Este artículo analizará la articulación entre las políticas habitacionales y una cooperativa de vivienda de la ciudad de Rosario, a principio de la década de 1990. Recuperando el relato de los actores que crearon la asociación, principalmente sus miembros y técnicos, se explorarán las instancias de diálogo y de conflicto que ocasionó el proceso de autoconstrucción. A partir del trabajo etnográfico realizado en el centro comunitario de la cooperativa, se busca construir otras miradas acerca de la implementación de las políticas habitacionales alternativas y su incidencia en la organización de cooperativas de vivienda. Para esto, se expondrán los programas de regularización dominial de los asentamientos informales, desarrollados por estas políticas. Luego, se reconstruyen sus influencias en la experiencia de la cooperativa rosarina, a través de la autoconstrucción de sus primeras viviendas. Finalmente, se analizará el proceso autoconstructivo, por un lado, desde los proyectos y diseños habitacionales y, por otro, desde la organización del trabajo autoconstructivo.
This article will analyze the articulation between housing policies and a housing cooperative in the city of Rosario in the early 1990s. Through the recovery of the story of the creators of the association, mainly its members and technicians, we will explore the instances of dialogue and conflict generated by the self-construction process. Based on the ethnographic work carried out in the cooperative’s community center, it seeks to build other perspectives on the implementation of alternative housing policies and their impact on the organization of housing cooperatives. To this end, the property regularization programs of informal settlements, developed by these policies, will be presented. To then seek their influences in the experience of the Rosario cooperative, through self-construction in their first homes. Finally, the self-construction process will be analyzed, on the one hand, from housing projects and designs. And, on the other hand, from the organization of self-constructive work, the forms of organization developed by its members will be investigated.
A finales de los ochenta, la crisis política y económica a nivel nacional, propiciada por la hiperinflación y la explosión de los saqueos, transformó la relación entre el Municipio de la ciudad de Rosario y los barrios populares. Aunque los disturbios manifestaban los problemas propios de la coyuntura económica, denunciando la degradación de las condiciones de vida (
Ante esta crisis, el Municipio direccionó sus intervenciones hacia la zona sur de la ciudad, buscando desarticular el epicentro del conflicto. Por un lado, desde la Secretaría de Planificación se reajustaron los objetivos de la planificación urbana que se orientaba a la renovación de la costanera central, con los intereses de los habitantes de la periferia sur. Esta población denunciaba la ausencia y el abandono de la municipalidad en esa parte de la ciudad y el deterioro de sus espacios recreativos. Así, se realizaron ciertas obras que acondicionaron los espacios públicos como la reconstrucción de las Piletas del Saladillo, el Parque del Mercado y el Parque Sur, y otro tipo de mejoras a la urbanización (
Además de reasignar funciones a los gobiernos locales, estos programas habitacionales se caracterizaron por captar organizaciones que ya trabajaban en los “asentamientos informales o irregulares” (
Entonces, en el segundo apartado, se explicará cómo los asentamientos informales se transformaron en los principales actores de las nuevas políticas de vivienda, a través de los programas de regularización dominial. En el tercer apartado, se presentará la experiencia de organización y autoconstrucción en Villa Margarita y sus articulaciones con las políticas alternativas de vivienda entre 1989-1993. A partir de esto, en el cuarto apartado, se analizarán los proyectos y los diseños para sus primeras 14 viviendas. Y, en el quinto apartado, se explorará esa experiencia autoconstructiva desde la mirada de los propios constructores. Este trabajo se apoya en el trabajo de campo realizado durante dos años (2015-2017) con participación en las actividades del Centro Comunitario de la cooperativa, y la elaboración de observaciones y notas de campo. Con el aporte del registro etnográfico, se busca enriquecer la comprensión de las experiencias autoconstructivas e indagar nuevas dimensiones de las políticas alternativas de vivienda.
La informalidad urbana de las villas y los asentamientos argentinos se ha reforzado con las nuevas desigualdades urbanas, bajo las formas asumidas por la segregación y fragmentación espacial, propias de la expansión del neoliberalismo en el último cuarto del siglo XX (
Los “asentamientos irregulares” se distinguen de las “villas miseria” por ciertas particularidades espaciales, históricas e identitarias. Desde los años cincuenta, las “villas miseria”, “villas de emergencia”, “barrios de emergencia” o simplemente “villas” se consideraban espacios transitorios donde se instalaban los migrantes internos expulsados del campo a la ciudad, producto de los cambios socioeconómicos y la urbanización de las ciudades latinoamericanas. A diferencia de lo esperado, las “villas miseria” no se incorporaron a la trama regular, sino que se distinguieron de ella por su urbanización informal, la autoconstrucción de sus habitantes, su dominio irregular en terrenos mayormente fiscales y su ubicación en zonas periféricas y degradadas de las urbes (
A pesar de que no existe un acuerdo unánime acerca del uso de estos términos (
Bajo los parámetros de la “integración” de la informalidad urbana, a principios de los noventa, la segunda generación de políticas habitacionales argentinas —o las políticas alternativas de vivienda— se direccionaron a la regularización dominial de los “asentamientos informales o irregulares”, entre sus principales objetivos (
Además del reconocimiento de las realidades urbanas de las periferias como “asentamientos informales o irregulares” para formalizar la tenencia de la tierra, estos programas compartían un imaginario de la “comunidad” como destinataria y, a la vez, gestora de los mismos (
Del mismo modo, la implementación de estos programas por individuos u organizaciones barriales —no remunerados— recuperaba el mencionado imaginario de “comunidad” como parte de un proceso democratizador del accionar estatal. Desde esta ampliación de la participación civil, las organizaciones adquirieron responsabilidades y se convirtieron en entidades jurídicas, fomentando la especialización, profesionalización y creación de redes de trabajo (
En pequeña escala, también, las políticas alternativas de vivienda propiciaban las construcciones de viviendas y mejoras en la infraestructura de los barrios con el trabajo de sus propios habitantes. La organización de asociaciones y cooperativas habilitó la gestión participativa institucionalizada del hábitat popular. Los habitantes de villas y asentamientos organizaron la autoconstrucción de sus hogares, combinando sus prácticas con otros actores de la sociedad civil, como se evidencia el caso de Villa Margarita.
Villa Margarita se fundó por el desplazamiento de una villa más antigua, La Bajada, ubicada en la costa del río Paraná. Ante la construcción de la obra de infraestructura vial “Acceso Sur-Puerto Rosario” (1977-1981), el gobierno municipal junto al ejército erradicó a los vecinos y los trasladó a otro barrio en la zona oeste de la ciudad. Sin embargo, algunos habitantes de La Bajada resistieron el traslado y se instalaron a un par de cuadras de la obra vial. Estas prácticas de resistencia originaron Villa Margarita, ubicada sobre el Brazo Norte del Arroyo, al oeste del Acceso Sur. Aun con lo violentas y contundentes de las medidas autoritarias, tras el retorno democrático, los vecinos erradicados retornaron a habitar la costa del río, formando otra villa, El Fuerte, donde sus habitantes volvieron a realizar su principal actividad laboral, la pesca (ver
Según los relevamientos que realizó la Municipalidad a principios de los noventa, estas villas se censaron como “asentamientos irregulares” (
Según las entrevistas a los pobladores, la organización barrial se inició en 1985, pero la cooperativa solo fue oficializada en febrero de 1989. Amparados en los nuevos tiempos democráticos, los vecinos de ambas villas comenzaron a organizarse colectivamente, junto a militantes de izquierda que trabajaban en el barrio. A través de reuniones mensuales y un relevamiento, identificaron los problemas que los aquejaban, entre 1986 y 1989, como el desempleo y la precariedad de sus hogares, sumada a la ausencia de infraestructura urbana básica. Ante estas necesidades urgentes, se vincularon con otras experiencias cooperativas y habitacionales, como el Movimiento Social “Hábitat Popular”. Con la ayuda del este movimiento, y la colaboración de la iglesia parroquial, los vecinos presentaron un proyecto de autoconstrucción a MISERIOR, una ONG de la iglesia católica alemana que otorgaba subsidios para autoconstrucción de viviendas. Luego de la visita de los miembros de esta organización, y con la cooperativa recién inaugurada, MISERIOR concedió el financiamiento para construir las primeras 14 viviendas que se efectivizó en 1990. Sin embargo, los terrenos donde se encontraban las villas eran zonas inundables y no se podían edificar.
A pesar de la financiación, esta situación detuvo la actividad de la cooperativa. Con mediación del Municipio, se autorizó el inicio de la construcción con la promesa de la obtención de la tenencia de la tierra. Como parte de este arreglo, la construcción de las viviendas se trasladó al otro lado del Brazo Norte el Arroyo, en un angosto terraplén del ex Ferrocarril General Belgrano. Si bien esta localización ubicó a las viviendas en la trama urbana del barrio, las limitaciones de espacio solo permitieron que los habitantes de Villa Margarita, más de 50 familias, comenzaran con la construcción. Como ya se explicó, la sanción del Programa Arraigo permitió regularizar la tenencia de la tierra que se entregó a la asociación en 1993. En este marco de la segunda generación de políticas habitacionales, la cooperativa de Villa Margarita logró las condiciones urbanas y jurídicas para desarrollar su práctica autoconstructiva.
El proyecto habitacional contemplaba un conjunto de 65 viviendas, un centro comunitario y una sala materno-infantil. El diseño de todo este proyecto se discutió entre los vecinos y Arturo, el arquitecto, que colaboraba desde la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño (FAPyD- UNR); y Mario, militante de izquierda y físico especializado en los aspectos ambientales de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura (FCEIA-UNR) (
Arturo explicó que su idea original era “la recuperación del Brazo Seco rescatando su biodiversidad” (
A diferencia del aspecto ambiental, la reutilización de los terraplenes del ferrocarril como estrategia de reducción de costos y aprovechamiento del espacio urbano disponible, logró, en la opinión de Arturo, justificar su intervención técnica en el proyecto. Entre las primeras ideas, los habitantes de villa Margarita habían buscado un diseño tradicional de viviendas en planta baja que no llegó a ejecutarse. La imposibilidad de construir viviendas tradicionales se debía al tamaño de los lotes que tenían un ancho muy reducido a pie de calle de 4,10 m, y un largo profundo sobre el interior del terreno de 14 m. Por el contrario, las antiguas trochas del ferrocarril se reutilizaron para materializar viviendas a bajo costo, con poco impacto ambiental y una optimización del espacio que permitiría a las familias vivir y trabajar en ambientes separados.
El diseño de las viviendas se compone de una planta baja con cocina-comedor y un baño; y una planta alta, con dos dormitorios y un balcón. Esto comprende una superficie cubierta de 56 m2 y un patio de 26 m2. Asimismo, por cada “manzana”, considerando las medidas del terraplén, se distribuyen dos hileras de viviendas que, a la vez, están agrupadas de a cuatro con un pasillo compartido de 1,80m de ancho y 14 de largo para uso común, como se observa en el plano de las viviendas de la
Esta estructura en dúplex dejaba un espacio para los patios donde los vecinos podrían realizar microemprendimientos productivos o compartir actividades colectivas, a través de los pasillos laterales. De los diagnósticos realizados por la comisión de la asociación, se había deducido que un 15 % de la población recolectaba residuos, considerando este tipo de ocupación se incorporaron los patios al diseño colectivo.
Ante la pregunta por la inspiración para este proyecto, “¿En qué se inspiró para realizar el diseño?”, Arturo mencionó las ideas modernistas y funcionalistas de Le Corbusier en su diseño de la “Unidad Habitacional de Marsella”, una de sus obras emblemáticas. El arquitecto rosarino destacaba esa inspiración inscripta en el aprovechamiento de los espacios interiores que dominaban a ese complejo de viviendas económicas, precisamente departamentos familiares, creados por Le Corbusier en la posguerra europea. Entre las innovaciones del mencionado complejo habitacional se implementó el uso de pasillos y galerías, el hormigón como materia prima, el diseño en fachadas y medianeras y la ruptura con las dimensiones de la manzana. Aunque en una escala mucho menor, estos elementos arquitectónicos se contemplan en el resultado final de las viviendas de la cooperativa.
Sin embargo, Arturo consideraba que el diseño de las viviendas era efectivo y apropiado, solo si se adaptaba al trabajo autoconstructivo de los vecinos. Es decir, él había implementado una serie de mejoras en la estructura y ahorro de materiales para las viviendas, pero “la decisión final correspondía a los autoconstructores”. A propósito de esto, también, mencionó en la entrevista sus recuerdos de la primera experiencia en autoconstrucción, trabajando para la fundación EMAÚS, durante los años 1960, en la zona oeste de la ciudad. Según Arturo, el diálogo con los vecinos, cuando ciertas ideas ya se encuentran naturalizadas, no resulta para nada sencillo, principalmente en saberes comunes y colectivos como la construcción. Las diferentes maneras en que cada uno de estos agentes había adquirido sus conocimientos sobre la construcción de las viviendas aparecen en los testimonios como uno de los obstáculos a trabajar para el avance del proceso autoconstructivo.
Desde la experiencia de Mario, un elemento significativo en la viabilidad del diseño era la posibilidad de agrandar la vivienda cuando la familia crecía. A diferencia de otros planes de vivienda social: “la optimización del espacio se había logrado de tal manera que el diseño de Arturo permitía poner una cama más en la pieza, o sea entraban tres camas” (
En este marco, este diseño se combinó con un proyecto, “Optimización energética de viviendas de interés social edificadas por autoconstrucción y ayuda mutua”, del Instituto de Física (FCEIA-UNR) y el Centro de Estudios Bioambientales (FAPyD- UNR), coordinado por Mario y Arturo, y financiado por el CONICET. Dentro de este proyecto de investigación, se realizaron modificaciones a una de las unidades habitacionales con ensayos de aislación y climatización mediante energías y recursos no convencionales. Para los sobrecostos de esos ensayos, se utilizó parcialmente el dinero del subsidio de la investigación. Por un lado, se experimentó con la refrigeración de la vivienda en verano, mediante diversas versiones de torres de viento y un tubo enterrado para aprovechar la recirculación del aire en las primeras horas de la tarde. En términos simples, esto consistió en un ventilador de baja potencia que direccionaba la masa térmica del subsuelo, ya que sus marcas eran bastante inferiores a la del ambiente en ese horario y refrigeraba la casa.
Por otro, se contemplaba incorporar a la construcción de las viviendas algún tipo de aislante para preservar el calor durante el invierno. Es decir, las paredes de las viviendas estaban construidas con bloques que poseían una doble plancha prefabricada. La pared se conforma por dos de estas placas que poseían un nervio de hormigón sobre ellas y dejaban un espacio libre intermedio. Ese espacio se rellenaría con polietileno, reciclado por los recolectores de residuos. Esto, a la vez, reducía a cero el costo de la mejora edilicia. Sin embargo, Mario utilizó este ejemplo para explicar los límites de su asesoramiento: “todos coinciden que la casa modificada es más fresca en verano y menos fría en invierno, pero nadie quiso poner ni siquiera el aislante al techo porque, en ese momento, lo consideraron innecesario” (
Aunque los técnicos realizaron una serie de sugerencias que se podían incorporar a la estructura básica de las viviendas, en su mayoría ninguna se aplicó. Ni otras estrategias más sencillas como pintar las paredes de las casas de colores claros y resguardarlas con enredaderas del tipo “enamorada del muro” para formar una capa aislante exterior en el verano resultaron de interés de los autoconstructores (
Otro elemento que surgió en las discusiones por el diseño de las viviendas fue el tipo de propiedad del espacio habitacional producido. Aunque el Programa Arraigo otorgaba la tenencia de la tierra colectiva a las organizaciones a cargo de la autoconstrucción, propiciando a la “comunidad” como destinataria (
En esta línea, el grupo técnico experimentó las reticencias que el uso de los espacios comunes ocasionaba entre sus habitantes, amparada en el problema de los patios de uso colectivo. Como se mencionó más arriba, Arturo explicó que cada cuatro casas hay un pasillo común a las viviendas, pensado para el desarrollo de actividades económicas de esas familias. Según Mario, ese fue un tema de discusión en el diseño de las viviendas, porque para los vecinos estos pasillos reproducían la distribución espacial de la villa (ver
La experiencia autoconstructiva de la cooperativa de Villa Margarita se sostuvo en una colaboración mutua entre los técnicos, los habitantes y el Municipio. Si bien la participación del Municipio fue ínfima y tardía en la organización de la cooperativa, éste colaboró con la regularización dominial, acordando la disponibilidad de terrenos, posibilidades de edificación y servicios urbanos. Aun mediando algunas de sus secretarías, el Estado no tuvo ningún tipo de incidencia en las decisiones organizacionales y espaciales para las prácticas autoconstructivas de esta primera etapa. En este sentido, se recupera la autodeterminación colectiva de estos vecinos en la producción habitacional que presentan las disputas cotidianas con los sectores que hegemonizan el poder político, económico y cultural, como una parte del proceso de producción social del hábitat (
Si bien los habitantes de Villa Margarita nunca tuvieron la intención de generar un movimiento social para transformar el orden establecido, la construcción de sus viviendas simbolizaba su incorporación a la ciudad. Ese posicionamiento era un acuerdo interno, discutido por los propios vecinos en sus asambleas, y respetado por quienes llegaban al barrio desde afuera con alguna función específica —políticos, técnicos, ONG, entre otros— (
En este camino, las prácticas de autoconstrucción de sus viviendas les presentaron tres desafíos a lo largo del proceso: el financiamiento, el diseño y la organización de los trabajos colectivos de construcción. Además del crédito de MISERIOR y la universidad, la autogestión de la cooperativa para producir un presupuesto se sostenía por el trabajo de cada vecino y la creación de un fondo común —fondo rotativo— que servía para la manutención del aparato de la institución. El mecanismo era el siguiente: los socios aportaban una cuota mínima para resarcir el préstamo que la institución les había otorgado. Según la explicación de Mario: “no estaba bien regalarle la vivienda, tenía que ser fruto del esfuerzo y el trabajo” (
Se ha encarado este proceso por autoconstrucción y ayuda mutua, con reintegro por parte de los adjudicatarios del crédito en materiales que la Cooperativa les brinda, en cuotas que no exceden el 12 % del ingreso familiar, con el que se conforma un fondo rotativo para la edificación de más viviendas. (
Como ya se mencionó, un segundo problema fue el diseño optimizado de Arturo. Este era una adaptación de los primeros planos que habían presentado los miembros de la cooperativa a la ONG (
Nosotros estuvimos con el Movimiento de Hábitat Popular, el movimiento más grande que se hizo era en Buenos Aires, Rosario, Mendoza, Reconquista, Chaco, Córdoba y se estaban organizando otra localidad también, y al calor de eso había una organización que estaba participando un conjunto de técnicos que crearon una ONG que se llama AVE de Córdoba que hacían módulos para las viviendas simples populares. Nosotros hicimos con ellos las viviendas, las propuestas se realizaban con nosotros. Un movimiento muy bueno. (
En la entrevista Irene se refirió al diseño de las viviendas:
Irene hacía referencia al traslado de las viviendas, a pedido del Secretario de Planeamiento Municipal que argumentó problemáticas técnicas de inundación del terreno por su proximidad al cauce de agua del arroyo, donde se ubicaba Villa Margarita. Paradójicamente, en la actualidad, allí se conformó una villa de mayor tamaño. En un recorrido por el barrio, Mario explicaba que esta villa era nueva y que muchos de sus habitantes son hijos de los socios de la cooperativa o algunos socios que volvieron a vivir allí y dejaron su “vivienda digna” para sus hijos. Por eso, según Mario, la cooperativa tiene que seguir funcionando para construir viviendas a las personas que se asientan en el Brazo Seco (
Entre los diferentes testimonios, la organización del trabajo autoconstructivo aparece como un verdadero desafío. En principio, los trabajos colectivos se organizaron en grupos de cuatro familias como estaban agrupadas las viviendas para su edificación (
Y bueno ahí hubo que organizar las cuadrillas, (en) eso Juan era muy hábil. Él manejaba todo eso […]. Hay una experiencia muy interesante desde la práctica, no desde un envase teórico se fue construyendo. A mi hoy esa técnica de aprender haciendo me encanta. Son las que no se van a caer. (
Pedro explica que todos los miembros de la cooperativa conocían el trabajo de albañilería, o lo fueron aprendiendo en las faenas. En el relevamiento que hicieron durante los primeros años de la cooperativa, también, se destacó que casi el 80 % de los hombres de la villa trabajaban, completa o parcialmente, en la construcción cuando se asentaron en Rosario. Aunque mucho de este trabajo fue realizado por hombres, las mujeres también se fueron sumando, ayudando o cumpliendo funciones de “peones de albañil” y realizando las actividades complementarias. Pedro aclara “no pegan los ladrillos”, pero hacían otras cosas cómo preparar la mezcla, trabajaba toda la familia” (
La propia participación de Susana en la autoconstrucción coincide con lo relatado por Pedro. Ella cuenta que se fue sumando al trabajo de a poco, y al principio, no le interesaba participar. Sin embargo, con el tiempo descubrió que ayudar a su papá Juan en las tareas simples de la construcción era una forma de pasar más tiempo con él (
Una práctica para subrayar era que los propios autoconstructores comenzaron a fabricar los bloques para las viviendas y toda una serie de elementos necesarios para la construcción que sustituyeron muchas compras de materiales. Entre estos recursos, los vecinos se dedicaron a confeccionar: los bloques para las paredes, las viguetas de diseño simple para los techos, las aberturas y los tanques de agua que se construían con los bloques de cemento. Irene, explicó que los elementos prefabricados los realizaban en el viejo local de la cooperativa en la antigua villa (
En una recorrida con Susana para sacar las fotos del barrio y la cooperativa, (ver
Aun con toda esta organización colectiva del trabajo se produjeron momentos de conflicto y ralentización de la edificación de las viviendas. “No nos decían que ‘casa’ nos tocaba”, así explican Carlos y Mary, recordando cómo construyeron su vivienda, mientras tomaban mates sentados en la vereda de la misma. Además, mencionan que: “en el grupo existían muchas dudas acerca de sí terminaríamos de construir las 65 casas”, considerando los plazos de la autoconstrucción, donde los vecinos solo trabajaban en sus tiempos libres (
En 1994, la Cooperativa de Vivienda de Villa Margarita obtuvo otro subsidio para continuar la construcción de sus restantes 51 viviendas como parte de la segunda etapa del Programa Arraigo. Este ente, junto al Servicio Público de la Vivienda municipal y la Unidad Ejecutora Rosario dependiente de la Secretaría de Acción Social de la Provincia de Santa Fe, se combinaron para otorgar financiación a nueve cooperativas, con presencia consolidada en los barrios de la ciudad (
Las políticas alternativas de vivienda se concentraron en la regularización dominial de los “asentamientos irregulares”. Desde el Municipio de Rosario, su implementación implicó, por un lado, unificar los modos de nombrar la ocupación de la periferia, sin distinguir los asentamientos de las villas para la implementación de la política nacional. Y, por otro, la Municipalidad actuaba como intermediaria distrital de los trámites para que las organizaciones obtuvieran los títulos de propiedad de tierra. Esta acción municipal ocultaba las acciones organizativas y autoconstructivas que se habían desarrollado en los barrios. En esa línea, se subraya el peso depositado en las cooperativas para sostener en el tiempo los procesos de autoconstrucción del hábitat y el necesario pero poco relevante e intermitente accionar del Estado en sus diferentes niveles. A pesar del cumplimiento de la ejecución de sus viviendas, la Cooperativa de Villa Margarita evidencia esta dinámica en la relación con la Municipalidad, principalmente en la autoconstrucción de sus primeras 14 viviendas.
A partir de las entrevistas y el trabajo de campo con los pobladores de la Villa Margarita, también se exploraron los contrastes entre las propuestas de las políticas habitacionales, los técnicos y la apropiación que estos autoconstructores realizaron de ellas. Por un lado, se percibe una resistencia a la denominación de “asentamiento informal”, ya que los habitantes nombran al espacio habitado como “villa”. Y, por otro, se considera que ese espacio resulta indispensable para sostener el proceso de autoconstrucción. En este sentido, se detallaron la diversidad de momentos en la autoconstrucción de sus “casas” que ha involucrado tanto la edificación de los cimientos y el armado de los bloques de cemento, como las discusiones con el arquitecto, los técnicos y los militantes que trabajan en el barrio acerca del diseño y el proyecto para las viviendas y la urbanización del barrio, o el cambio de terreno, entre otros problemas. En sintonía con esto, el conjunto de negociaciones, resistencias y vivencias de autoconstrucción y de organización cooperativa construyen una relación entre el autoconstructor y el espacio que habita, la cual resulta difícil de representar con una categoría espacial creada desde fuera de esa experiencia. En esta clave, la lucha por la tierra urbana y la autoconstrucción son esenciales para comprender cómo los sectores populares resignifican su lugar en la ciudad.
Para impedir su identificación, los espacios y los nombres de los miembros de la cooperativa y los vecinos del barrio han sido modificados.
En el encuentro que tuve con Dominga (12/05/2016), identificaba la contaminación del barrio como un problema histórico, se encontraba muy preocupada por la ausencia de limpieza en las zanjas de todas las viviendas de la cooperativa y, por la “eterna promesa municipal”, la cito, de colocar las cloacas.
Mario: Militante político de izquierda, profesor universitario y especialista en energía solar (6/08/2015 y 18/03/2016).
Arturo: Arquitecto de la cooperativa (30/03/2016)
Pedro: Empleado público jubilado del programa de huertas urbanas y primer vicepresidente de la cooperativa (12/08/2016, 20/08/2016 y 9/11/2016)
Irene: Ama de casa, colaboradora en el Centro Comunitario y viuda de Juan el primer presidente de la cooperativa (15/12/2015 y 1/04/2016).
Susana: Ama de Casa, colaboradora en el Centro Comunitario. Hija de Irene. (25/02/2016 y 1/04/2016).
Julio: Socio de la cooperativa y cuñado de Susana (25/02/2016).
Dominga: ama de casas, actual vicepresidenta de la cooperativa (12/05/2016).








