jats4r Conversion Vendor guri 1.0.0 5596 QUID 16. Revista del Área de Estudios Urbanos QUID 16 2250-4060 Área de Estudios Urbanos Argentina quid16@sociales.uba.ar Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Investigaciones Gino Germani 10.62174/quid16.i24_a412 Espacio Abierto Entre la casa, la familia y los vecinos La construcción de la intimidad en un barrio popular de La Plata Between the house, the family and the neighbors The construction of intimacy in a popular neighborhood of La Plata city 0000-0001-6856-8514 Aliano Nicolás nicolasaliano@hotmail.com Conceptualización Curación de datos Análisis formal Investigación Metodología Redacción - preparación del borrador original Redacción - revisión y edición Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) https://ror.org/03cqe8w59 , Argentina Centro de Estudios en Nutrición y Desarrollo Infantil (CEREN – CIC/PBA) https://ror.org/02s7sax82 , Argentina Julio-Diciembre 2025 24 a412 14 10 2024 24 4 2025 1 12 2025 https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/ Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional. Resumen

El artículo analiza el habitar doméstico en un barrio de la periferia de la ciudad de La Plata, en tanto expresión de un modelo de habitar popular extendido. Por un lado, se describen las condiciones habitacionales del barrio —situaciones de hacinamiento, escasa segmentación funcional de los espacios, usos compartidos con otros hogares de ambientes como la cocina y el baño—. Por otro lado, se analizan las prácticas y sentidos emergentes de esas condiciones, en torno a dos aspectos: 1) la producción de lo doméstico, como un orden continuado de actividades que trasciende los marcos de la oposición público/privado e involucra relaciones diversas con vecinos y/o familiares del entorno próximo de casas; y 2) las estrategias de “gestión de la intimidad” en estas tramas socio-espaciales.

Abstract

The article analyzes domestic inhabit in a neighborhood of the La Plata city, as an expression of a widespread popular inhabit model. On the one hand, the housing conditions of the neighborhood are described —situations of overcrowding, poor functional segmentation of spaces, shared uses of environments such as the kitchen and bathroom with other households. On the other hand, the practices and meanings emerging from these conditions are analyzed, around: 1) the production of the domestic, as a continuous order of activities that transcends the frameworks of the public/private opposition, and involves diverse relationships with neighbors and/or relatives in the home environment; and 2) management strategies of intimacy in these social environment.

Palabras claves Casa popular Intimidad Habitar doméstico Prácticas residenciales Keywords Popular house Privacy Domestic inhabit Residential practices
Introducción

¿Podemos comprender la interacción entre la vivienda y la familia, entendiéndola como algo más complejo que una simple relación entre un contenedor y su contenido? Esta pregunta se hacía Claudia Zamorano (2007) hace algunos años en un artículo que, tras un rastreo conceptual por la sociología urbana, buscaba instrumentos analíticos para arrojar luz sobre las vinculaciones entre familias y vivienda. El presente trabajo recupera ese interrogante empíricamente, para indagar en las relaciones que las personas establecen cotidianamente con sus viviendas en un barrio popular de Argentina. Esta indagación permitirá reponer una serie de estrategias y prácticas cotidianas por las cuales las clases populares establecen parámetros de convivencia local y construyen una experiencia de la individualidad.

El estudio de la casa popular ha estado recurrentemente asociado, en los estudios de población, a la caracterización de las “condiciones de vida” de las clases populares en general y de los segmentos en situación de pobreza en particular. La construcción de una serie de indicadores ligados a las características de la vivienda (en torno al tipo de material constructivo, o a determinados servicios y equipamiento básicos con que cuenta la unidad habitacional) estuvo de hecho orientada a describir y mensurar el fenómeno de la pobreza urbana, así como a identificar mecanismos de reproducción de las desigualdades sociales. Por otra parte, la literatura socio antropológica que en Argentina se aproximó al mundo de “lo doméstico”, situado en la vivienda, focalizó sus indagaciones en torno a objetos recurrentes como los modelos de familia (y sus transformaciones) o la constitución de roles de genero (y sus asimetrías), con énfasis en las relaciones afectivas, simbólicas y de poder que se conjugan en lo cotidiano. Estos aportes, en su conjunto, han sido vitales para la comprensión de la experiencia de los hogares populares desde las ciencias sociales recientes. Sin embargo, entre el examen de las “condiciones materiales de vida” y el análisis de las dinámicas generizadas de lo “doméstico”, el estudio de las prácticas residenciales —las formas de uso y apropiación de la casa por los hogares— se ha difuminado como objeto con especificidad propia. Como en la sombra que surge de la intersección de dos conjuntos, el análisis de las prácticas residenciales populares ha caído en la penumbra proyectada por esas otras estrategias analíticas.

Esta tendencia tiene algunas significativas excepciones. En efecto, recientemente han ganado fuerza diversas indagaciones socio antropológicas en torno a usos de la casa entre las clases populares urbanas, que han visibilizado aspectos específicos del habitar popular doméstico. Entre ellas, podrían mencionarse trabajos sobre la experiencia de vivir en hoteles-pensión en migrantes internos (Marcús, 2007), sobre “arreglos de protección” domésticos en contextos de temor al delito (Segura, 2018), sobre las prácticas de consumo cultural situadas en la vivienda (Aliano, 2017, 2021) o a propósito de los diversos usos de la casa por referentes barriales y organizaciones sociales (Aliano, 2019; Oriolami, 2021; Pacífico, 2022). Pero ha sido la historiografía local, singularmente, la que ha abordado de una manera más nítida ese universo analítico del habitar doméstico situado entre las “condiciones habitacionales”, la cultura material y las dinámicas vinculares de la familia y el hogar. Aportes como el de Inés Pérez (2012) o el trabajo colectivo coordinado por Ballent y Liernur (2014) han proyectado luz sobre los “modelos de habitar” la casa popular en distintos momentos históricos del siglo XX, poniendo particular énfasis en las relaciones entre prescripciones arquitectónicas, cultura material y usos de la vivienda.

Por otra parte, en el ámbito latinoamericano y fundamentalmente en la antropología urbana brasileña reciente en los últimos años se ha desarrollado una prolífica literatura específicamente preocupada por la casa popular y las interacciones con sus moradores. Esta literatura, inscripta en lo que se definió como una “nueva antropología de la casa” (Cortado, 2020; Dumans Guedes, 2017) ha enfatizado en el carácter procesual y mutable de la producción material y simbólica de la casa, convergiendo en pensarla como operadores activos de cambios en sus residentes. En este marco, autores como Borges (2011), Motta (2014) y Cortado (2020) han problematizado las clasificaciones rígidas y dicotómicas entre los ámbitos de los público (asociado a la “calle”, la “política” o la “economía”), y lo privado (vinculado a la “casa”) al mostrar diversas imbricaciones cotidianas en entornos urbanos populares de Brasil. Asimismo, se ha abordado a la casa como categoría cultural significativa en el universo popular, al destacar que esta opera como base de dinámicas locales de identificación, clasificación y relacionamiento de personas y/o familias (Marcelin, 1999; McCallum y Bustamante, 2012).

Este artículo se inscribe en esta senda de exploraciones socio históricas recientes. Sitúa su objeto en el habitar doméstico contemporáneo en un barrio popular de la periferia urbana de la ciudad de La Plata, en tanto expresión de un modelo de habitar popular extendido. En este marco, presenta un objetivo doble. Por un lado, describir una serie de regularidades en torno a las condiciones habitacionales de los hogares (que remite a realidades como la existencia de situaciones de hacinamiento, escasa segmentación funcional de los espacios, usos compartidos con otros hogares de ambientes como la cocina y el baño). Por otro lado, pero de manera correlativa, se propone reconstruir y analizar las prácticas y sentidos emergentes de esas formas de relacionamiento de “hogares” y “viviendas”. Esta relación es concebida como una serie de prácticas y estrategias cotidianas de producción de lo doméstico y de gestión de la intimidad en las interacciones cotidianas de los habitantes del barrio. Reponer estas prácticas implica trascender las miradas miserabilistas que reducen la relación de las clases populares con la casa a la precariedad y la carencia. En su lugar, se busca poner en primer plano las estrategias por las cuales los moradores producen cotidianamente un mundo significativo y lo habitan.

El artículo se organiza en tres secciones. La primera de ellas plantea el diseño metodológico del trabajo. La segunda avanza en una caracterización del barrio que será objeto de análisis en profundidad, en tanto caso típico (Flyvbjerg, 2004) de un modelo de habitar popular. La tercera sección describe modos de uso de las casas y de producción de lo domestico que transcienden la oposición publico/privado como esquema organizador de las prácticas. Por último, la cuarta sección aborda y analiza un tipo de práctica residencial emergente en este entorno: aquellas acciones asociadas a la gestión de la intimidad personal y familiar, identificadas a partir de las dinámicas de uso, circulación y organización de los espacios. Por último, en las reflexiones finales se sistematizan los principales aportes del trabajo.

Metodología

El trabajo se sustenta en un diseño metodológico mixto, una estrategia escasamente empleada en este campo de indagaciones. Por un lado, se vale de un registro cualitativo de entrevistas en profundidad y experiencias de observación participante realizadas en el barrio José Luis Cabezas (Gran La Plata) a partir del año 2019. Estos registros estuvieron orientados a captar y reconstruir (1) trayectorias y experiencias residenciales, (2) pautas de uso de los espacios domésticos y barriales; y (3) lógicas de construcción e interacción de las casas en el conjunto del espacio barrial. Las entrevistas fueron realizadas, en su mayoría, a mujeres residentes del barrio, que arribaron a este entre mediados de los años noventa y fines de los 2000.

Los datos cualitativos, a su vez, se articulan con los resultados de un censo realizado en el año 2022 en la comunidad, en el marco de un proyecto colectivo de investigación.1 El censo constituye una reedición de un sondeo anterior, del año 2017. Sus datos fueron recabados a partir de un cuestionario estructurado aplicado a 192 hogares, luego de la realización de un mapeo territorial y un listado de viviendas, que implicó la elaboración de croquis in situ en cada una de las calles del barrio, para poder identificar las viviendas y numerarlas. El cuestionario abordaba dimensiones vinculadas a condiciones de vida, ambiente, alimentación, salud, trabajo, educación, cuidados infantiles y adscripción religiosa, entre los aspectos más salientes. Aquí enfocaremos nuestro análisis, específicamente, en un conjunto de variables asociadas a las condiciones de vida de los hogares. Puntualmente nos centraremos en el examen de (a) la determinación de los tipos de vivienda presentes en el barrio (definidas, fundamentalmente, a partir de las características constructivas y el tipo de material predominante); (b) la relación entre las viviendas y los hogares que las habitan (caracterizada a partir de indicadores como la cantidad de hogares por vivienda, la cantidad de ambientes de uso exclusivo de los hogares y la cantidad de personas que habitan los cuartos de la vivienda) y por último, c) la especialización funcional de las viviendas (descrita a partir de indicadores como el uso de la vivienda como lugar de trabajo, la existencia de cocina o baño dentro de la vivienda; el carácter compartido/exclusivo de estos ambientes por los hogares).

En un sentido general, el estudio apeló a esta combinación de estrategias orientado por el objetivo metodológico de la “completitud” (Knafl y Breitmayer, 1989), en tanto pretensión de alcanzar una comprensión más compleja y completa del fenómeno. De modo más específico, la articulación entre los datos cuantitativos y cualitativos se ha desarrollado desde dos orientaciones. Por un lado, la indagación cualitativa buscó captar elementos emergentes y definir parámetros para la formulación posterior de dimensiones específicas del instrumento estandarizado. Por otro lado, la vinculación cuantitativo-cualitativo buscó articular una dimensión estructural (de las condiciones de vida) con otra asociada a las prácticas (residenciales). Esta estrategia permite complejizar las miradas que abordan la relación de los sectores populares con sus viviendas y hacer foco exclusivamente en la precariedad de las “condiciones habitacionales”. Sin desconocer la incidencia de los contextos estructurales y materiales y buscando reponerlos de modo preciso, aquí se consideran a la vez los sentidos y acciones elaborados por las personas en la interacción con estas condiciones.

El barrio, un modelo de habitar popular

El barrio José Luis Cabezas se encuentra en el aglomerado urbano del Gran La Plata, ubicado en la intersección entre los municipios de La Plata, Berisso y Ensenada. El barrio fue poblado a mediados de la década de 1990, cuando un grupo de familias inició la toma de los terrenos, y desplegó un patrón residencial descripto como “autoconstrucción” (Aliano, 2024). Por ello se entiende una forma de habitar la ciudad mediante un proceso prolongado, por el cual los pobladores se instalan en predios sin infraestructura, constituyen allí sus viviendas, en principio precarias, y luego de varios años logran consolidarlas o terminarlas (Giglia, 2012).

Actualmente el barrio posee una población de alrededor de 700 personas, que conforman unos 200 hogares. Los pobladores identifican una “parte de adelante” del barrio y una “parte de atrás” o “fondo”. En la “parte de adelante”, las calles se encuentran a la vez cruzadas por estrechos pasillos, que separan construcciones de diferentes alturas y planos sobrepuestos, la mayoría de ellas alcanzan dos o tres plantas a las que se accede por escaleras exteriores. En este sector del barrio predominan construcciones en mampostería, es la zona más antigua y la más consolidada en términos constructivos.

La “parte de atrás” del barrio presenta una fisonomía algo diferente. Esta zona se prolonga, de manera lineal, como una estrecha franja de unos 400 metros de casas y casillas dispuestas sobre un lado de las vías del tren y a escasos metros de estas. En efecto, las viviendas se han erigido ocupando el margen que previamente separaba el recorrido de las vías del tren del resto del trazado urbano. Sobre el otro costado de las vías se halla un tapial que obstruye el paso hacia la calle paralela a las vías y que marca uno de los límites físicos del barrio. De modo que la salida o ingreso a esta zona debe hacerse, inevitablemente, por “adelante”, y la calle que conecta ambas partes se va angostando en la medida en que se extiende hacia el fondo, hasta el punto de impedir el tránsito de automóviles y limitar el ingreso solo a peatones y motos. La calidad constructiva de las viviendas que componen esta parte del barrio es sensiblemente inferior a las de adelante. Aquí predominan las casillas precarias, confeccionadas en una planta, con madera o chapa, siendo excepcional e incipiente el proceso de consolidación de algunas de estas viviendas con otros materiales más perdurables, como concreto y ladrillo.

Más allá de estos contrastes, el barrio en su conjunto, así como las casas que lo componen, presentan rasgos y problemas compartidos, en torno a la precariedad constructiva de las viviendas, la falta de planeamiento del proceso de urbanización, la anegabilidad de la zona cuando llueve intensamente, y la deficiencia en el acceso a servicios básicos. Los datos arrojados por el censo realizado en la comunidad (Ortale et al., 2018) permiten complementar esta descripción basada en la observación directa en el barrio. En relación con los “tipos de vivienda” identificables, el censo ha arrojado los siguientes datos: el 65 % de los hogares viven en “casa”; el 15,6 % en “casilla” y el 11,5 % en “departamento”. Asimismo, un 7,8 % de los hogares que componen el barrio residen en pensiones o inquilinatos.

Por otra parte, la información del censo hace posible obtener una caracterización precisa de la relación entre las viviendas y los hogares que residen y hacen uso de ellas. Los datos indican que tres de cada diez hogares censados tienen un único ambiente de la vivienda (excluyendo cocina y baño) de uso exclusivo por los miembros del hogar. Por otra parte, si analizamos la cantidad de personas que habitan los cuartos de la vivienda, encontramos que en el 23 % de los hogares habitan dos a tres personas por cuarto, y en el 8 % de los hogares estos se encuentran en situación de hacinamiento crítico (aquellos casos en los que habitan más de tres personas por cuarto). Si bien se observa una disminución de esta situación en relación con el censo previo en el cual esta situación representaba un 11,3 % de los hogares (Ortale et al., 2018) la cifra sigue siendo sensiblemente más elevada que la observada a nivel nacional (4,1 %, según datos de la EPH 2023). Para finalizar este cuadro, cabe presentar los datos arrojados por tres indicadores, relativos a la especialización funcional de la vivienda. El primero de ellos, asociado al uso de la vivienda como lugar de trabajo. Respecto a ello, encontramos que uno de cada cuatro hogares utiliza al menos un ambiente como lugar de trabajo. El segundo, relativo a la cocina como espacio de la casa: casi la totalidad de los hogares (98 %) contaba con un lugar exclusivo para cocinar (y, en la mayoría de los casos, ese espacio se encontraba dentro de la vivienda (92,7 %). En tercer lugar, a propósito del baño: el 87 % poseía baño dentro de la vivienda y el 11 % fuera de ella. Asimismo, en un 16,5 % de los hogares el uso del baño es compartido con otros hogares. En la comparación con la situación del barrio seis años atrás, por un lado, ha aumentado la proporción de hogares que utilizan la casa como lugar de trabajo y, por otro, han mejorado los indicadores relativos a la exclusividad de uso de baño y cocina por el hogar.

En su conjunto, estos indicadores muestran, en comparación con el propio barrio años atrás, un mejoramiento general de las condiciones de vida asociadas a la vivienda. Sin embargo, en la contrastación más amplia con los promedios nacionales, estos indicadores exhiben aún valores desfavorables, propios de entornos precarios y postergados, así como de condiciones habitacionales deficientes, que se alejan de lo que se ha caracterizado como “modos de habitar modernos” (Liernur, 2014; Pérez, 2012).

Pérez (2012) ha destacado que entre las dimensiones centrales de lo que se concibió como la difusión de estos modos de habitar hacia mediados del siglo XX, se encuentran aspectos tales como la especialización funcional de los ambientes de la casa, la inclusión de la cocina y el baño en la planta de la vivienda, y la separación clara entre los espacios de la intimidad y los del mundo exterior. Conforme estas definiciones, los modos de habitar identificados en el barrio parecerían no remitir a tal ideal, lo que ciertamente no implica caracterizarlos como pre-modernos. En efecto, Pérez se ocupa de destacar las relaciones complejas entre el “modelo de habitar moderno” prescriptivo y los usos y prácticas concretas en sectores medios, en el período 1940-1970. En nuestro caso, situaciones de hacinamiento, escasa segmentación funcional de los espacios, usos compartidos con otros hogares de ambientes como la cocina y el baño (en algunos casos ubicados fuera de la casa), lejos de ser una rémora del pasado, se encuentran presentes como realidades domésticas actuales y extendidas en el espacio local.

Partiendo de este modelo de habitar popular “realmente existente” que la indagación cuantitativa nos ha permitido mensurar y precisar, en las próximas secciones avanzaremos en el análisis de las prácticas residenciales que se elaboran en su seno. La exploración cualitativa permitirá avanzar sobre una caracterización de las prácticas emergentes de las “condiciones” presentadas. Reponer estas prácticas permite trascender tanto aquellos imaginarios que reducen el habitar popular a un mero reflejo de las condiciones habitacionales precarias, como aquellas miradas romantizadas respecto de las formas de convivencia en los barrios. En un caso, se reducen las prácticas residenciales a la carencia de hábitos modernos de habitar; en el otro, se proyectan como simple inversión positivizada del ideal moderno, en tanto celebración de un comunitarismo barrial idealizado. En este marco, cabe preguntarse, ¿cómo producen el ámbito de “lo doméstico” los habitantes del barrio? ¿Qué estrategias de gestión de la privacidad se modelan en estos ámbitos? En las próximas secciones abordaremos estas preguntas.

La casa y la producción de lo doméstico: entre lo público y lo privado

Las viviendas del barrio se distribuyen en el espacio local de una manera abigarrada, sobre tres calles zigzagueantes que se conectan formando una “H” irregular. En la parte “de adelante”, como señalábamos, predominan las construcciones en mampostería: construcciones de diferentes alturas, generalmente conectadas por escaleras exteriores y separadas por intrincados pasillos. Allí se concentran, además, los inquilinatos, piezas y departamentos de alquiler, que se edificaron en sucesivas etapas, como expansión o anexo de viviendas particulares.

El acceso a estos inquilinatos no suele ser independiente del de la casa del propietario de la vivienda original. En algunos casos hay que transitar el interior de esa vivienda para acceder a las piezas o departamentos, y estas piezas se encuentran luego de atravesar angostos pasillos hacia el fondo de la vivienda principal, tras subir escaleras hacia los pisos superiores o (lo más usual), luego de transitar una combinación de pasillos y escaleras intrincadamente sobrepuestos. Por estos motivos, la separación rígida de un dominio de lo “privado” que se corresponde con el “interior” de la vivienda, y lo “público” relativo al exterior, en estos ámbitos se flexibiliza. Algunos ambientes interiores o espacios de acceso suelen ser compartidos y de uso común por inquilinos y propietarios. La identificación visual de estos espacios de alquiler, desde la mirada de quien transita ocasionalmente las calles, no es sencilla: estos se funden y confunden en el conjunto de las viviendas, y existe cierta reticencia por parte de los propietarios a brindar información sobre esos espacios, establecidos al margen de cualquier regulación formal.

En esta zona también se concentran los mercados y emprendimientos comerciales del barrio (despensas, kioscos, verdulerías, un restaurante). Estos negocios también están, en mayor o menor medida, integrados a la casa del propietario. Prácticamente en ningún caso se conciben como “locales comerciales”, sino que constituyen una parte de la vivienda en algunos casos de modo eventual, en otros más permanente dispuesta para tal fin. Se trata, en esencia, de una habitación que se utiliza con fines comerciales y que, conectada internamente a la casa, a su vez se vincula con la calle mediante una puerta o simplemente una ventana (generalmente en el caso de los kioscos). También en esta parte se sitúan los principales comedores comunitarios del barrio, que funcionan en la casa de sus referentes. En todos estos casos, la separación entre lo público en contraste con lo privado también tiende a difuminarse, al existir zonas de la casa que conectan ambos dominios.

Mientras que en la parte de adelante predominan los tapiales de cemento para demarcar los límites entre vecinos, en “el fondo” del barrio las casillas (de madera o chapa) se emplazan en terrenos cuyos bordes no están nítidamente demarcados. En algunos casos el “terreno” donde se emplaza la casilla se circunscribe a partir de tejidos de alambre o tablas de madera; en otros casos la mayoría no existe delimitación alguna entre el terreno propio y el contiguo. En esos casos “lo propio” se circunscribe al espacio de la casilla, que no cuenta con un terreno que la trascienda: lo que circunda a la casilla es un espacio intersticial (Marcús et al., 2020) que constituye a la vez la “vereda”, la “calle” o el “patio”.

En este espacio tiene lugar una intensa sociabilidad entre vecinos. Como ha observado Arechaga (2015), la deficiente aislación y ventilación de las casillas (que hace que en verano el calor sea agobiante y en invierno el frio más intenso que en el exterior) torna frecuente que sus residentes eviten permanecer en el interior de la vivienda. En efecto, los niños pasan mucho tiempo jugando en estos ámbitos, circulando entre las casas de sus pares y los espacios exteriores.

Todos estos rasgos dan cuenta de un relajamiento de las distinciones público/privado como dos dominios excluyentes asociados a la distinción entre el interior y el exterior de las viviendas. En su lugar, priman los espacios intersticiales de las residencias que conectan prácticas del hogar con actividades (comerciales, lúdicas, de cuidado) que involucran a vecinos del entorno próximo. En el contexto de la pandemia de COVID-19 y las medidas de aislamiento social impuestas que implicaron un repliegue de los individuos hacia el espacio de sus casas se advirtió la importancia de estos espacios intersticiales en los entornos populares. En entrevistas realizadas en este contexto, el “patio” apareció como sitio central de la actividad física y lúdica de los hogares (Aliano et al., 2022). Este espacio fue aludido recurrentemente en buena parte de los relatos como lugar exterior en el que los/as niños/as pasaron un tiempo sustancial de la cuarentena, advirtiéndose una tendencia hacia la intensificación de su uso. Sin embargo, esta intensificación supone una importancia preexistente del patio como espacio de sociabilidad, ocio y esparcimiento de los hogares. En este sentido, el patio es un espacio intersticial en el mundo popular no solo porque conecta “exterior” con “interior” de la casa, sino también porque se constituye como un sitio de contacto entre hogares próximos, en una sociabilidad semipública con amigos, vecinos, primos. Así, una madre expresaba:

[mi hijo] juega con los chicos del barrio generalmente. También tiene un par de primos, y vecinos y demás, entonces generalmente juegan en la casa de uno o de otro […] Entrevistador/a: ¿De qué modo se contactan? O sea, ¿Salen a la calle a jugar?, ¿hay una plaza, algún terreno, algún lugar donde se juntan los chicos? Mirá, en el caso de los primos, viene la familia […] los hijos de mi hermano, por ejemplo. Y en el caso de los chicos, nos llevamos muy bien con la vecina de acá al lado, y entonces es simplemente cruzar la reja.

Como se observa en el relato, la “casa” (“de uno o de otro…”) constituye la base de prácticas cotidianas que reúnen y conectan a niños y adultos del entorno espacial próximo (miembros de la familia extensa y/o vecinos cercanos). Del mismo modo, asociado al carácter intersticial del patio situado en un entrelugar entre el interior y el exterior y entre lo público y lo privado, en torno a sus usos se advierten arreglos extrafamiliares de cuidado entre vecinos. Es frecuente, en tal caso, la organización entre vecinas o parientes para asignarse momentos de atención a las actividades de juego de los menores.

Estas observaciones, por otra parte, convergen con una serie de investigaciones que, enfocadas específicamente en las lógicas del cuidado infantil en las clases populares, identificaron similares arreglos colaborativos entre mujeres, sostenidos en redes de proximidad residencial (Faur, 2014; Pacífico, 2024; Santillán, 2014).2 Apuntando a estos arreglos espacializados, una de las entrevistadas comentaba que su casa tiene un patio compartido con su tía —que vive delante de ella— donde juegan los niños del entorno próximo. La entrevistada señala que entre vecinas/familiares se organizan alternativamente para el cuidado de los niños: “alguno se queda mirándolos y con ellos, sí. Nos vamos turnando”. En otro testimonio, en el marco del aislamiento social en contexto de pandemia, se le preguntaba a una vecina si sus hijos tenían contacto con amigos/as o familiares:

Sí, familiares sí, porque viven parientes acá adelante, pero nadie que no fuera ‘de la casa’ […]. Porque vivimos todos acá cerca... uno al lado del otro, así que con los primos sí. Entrevistador/a: Ah muy bien, y con esas personas es que pasaban tiempo jugando, además de la familia nuclear, digamos. Claro, sí, sí, con los primos.

La “casa”, en el testimonio de la entrevistada, no se corresponde necesariamente con el “hogar”, ni con la familia nuclear, ni con la vivienda como unidad funcional: constituye una entidad moral, que unifica y aglutina a los miembros de la familia extendida (hermanos y primos) y a las casillas contiguas en las que viven. Y la sociabilidad que se da entre estas personas tiene lugar, fundamentalmente, en esos espacios entre casillas de la “casa”. De modo que ser “de la casa” implica formar parte de esa entidad que unifica a miembros de ese grupo, que no necesariamente coincide con la familia “nuclear” ni con el “hogar” (y muchas veces tampoco, estrictamente, con la “familia extensa”, porque puede incluir a otros vecinos). En este sentido, como ha sugerido Marcelin (1999), la “casa” como categoría cultural nativa de identificación debe ser comprendida en el marco de una “configuración de casas”. Marcelin señala que la casa “sólo existe dentro del contexto de una red de unidades domésticas. Es pensada y vivida en interrelación con las otras casas que participan en su construcción, en el sentido simbólico y concreto. Es parte de una configuración” (1999, pp. 36-37).

En suma, las descripciones presentadas hasta aquí dan cuenta de la centralidad de los espacios intersticiales de las viviendas (patios, pasillos, ambientes de las residencias dispuestos para usos comerciales o comunitarios) en los usos cotidianos de los habitantes del barrio. Estos espacios suelen articular actividades comerciales, políticas, lúdicas, de cuidado que involucran tanto a los hogares como a vecinos y/o familiares del entorno próximo de casas o “configuración de casas”. En esta trama socio material se produce, como un orden continuado, lo doméstico.

Gestionar la intimidad

Las prácticas descriptas trascienden los dominios de lo público/exterior y lo privado/interior entendidos como espacios escindidos, excluyentes y claramente delimitados, y su caracterización, conduce, una y otra vez, a trascender estas categorías. Sin embargo, el hecho de que no existan nociones de privacidad e intimidad equiparables a la experiencia normativa del modelo “moderno” de habitar no significa que no existan en absoluto. En este sentido, como han destacado McCallum y Bustamante (2012), la casa popular puede volverse un potente dispositivo de integración mutua de esfuerzos de individuación y procesos relacionales. En esta clave, una de las cuestiones que atraviesa los relatos de las prácticas residenciales locales remite a las estrategias para, en determinadas situaciones, tramitar espacios propios, momentos íntimos o instancias de retiro, al margen de otras relaciones y situaciones cotidianas compartidas. Siguiendo a Zelizer (2009), cabe concebir estas distinciones, antes que como esferas separadas a priori, como estrategias producidas y sostenidas contextualmente y de manera continuada.

En estos casos, las búsquedas personales de intimidad también están presentes y las situaciones materiales que las sofocan no se naturalizan. Apuntando a estas cuestiones, una de las residentes de la parte de adelante, Nancy, relata su experiencia residencial cuando se mudó al barrio. Ella vivía con su esposo, en una casa compartida con su primo, situada en un terreno comprado por ambos. “Cuando yo llegué evoca Nancy le decía: ‘pero yo no puedo estar acá metida, el mete una, otra mujer, y yo tengo que estar escuchando sus quejidos, yo no estoy acostumbrada a eso: como sea harás una casilla de cuatro por cuatro y nos metemos ahí’”.

La descripción de Nancy manifiesta la presencia subjetiva en ella de un umbral de vergüenza y de ciertos sentimientos de pudor asociados a un autocontrol personal, que en esas condiciones residenciales eran vulnerados. En esta línea, Elías (2009) ha destacado en sus investigaciones históricas que el fortalecimiento del control y autocontrol del aparato psíquico se ha expresado, fundamentalmente, en el aumento del umbral de la vergüenza y del desagrado. La urgencia por construir algo “separado” remitía, para Nancy, a una estrategia por constituir y sostener una intimidad del hogar, a distancia de miembros de la familia ampliada.

Desde una sensibilidad similar, Graciela evoca algunas experiencias residenciales previas a la consolidación de su actual vivienda, en las que debió compartir el mismo espacio con otras personas en la casa de una amiga: “Mi amiga vivía con su hermano y su novio. El novio iba de noche a dormir y yo estaba ahí y no tenía donde dormir… ¡no me iba a ir con el hermano!” Entonces, recuerda Graciela, decidió dormir en un colectivo que había dentro del galpón de esa casa: “Lo limpié y me fui ahí. Pero a la noche sentía los ratones caminando y no podía dormir (…). Después de eso fuimos a comprar un colchón y lo pusimos en un rinconcito del galpón. Era julio, invierno, dormía en el suelo, sin ventana”.

El relato de Graciela recrea una escena en la que convergen sentimientos de pudor y de vulnerabilidad ante las condiciones precarias de vida. Ambos sentimientos interpelan su fuero íntimo y sus propias posibilidades de autocontrol personal. En otro caso, Mónica, una de las vecinas del “fondo”, recuerda su experiencia de transitar por una pensión, antes de poder construir su propia casa. Se trataba de una pequeña habitación que compartía con su sobrina y la hija: “tenía la cuna del bebe, una mesita al costado y nada más. Sacamos un colchón y bueno, a dormir. El día siguiente quiero ir al baño y no… había que hacer fila. Tuvimos que esperar hasta las diez de la mañana. Para hacer el desayuno lo mismo: compartido, todo compartido. Yo le digo: ¿cómo vas a vivir así?, ¿piensan vivir toda una vida así?”.

Compartir con otras personas ciertas experiencias y espacios cotidianos (el baño, la cocina, la habitación) es evocado negativamente en estos testimonios. Las situaciones de convivencia intensiva, en estos cuadros, no están exentas de situaciones de roce y derivaciones conflictivas. En este sentido, por ejemplo, otra vecina del “fondo” que vive en una pequeña casilla con su hija y dos nietos que son primos entre sí relata que la convivencia ha suscitado tensiones en el hogar, por lo que ella en algunos momentos prefiere salir de la casa e ir a ayudar a las vecinas en sus tareas, para evitar el contacto doméstico.

En suma, en estos relatos encontramos un rechazo a algunos de los efectos del hacinamiento, en términos de la búsqueda o gestión de momentos de intimidad personal. De modo que la intimidad, como sostiene Zelizer (2009), no es “una frágil esfera separada”: las relaciones de intimidad, observamos, “se ramifican a través de una enorme variedad de escenarios sociales y de actividades” (2009, p. 328), y en estos casos, forman parte de estrategias esforzadas por sostenerse y demarcarse.

Por otra parte, la presencia de condiciones habitacionales que restringen la utilización de los espacios para usos especializados tal como se refleja en los datos del censo tiene un impacto en las prácticas. En aquellos hogares en los que se utilizan espacios de la casa para trabajar o que deben compartir ambientes como la cocina o el baño con otros hogares, se advierten “negociaciones” de los espacios que dificultan o limitan la realización de ciertas actividades. Compartir el baño o la cocina con varias personas en la misma pensión, o intentar compatibilizar en el mismo ambiente el taller de costura, el espacio para que funcione el merendero, la cocina y las zonas de descanso —tal como le sucede a Nancy o a Mónica— implica establecer pautas de uso. En esta situación, por ejemplo, Nancy ha manifestado que no puede servir la merienda a los niños en su casa, ya que el lugar está ocupado por sus máquinas de costura, y por ello pidió a los niños del barrio que se lleven la vianda a sus hogares. Mónica, por su parte, ha procurado separar la sala en la que tiene lugar el merendero con trozos de tela que dividen la mesa donde asisten los niños, el rincón donde están las máquinas de coser, y un espacio que es de uso exclusivo de Mónica y parte “privada” de su casa.

En el caso de Graciela, ella ha intentado resolver de manera permanente estas tensiones derivadas de la necesidad de usos más especializados de los espacios. Como señalamos previamente, una vez que esta vecina consolidó su casa al transformar la casilla original, fue ampliándola hacia arriba y hacia atrás: incorporó varias habitaciones en dos plantas, que fue construyendo en forma circular en torno a un patio interno al cual todas se orientan. Sin embargo, “la parte de adelante” de la casa también fue sufriendo cambios y modificaciones con el correr del tiempo. Cuando la conocí, hacia el 2018, esa parte que conecta con la vereda y constituye la fachada de la vivienda estaba compuesta por dos volúmenes. Por un lado, un ambiente amplio y de forma rectangular separado de la vereda por un pequeño patio frontal que funcionaba como comedor y cocina familiar. Esa sala estaba decorada con fotografías de gran tamaño de cada uno de sus nietos y era un sitio manifiestamente privado de la casa, al cual se accedía cuando se había llegado a cierto grado de confianza con Graciela. Por otro lado, de manera contigua, pero sin acceso interno directo, la casa contaba con un pequeño taller de herrería que daba a la calle y usaba su marido.

Toda esa parte de la casa, en años recientes, ha sufrido permanentes modificaciones: la sala se ha reducido en tamaño y entre este ambiente y el taller se construyó una pequeña habitación a la cual se accede desde la sala. Esa habitación tiene una pequeña ventana hacia la vereda: allí funciona un kiosco, que atienden indistintamente Graciela o Víctor cuando son solicitados al tocar un timbre junto a la ventana. Del otro lado del kiosco, el taller se transformó en un salón de usos múltiples, de los cuales el principal es hacer funcionar el merendero semanalmente (pero también allí se realizan diversos eventos: fiestas del barrio, funerales, talleres de la iglesia, etc.). A este ambiente se le incorporó un gran portón corredizo y, recientemente, la instalación de una hornalla con una garrafa de gas, que permite cocinar en un rincón del lugar, y hace posible independizar este espacio de la cocina familiar. Este salón conecta, a través de una puerta, con el patio de la casa una zona semipública que a su vez se vincula por el contrafrente con la sala y las habitaciones y cuyo acceso está restringido a la familia y el círculo íntimo de colaboradoras de Graciela. De modo que esta transformación permitió a Graciela diferenciar tres espacios de su casa: aquel en el cual funciona el merendero o diversas actividades sociales del barrio; aquel en el cual desarrolla su actividad manifiestamente comercial; y aquel vinculado a la dinámica familiar e íntima. Entre ellos, el patio es un espacio intersticial y transicional, de circulación restringida a un círculo de personas de confianza.

Todo ese conjunto de prácticas (¿públicas? ¿privadas?) tiene lugar en la casa particular de Graciela. Las lógicas de funcionamiento y circulación de esta casa están ordenadas desde pautas que constituyen un desafío a las oposiciones dicotómicas (del tipo casa-privado/calle-público) en tanto marco para comprender lo doméstico. Graciela despliega cotidianamente, en un esfuerzo continuado, una serie de estrategias espacializadas de gestión de su intimidad. Su casa es eje de prácticas políticas, económicas, sociales, familiares, cuyo despliegue, si bien no está rígidamente dispuesto en términos de público/privado o exterior/interior, no es aleatorio. Los espacios para estas prácticas están organizados a partir de marcadores tanto físicos como simbólicos (el grado de “confianza” respecto a Graciela), que disponen quién tiene acceso a las distintas partes de la casa, cuándo y de qué manera.

Recientemente, en una etnografía sobre habitantes de una favela en Rio de Janeiro, Cortado describe sentidos nativos sobre la convivencia entre vecinos, que se traducen y se modelan en la producción material de las viviendas. A partir del concepto de “economía del mirar”, el autor muestra diversas estrategias para regular la exposición a la mirada ajena, que da cuenta de una sociabilidad local que se organiza más allá (o más acá) del marco público/privado. Con ello, Cortado (2020) discute la interpretación dicotómica de lo “público” y lo “privado” en Brasil, conforme aportes clásicos como el de Roberto Da Matta (2002). “La relación entre la casa y la calle en Brasil” señala Cortado “no se reduce a la oposición contrastiva de dos códigos ideológicos, ella es rica de entrelazamientos prácticos y simbólicos, sean ellos conflictivos o pautados para la ayuda mutua” (2020, p. 680).

De igual manera, los modos de habitar abordados aquí trascienden la oposición público/privado como marco para volver inteligible las prácticas situadas en la casa, y son ricos en “entrecruzamientos prácticos”, al decir de Cortado. Las condiciones materiales del barrio, los modos de construir y disponer las casas, la conformación de espacios intersticiales (que conectan o separan) las viviendas, promueven una sociabilidad local intensiva, en la que se entrelazan relaciones de cuidado, políticas y económicas entre vecinos/familiares. En esta trama, sin embargo, las personas y las familias se esfuerzan también por demarcar, gestionar y negociar “momentos” y lugares de privacidad e intimidad.

Reflexiones finales

Las estrategias para constituir a la casa como objeto de indagación social remiten, una y otra vez, al desafío de integrar analíticamente sus aspectos materiales y simbólicos. En el artículo procuramos examinar el habitar doméstico como un conjunto de prácticas desplegadas por las personas, en sus relaciones con la materialidad de la casa. En este sentido, las investigaciones clásicas de Norbert Elías (2009) han sido pioneras en mostrar empíricamente los vínculos entre el espacio de la casa y la configuración de disposiciones subjetivas. Elías advirtió la sociogénesis de los vínculos entre configuraciones espaciales de la casa (la posibilidad, por ejemplo, de contar con espacios privados personales), la emergencia de ideas de intimidad y sentimientos de pudor, y la conformación de un fuero interno del yo. Sus trabajos, en consecuencia, abrieron una senda para indagar empíricamente en las interrelaciones situadas entre espacios residenciales y pautas de comportamiento personal, que aquí se ha procurado recuperar.

Partiendo de una descripción contextuada en un barrio popular contemporáneo que fue abordado en tanto caso típico de una experiencia urbana más extendida se compusieron los rasgos de un modelo de habitar popular contemporáneo. Entre sus rasgos asociados a la configuración de los espacios, señalamos la escasa segmentación funcional de los ambientes, la existencia de usos compartidos con otros hogares de espacios como la cocina y el baño (en algunos casos ubicados fuera de la casa), la significativa presencia de situaciones de hacinamiento, y el recurrente entrelazamiento de actividades laborales y domésticas en las viviendas. Asimismo, en torno a los procesos constructivos, destacamos la utilización de materiales deficientes que no garantizan un aislamiento adecuado del entorno, en el marco de un urbanismo popular no planificado y desarrollado en la informalidad.

Correlativamente, se identificaron y analizaron prácticas y sentidos emergentes de este modelo de habitar: se describieron prácticas de producción de lo doméstico y estrategias de gestión de la intimidad en las interacciones cotidianas de una serie de habitantes del barrio. En este plano, se mostró que “lo doméstico” se produce y modela entre espacios intersticiales de las viviendas, que conectan actividades (comerciales, políticas, lúdicas, de cuidado) que frecuentemente involucran tanto a los hogares como a vecinos y/o parientes del entorno próximo. Asimismo, se mostró cómo esta trama coexiste con estrategias de producción y sostén de espacios y relaciones íntimas de las personas y las familias. Lo que definimos como “gestión de la intimidad” remite a un conjunto de estrategias para hacerse de espacios propios, a distancia de otras relaciones. En ocasiones, estas búsquedas implican un esfuerzo permanente de clasificación y categorización de relaciones que, con epicentro en la casa, trascienden oposiciones binarias (público/privado), y articulan actividades “económicas”, “políticas”, “sociales” y/o “domésticas”.

Reconocer estas prácticas, a través de las cuales una porción significativa de las clases populares habita contemporáneamente sus casas, no solo nos habla de las condiciones de vida en la precariedad y la escasez: también nos muestra las acciones por las cuales, cotidianamente, estas clases producen un orden doméstico estable y definen categorías de convivencia locales. De modo que el barrio no es ni la “comunidad” idealizada en la ayuda mutua, ni los individuos atomizados obsesionados por aislarse unos respecto de otros: la convivencia popular define su tono en las relaciones a veces colaborativas, a veces conflictivas, a veces deseadas, a veces inevitables entre hogares, vecinos y familiares próximos. En este entorno socio material, la intimidad no es algo desconocido, pero tampoco un a priori dado o una esfera a la cual “retirarse” en tanto condición garantizada: antes bien, suele ser una búsqueda ocasional, una estrategia, y un logro continuado.

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Se trata del proyecto “Desigualdad social, pobreza y etnicidad. Reflexiones teórico-metodológicas y aproximaciones empíricas en el Gran La Plata”, FaHCE-UNLP, dirigido por S. Ortale.

Esta literatura ha advertido sobre el riesgo de romantizar estas experiencias de cuidados comunitarios, destacando que la conformación de este tipo de arreglos informales constituye, en buena medida, una respuesta a la carencia de otros tipos de servicios de cuidado públicos en entornos populares.

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Quid16. Revista del Área de Estudios UrbanosISSN: 2250-4060.

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