plantas, les pidieron a los vecinos que los que querían plantar también trajeran plantitas y estaba todo precioso. (Entrevista a vecina 1 –Proyecto 2017).

El 27 de febrero de 2016 se realizó la inauguración de la plaza Acción Directa, en el marco de actividades que denunciaban el desalojo del centro social autónomo La Solidaria. En el afiche que elaboraron para la difusión del evento en redes sociales, escribieron: “Seguimos construyendo sobre ruinas. Seguiremos dándole vida, vamos a estar plantando (traé tu planta) y más tarde proyecciones y música en vivo”. Identificamos en la plaza Acción Directa varias connotaciones propias de movimientos sociales urbanos que se despliegan en Montevideo. En principio, para comprender estas dinámicas urbanas, nos acercamos a una historia de larga duración, donde identificamos propuestas del anarquismo a comienzos del siglo XX. En especial en esta zona de la ciudad, pues es aquí a donde llegaron inmigrantes europeos, muchos obreros y anarquistas españoles e italianos. Rastreando las raíces de estas ideas, en Montevideo las podemos encontrar desde mediados del siglo XIX. En esta línea, los trabajos de Vladimiro Muñoz, bibliógrafo e historiador del anarquismo uruguayo, son retomados por Rama y Capelletti (1990), quienes relatan la visibilidad que tomaron estos colectivos a finales del siglo XIX. El devenir del anarquismo en Uruguay se sucede en estrecha vinculación con movimientos socialistas, libertarios y comunistas, y se encuentra de forma sostenida en espacios colectivos de asociaciones y agrupaciones sindicales. Los sentidos asociados a estos movimientos se actualizan hoy en colectivos que habitan estos territorios y en las acciones que se producen en la esquina devenida en plaza. Resulta significativo considerar las propuestas que desde el movimiento anarquista de comienzo del siglo XX se generaron para el uso del tiempo libre, que promovían espacios alternativos vinculados a la cultura y al deporte, y asociados a un modo de vida saludable. Estas corrientes aportan una perspectiva humanista, en la que se comienza a valorar el uso del tiempo e integrar el derecho al ocio, la recreación y la formación en sus bases fundamentales, cuestiones que también se resignifican críticamente en la actualidad. A partir de estos rastros, notamos que las prácticas y los sentidos presentes en los colectivos que gestionaban el centro social La Solidaria y la plaza Acción Directa conectan, desde la memoria, con estos movimientos de larga data en el territorio urbano. Asimismo, resulta interesante observar los lazos de estos grupos anarquistas con los movimientos estudiantiles, culturales, ecológicos y autogestivos producidos durante el siglo XX, lo que demuestra el vínculo histórico de larga duración entre juventudes y perspectivas críticas (Arroyo Ortega et al., 2020).

Trazos para una caracterización situada

Si bien es posible identificar conexiones históricas con tradiciones ideológicas vinculadas al anarquismo, los colectivos que habitan la zona e intervienen en la plaza Acción Directa resultan de una configuración heterogénea compuesta por prácticas afectivas, memorias insurgentes y experiencias urbanas de apoyo mutuo y cuidado. El material de campo recoge impresiones de vecinas y comerciantes que refieren a pequeñas acciones de intervención barrial que permiten caracterizar de forma situada al colectivo. Se alude a “un grupo de chicos jóvenes” que “son super educados, no se meten con nadie”, lo que da cuenta de una composición ética y política de cuidado, vital y en devenir, que conlleva, desde su accionar, prácticas autónomas y autogestionadas. A su vez, algunos relatos recogidos y marcas simbólicas en murales dan cuenta de cierta vinculación tanto con colectivos urbanos asociados a tradiciones libertarias contemporáneas, como el centro social La Solidaria, así como con corrientes feministas y ecológicas. Estas lógicas de sentido colectivas (Fernández, 2007) operan como marcos simbólicos que se configuran singularmente, construyendo un accionar político y estético híbrido, abierto y conectado. Algunos fines de semana se organizan eventos culturales con música. Se trata de “tokes” donde predominan formas estéticas alternativas a los modelos hegemónicos asociados al consumo. Vestimenta singularizada, artesanías y decoraciones propias, con composiciones musicales heterodoxas, establecen una presencia performativa de resistencia, que asume una forma de contracultura abierta y afectiva, y genera atmósferas que invitan al encuentro desde la diversidad. En las observaciones realizadas, si bien se percibe organización, no se visualizan jerarquías; mientras unos instalan luces, otros preparan instrumentos, y se organizan mesas con comida y bebidas para recaudar fondos. Todo se arma entre conversaciones, señas y presencias que se reconocen, mostrando una horizontalidad basada en la afinidad, la confianza y la colaboración. Se puede pensar que el colectivo se sostiene desde una micropolítica territorial y afectiva que evita estructurarse de forma tradicional. Las relaciones que se pudieron establecer durante el proceso de investigación han sostenido una tensión constitutiva entre la apertura y la clausura, en pos de mantener el anonimato y preservar el espacio. Una integrante del colectivo, que a su vez es migrante, destacó el rol afectivo y de sostén del espacio, aludiendo que allí “se encontró con otros y pudo estar mejor” y que “se siente contenida, con amigos”. También señaló que se trata de un grupo que “no busca darse a conocer, pero sí mostrarse”, definiendo un modo de comunicación cuidado ante la exposición pública, que los preserva de tendencias contemporáneas a la criminalización de las diferencias. Si bien durante el proceso de investigación no se indaga directamente en las trayectorias biográficas de quienes participan en el colectivo, se pueden inferir experiencias en el activismo cultural, en centros de estudios, en prácticas artísticas y, en algunos casos, en procesos migratorios recientes. La incorporación al grupo parece producirse por la participación en actividades que dan lugar a la integración en circuitos de amistad y de sostén afectivo. El colectivo que opera en la plaza Acción Directa habilita territorios de contención y brinda refugio a quienes han transitado experiencias de discriminación, precariedad y desarraigo a partir de sus alteridades. Se trata de un espacio político y afectivo, donde el cuidado y el apoyo mutuo se enlazan en la producción del espacio en la ciudad (Lefebvre, 1974) y la reconfiguración de lo común.

Experiencias colectivas y memoria

Al conectar estos movimientos sociales con espacios que se producen durante el siglo XX en Montevideo, emerge el caso de la Comunidad del Sur, que surge en 1955 y que, si bien es de raigambre anarquista, se establece de un modo comunitarista instaurando una configuración singular que no se define únicamente desde el anarquismo (Miniño, 2019). Esta comunidad se caracterizó por apoyarse especialmente en los procesos de publicación editorial y gráfica, integrando el trabajo autogestionado de granja, desde un modelo cooperativo, y manteniendo un estrecho vínculo con múltiples formas colectivas que participaban en la vida social de la ciudad, como centros de estudiantes, asociaciones, cooperativas y movimientos culturales diversos. La experiencia de la Comunidad del Sur (1955-2008) resulta especialmente paradigmática en este análisis, pues integra formas comunitarias del habitar con movimientos críticos de Montevideo. Siguiendo estos recorridos, son claras las conexiones con colectivos que se definen por su crítica al modelo capitalista, como lo son los movimientos cooperativos, en especial la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM). En común hallamos las ideas emancipatorias, contrahegemónicas, principalmente anticapitalistas, que ponderan la autogestión. Asimismo, con matices diferentes pero en un mismo sentido, encontramos congruencias en la relación con movimientos ecológicos, que promueven el autocultivo para producir sus propios alimentos. Estos también son espacios que valoran la propiedad colectiva y las formas cooperativas de trabajo, y mantienen un vínculo fuerte con el deporte. Las corrientes anarquistas también se relacionan con expresiones musicales que emergieron con fuerza durante la década de los 80, asociadas principalmente al punk rock, y que llevaron la música de bandas a los barrios, con toques en vivo como expresión libertaria juvenil a modo de subcultura. Estos movimientos sociales cuestionaron las formas de poder imperantes, promovieron la autogestión y la antirepresentación, y cuestionaron el patriarcado y las formas de organización políticas tradicionales. Se trató de una generación parricida del 85, que fue objeto de polémica y estigma (Pérez, 2019). Estos colectivos —al igual que otros estigmatizados como el de homosexuales y travestis— fueron perseguidos bajo el mote de inadaptados, delincuentes o vándalos, lo que dio lugar a fuertes represiones policiales y detenciones sistemáticas en la modalidad de razias2. Si bien en la actualidad algunos mecanismos, como el de razias, ya no existen, la persecución de colectivos antisistema se sostiene, principalmente, para justificar las desocupaciones forzosas. Resulta significativo pensar estos espacios en relación con el movimiento Okupa, un movimiento social en clara sintonía con las formas colectivas que estudiamos. El movimiento Okupa es un movimiento primordialmente urbano que surge en sociedades que se basan en el libre mercado, y se ha posicionado como una acción de resistencia al capitalismo que cuestiona no solamente el sistema económico, sino también los modelos homogeneizantes que produce. Por ello, los movimientos Okupa proponen actividades colectivas que involucran al arte, la música, el teatro, entre otras performances, y generan medios de contrainformación. Se identifican con un modelo político libertario, no representacionista, y utilizan la asamblea como principal forma de organización. Estos movimientos se hallan, sobre todo, en países capitalistas, donde priman lógicas neoliberales con una alta protección a la propiedad privada; donde los derechos humanos, sociales y políticos son restringidos por el sistema económico; y donde la estrategia generalizada en su contra ha sido la de criminalizar y judicializar sus acciones, utilizando herramientas institucionales y los medios masivos de comunicación para estigmatizarlos (Venegas, 2014). A partir de la gentrificación y, en general, con la intensificación de los conflictos urbanos, se reconocen situaciones y colectivos que marcan momentos históricos significativos. Tal es el caso de Tomlins Square, en Nueva York, al que se refiere Smith (2012), quien se centra en los disturbios de 1988 y en la batalla campal que se produjo en el parque debido a la gentrificación del barrio y a las leyes de toque de queda impuestas. La protesta reunió a una coalición de manifestantes antigentrificación, punks, activistas por la vivienda y habitantes del parque, que se enfrentaron a la policía. Otro antecedente de conflicto sociourbano fue el Forat de la Vergonya (“el agujero de la vergüenza”, en catalán), denominación que los vecinos de los barrios de Sant Pere, Santa Caterina y la Ribera, en Barcelona, le dieron a un solar abandonado que se convirtió en el epicentro de un prolongado conflicto vecinal contra el Ayuntamiento a principios de la década de 2000. Al respecto, cabe revisar los planteos de Manuel Delgado (2011) en torno al espacio público como ideología. Por su parte, y en sentido más amplio, en tanto se ocupó el espacio público y agrupó a indignados de diversas características, el llamado 15 M, en la ciudad de Madrid, en 2011, constituye una experiencia clave para entender la emergencia de sujetos colectivos y la movilización política en el espacio público (Belli et al., 2018). Finalmente, en la multiplicidad de antecedentes y en conexión con el caso de estudio, existen experiencias de huertas urbanas, que son expresión de la construcción de ciudadanía crítica y la defensa del medioambiente. Tal es el caso de la Huerta Orgazmika, experiencia de agroecología urbana autogestionada en Buenos Aires, vinculada a la extensión crítica universitaria y la militancia ambiental (Gallardo Araya, 2024).

Conclusiones y discusión

Autogestión, cuidados y cultura

La plaza Acción Directa configura su estética social-urbana a partir de prácticas comunes que se articulan con espacios de cuidado. Sus paredes laterales tienen murales y grafitis con mensajes de resistencia: “No esperamos, no pedimos permiso, seguimos construyendo sueños sobre ruinas”, “La mujer no es un objeto” y “Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”. La deconstrucción del espacio casa, en tanto abandono —de la propiedad privada— y su posterior demolición, contiene fragmentos de interioridad, de cuidado y de abrigo donde se habita (Alvarez Pedrosian y Blanco, 2013). En este sentido, se construye la trama urbana como un espacio liberado, de excepción y discontinuidad, en medio de un ordenamiento del espacio material y semiótico basado en el despliegue de la videovigilancia, fruto de un nuevo paradigma securitario (Romano Silva, 2020). La plaza no presenta equipamiento urbano ni jardines con sus plantas, sin embargo, la vida del lugar emana por todas partes, más allá de los lugares “planificados”. El espacio es cuidado y mantenido de forma autogestionada con regularidad, se limpia, renuevan sus murales pintados y se generan actividades culturales, especialmente toques de música en vivo. La plaza también es utilizada por la comparsa de candombe Sarabanda, que sale muy cerca de allí, y al llegar a ella descansa, calienta lonjas y para volver a salir a tocar. En este sentido, se construye un vínculo cultural-territorial con el candombe, que integra un espacio alternativo de expresión y resistencia, pues a unos pocos metros de allí se ubicaba el paradigmático conventillo Gaboto (Barouquet)3, en el que vivían familias migrantes y afrodescendientes, y donde surgió el famoso “Toque del Cordón”, de la mano de la familia Pintos.

En la década de 1940 existía en Montevideo el Conventillo Gaboto, el cual albergaba una enorme cantidad de familias. Allí vivía la familia Pintos Alvin. El padre de Aquiles Pintos tocaba la guitarra y el bandoneón interpretando tangos y milongas en las reuniones y fiestas del conventillo. Recibían la visita de los tambores de la cuerda de Cuareim y Ansina de Juan Ángel Silva, Julio Giménez, los hermanos Puchol, la familia Oviedo y otros. Al terminar el "toque", volvían al Barrio Sur y Palermo y los niños hacían los toques de los tambores "a capella". (MEC - Comisión del patrimonio cultural de la nación, 2007)

La comparsa Sarabanda, como una de las comparsas del núcleo histórico de Montevideo, ha sido referente para un colectivo de afrodescendientes, por utilizar el candombe como lenguaje de negociación política, lo que ha llevado al reconocimiento patrimonial de este ritmo por parte de organismos oficiales. A su vez, la comparsa se sostiene como espacio de resistencia, cargando de significado al espacio público, habitando lugares de la memoria colectiva e incluso, disputando espacios a la especulación inmobiliaria (Gortázar, 2020). Resulta significativo que, luego de que el emblemático conventillo de Gaboto fuera desalojado, se ubicara en su predio la sede de la Policía Metropolitana, donde opera hasta la actualidad. En el transcurso del siglo XX, el aparato gubernamental, con especial énfasis en el control social, ha ido tomando el espacio urbano que ocupaban colectivos marginados, considerados subalternos. Tal vez por ello, Teles refiere a una modalidad de “fiesta callejera (que) adquiere un carácter de desobediencia muy particular, en el sentido de una resistencia a las pautas de subjetivación individual y colectiva hegemónicas” (Teles, 2009, p. 14), interpelando las sensibilidades cotidianas dominantes y valorando las afectividades de los encuentros desde su potencial creativo. En el transcurso de los años, la plaza presentó variedad de actividades culturales, con dinámicas siempre diferentes. Algunos fines de semana se hacen “tokes” que confluyen con diversas expresiones artísticas, musicales y gastronómicas, entre otras, que dan cuenta de la configuración de un espacio heterodoxo, donde se hibridan diversas expresiones. Finalmente, es importante remarcar el llamamiento por lo barrial, donde se destaca el potencial para la autoorganización y se reafirma que las prácticas autogestivas implican una valoración de los comunes y una política de reproducción de la vida que fortalece las relaciones, necesitando y produciendo comunidad.

Territorio e Identidad

La producción social del territorio puede ser concebida desde “la rica movilidad de sus actores” (Herrera Montero y Herrera Montero, 2020, p. 104) y no como una zona geográfica delimitada y estática en donde se realiza el control poblacional. En este sentido, la concepción teórico-metodológica de la cartografía como diseño que acompaña el movimiento y lo produce en términos históricos nos permitió estudiar las características socioespaciales de la plaza Acción Directa. En su territorialidad, se articulan distintos planos que otorgan sentido a la constitución de identidades en constante devenir, constituidas por acciones políticas con trayectorias históricas. En la plaza Acción Directa encontramos un territorio entramado de sentidos múltiples y singulares que teje parte de la historia urbana montevideana y conecta —de diversas formas— con sentidos transculturales. Así como es posible identificar líneas de sentidos históricos, otras conexiones generan configuraciones novedosas, distanciándose de sentidos clásicos a la vez que produce nuevas significaciones. Las tramas ideológicas que se han tejido en el territorio en base a colectivos obreros y anarquistas se encarnan en formas híbridas con movimientos antirracistas, anticapitalistas, feministas y ecológicos que asumen formas locales que conectan con otras transculturales. Podemos hablar de una especie de convivialidad, en tanto que el territorio cartografiado refiere a un contacto de personas diferentes, aunque con una interacción que trasciende los aspectos culturales, étnicos, raciales y generacionales.

Así se produce una identidad en relación con las acciones colectivas en términos micropolíticos. Lo “bonito”, en este caso, expresa una estética que se resiste a la mercantilización del espacio desde el habitar. La micropolítica de la creación de nuevas codificaciones sustentada en la participación refiere a una micropolítica activa que, a su vez, logra integrar la negatividad, en tanto se configura a partir de la diferencia (Rolnik, 2019). Un deseo por la diferencia que sostiene los procesos vitales, en tanto acción política que rompe con las lógicas instaladas de lo posible y lo imposible. De este modo, el devenir se hace carne, en tanto la actualidad de estos procesos y sus cualidades éticas son las más etéreas, y fluyen en los espacios materiales a la vez que se consolidan en sus procesos. Los sentidos asociados a un espacio de resistencia, que también implica el cuidado, centran en el habitar estos procesos novedosos en conexión con la memoria colectiva, y enfatizan las prácticas cotidianas de la reproducción de la vida (Blanco, 2024). La plaza “se viste” para la ocasión, generando una atmósfera heterotópica (Foucault, 1999). Los estilos musicales son los asociados a los espacios de protesta: punk rock y hip hop, e integran al candombe, generando entrecruzamientos improvisados y formas híbridas. También, una vez por semana, cuando en su proximidad se realiza una gran feria vecinal –la tradicional feria de Tristán Narvaja-, los feriantes utilizan el espacio de la plaza para el resguardo de su mercadería, para conectarse a la red eléctrica y como baño. Según narran los vecinos, estos feriantes no cuidan el espacio y han roto con sus camiones y cajones los bancos de cemento que se habían hecho. También nos cuentan que algunas plantas se roban para vender en la feria:

Tenemos un serio problema y son los domingos con ese lugar, porque muchos de los bancos que los chicos hicieron de material, que pintaron todo bonito, los feriantes los domingos como suben las camionetas y los camiones rompieron todo, y hay gente que viene roba las plantas y después las vende por allá abajo. (Entrevista a vecina 2 –Proyecto 2017)

En estas instancias, parece que las lógicas mercantiles arremeten, por momentos, como fuerza reactiva (Rolnik, 2019) sobre el devenir de la plaza, y su sentido, en tanto espacio colectivo, se encuentra en disputa. Es en estas situaciones donde emerge claramente la tensión entre apropiación y participación, en tanto modelos históricos con potencia de resignificación. También algunos vecinos limpian y sostienen el espacio, en tensión permanente con personas en situación de calle que lo utilizan para dormir. Las formas híbridas y singulares cuajan y, a su vez, sostienen una precariedad necesaria para sustentar la vida (Álvarez Pedrosian y Vigo, 2020), trazando un urbanismo de base comunitaria. A modo de conclusión, el espacio esquina devenido en plaza conjuga múltiples significantes entrecruzados. La calle como espacio de encuentro, como espacio de liberación, peligroso para los poderes instituidos, que resiste y recrea sus formas, refiere a las múltiples expresiones de los movimientos sociales que habitan nuestro territorio. Se produce allí un emplazamiento que convoca a la creación, y configura un campo de fuerzas potente por su carácter heterotópico y múltiple, a la vez que entrama territorios y sentidos diversos.

Comunicación alternativa, memoria colectiva y acción directa

Los medios de comunicación alternativos tienen un rol central en la construcción de una memoria colectiva, ya que visibilizan la afectación de hechos sociales y políticos invisibilizados por medios de comunicación hegemónicos (Cruz-Castillo et al., 2023). Tal como muestra el estudio de caso, los colectivos anticapitalistas, y particularmente los anarquistas, que desplegaron sus acciones en la plaza fueron criminalizados por los medios de comunicación hegemónicos. Estos colectivos, mediante iniciativas editoriales y gráficas, han buscado históricamente comunicar el sentido de sus acciones. El centro social autónomo La Solidaria, antes de su desalojo, y el actual centro social Cordón Norte gestionan bibliotecas barriales, propiciando espacios comunales relevantes para el pensamiento crítico montevideano (Blanco, 2022). Las ideas anarquistas han circulado en Montevideo desde mitad del siglo XIX cuestionando al capitalismo, y han apuntalado la formación de movimientos mutuales, de artesanos y las asociaciones de trabajadores en sindicatos (Rama y Capelletti, 1990). Las tramas de sentido que conectan la plaza Acción Directa con la Comunidad del Sur, con las experiencias cooperativas como FUCVAM y con el centro social Cordón Norte constituyen experiencias colectivas de la historia urbana de Montevideo que sobrevive como memoria social. Resulta interesante destacar que el sujeto oprimido o, en nuestro caso, quien realiza una crítica a un sistema que concibe como desigual, es quien construye la historia. Esta se presenta como actualidad que instaura la memoria colectiva generalmente mancillada por las fuerzas hegemónicas establecidas. “La tradición de los oprimidos nos enseña entretanto que el ‘estado de emergencia’ en que vivimos es la regla” (Benjamin, 2010, p. 64). Esta memoria de los de abajo, o de quienes se encuentran en una posición crítica con lo establecido, constituye una historia de Montevideo no registrada por medios de comunicación hegemónicos. En este sentido, es que se vuelve ineludible la participación de actores sociales en la producción de medios de comunicación alternativos (Mullo López et al., 2019). Los movimientos que habitan estos territorios dan cuenta de múltiples configuraciones enlazadas a lógicas colectivas que se anudan en la acción directa, a modo de fuerzas activas (Rolnik, 2019) que, en la micropolítica de lo cotidiano, reescriben nuevos trazos desde la memoria. Existe una generación de espacios de encuentro coordinados por lógicas colectivas que buscan liberarse de los aprisionamientos de la mercantilización. En este sentido, estos movimientos trascienden las lógicas individualistas e identitarias construidas desde los Estados modernos, reconfigurando el espacio público hacia lo colectivo desde la fuerza radical del anonimato y la autogestión (López-Petit, 2016). Esto se encuentra alimentado desde la memoria de otros tantos movimientos sociales del tipo ideológico, político, sindicales, cooperativos, vecinales, artísticos, que los conectan a la vez que se diferencian de ellos. Estos devenires entran en clara sintonía con los movimientos feministas, que han interpelado las formas que atentan contra la reproducción y el sostén de la vida, desmantelando las lógicas patriarcales que sustentan el capitalismo, con las construcciones sobre lo público y lo privado, y todas las connotaciones subjetivas que esto implica (Herrero y Gago, 2023). La memoria colectiva, en tanto producción de comunes, implica un proceso permanente e histórico en donde las acciones son centrales al momento de trazar líneas de continuidad entre colectivos de diferentes generaciones, aunque con una vocación crítica. Finalmente, se destaca la importancia de los medios de comunicación alternativos y autogestivos en la construcción de la memoria colectiva, en donde las acciones micropolíticas de colectivos territoriales produzcan espacios que convoquen y habiliten a la construcción de nuevos sentidos y formas colectivas.

Blanco Latierro: Conceptualización (Conceptualization); Investigación (Investigation); Redacción - preparación del borrador original (Writing – original draft); Redacción - revisión y edición (Writing – review & editing). Romano Silva: Conceptualización (Conceptualization); Administración de proyecto (Project administration); Redacción - preparación del borrador original (Writing – original draft); Redacción - revisión y edición (Writing – review & editing). Dorta Larrosa: Conceptualización (Conceptualization); Redacción - preparación del borrador original (Writing – original draft); Redacción - revisión y edición (Writing – review & editing).

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  1. El llamado segundo ensanche de la ciudad de Montevideo se produjo a través de un decreto del Poder Ejecutivo en 1878, y diseñaba un amanzanamiento comprendido dentro de un bulevar de circunvalación (actualmente conocido como bulevar Artigas), que oficiaba de límite de la ciudad urbana.↩︎

  2. Operativo policial donde se traslada de forma forzosa a la gente a dependencias policiales. Esta práctica se originó en el período dictatorial y se mantuvo en los años postdictadura mediante un decreto que permitía detener a las personas en “averiguación” durante 24 horas para confirmar su identidad, consultar si estaban requeridos o si existían otras causas legales de detención.↩︎

  3. Construido en 1887, uno de los más grandes en Montevideo, de dos plantas, con 86 piezas y más de 50 piletas de lavar (MEC - Comisión del patrimonio cultural de la nación, 2007).↩︎

QUID 16. Revista del Área de Estudios Urbanos. Área de Estudios Urbanos (Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Investigaciones Gino Germani).
ISSN-e: 2250-4060.

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