Espacio Abierto
QUID 16. Revista del Área de Estudios Urbanos.
Núm. 23 (2025)
DOI: 10.62174/quid16.i23_a408
Los suburbios cariocas
Ambigüedades y disputas en los primeros años del siglo XX
a Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), Brasil.
El artículo parte de la percepción actual de que los suburbios de Río de Janeiro son una región marcada por la carencia y la precariedad para entender cómo se formó esta representación. Centrándose en los primeros años del siglo XX, a partir de testimonios de diferentes órganos de prensa, el texto busca desnaturalizar la asociación entre los suburbios cariocas y la pobreza, revelando los procesos que llevaron a la consolidación de esta idea. El objetivo es, a partir de este caso específico, sugerir caminos analíticos para reflexiones más amplias sobre los procesos de estratificación social del espacio en Río de Janeiro, destacando la importancia de las dimensiones materiales y simbólicas que permean este fenómeno.
Palabras claves: Brasil; Río de Janeiro; Suburbios; Reformas urbanas.This article starts with the current perception that the suburbs of Rio de Janeiro are a region marked by lack and precariousness to understand how this representation was formed. Focusing on the early years of the 20th century, based on testimonies from different press organizations, the text seeks to denaturalize the association between Rio’s suburbs and poverty, revealing the processes that led to the consolidation of this idea. Based on this specific case, this study aims to suggest analytical paths for broader reflections on the processes of social stratification of space in Rio de Janeiro, highlighting the importance of the material and symbolic dimensions that permeate this phenomenon.
Keywords: Brazil; Rio de Janeiro; Suburbs; Urban renovation.Recibido: 2024/1/11; Aceptado: 2024/8/1; Publicacdo en línea: 2025/4/15.
Introducción
Río de Janeiro es conocida como una ciudad de contrastes. Su fama se basa, en gran medida, en la alternancia de imágenes que enmarcan, por un lado, su belleza natural y, por otro, sus numerosas favelas. Esta polarización, aunque representativa de las muchas desigualdades que impregnan la vida cotidiana de los cariocas, no da cuenta de la gran complejidad social que la compone. Es en este sentido que este texto propone prestar atención a una parte de Río de Janeiro raramente representada: los suburbios.
No se trata de ofrecer una visión general de una región que, a pesar de que a menudo se la denomina como una unidad, está marcada por su gran heterogeneidad urbana, social y cultural. Se trata, más bien, de arrojar luz sobre un momento concreto del desarrollo de los llamados barrios suburbanos —los primeros años del siglo XX— para reflexionar sobre la construcción de la perspectiva homogeneizadora y, en gran medida, peyorativa con la que esta parte de la ciudad pasó a incorporarse a la cartografía simbólica que hoy organiza la vida urbana en Río de Janeiro.
En primer lugar, es necesario comprender el significado de la idea de suburbio en el caso de Río de Janeiro. Un primer dato importante es que, aunque no correspondan a un espacio geográficamente bien delimitado, los suburbios de Río de Janeiro se representan en referencia a un territorio relativamente consensuado que engloba un conjunto de barrios atravesados por las líneas del tren. Situados simbólicamente lejos del centro de la ciudad, estos barrios se asocian comúnmente a la pobreza, la subalternidad y las clases populares, movilizando diferentes repertorios en el sentido común: por un lado, un conjunto de representaciones negativas que los asocian a la privación y la mala calidad de vida; por otro, referencias positivas que los vinculan a la tradición de la samba, el carnaval callejero y patrones de sociabilidad menos marcados por la frialdad y la impersonalidad de las grandes metrópolis. Se trata, como afirman Guimarães y Davies, de “polaridades que se complementan, confirmando concepciones de 'modernidad' y 'tradición' que aparecen redificadas en el espacio social a partir de la distribución de diferentes bienes y servicios en el espacio físico” (Guimarães y Davies, 2018, p. 458). En este sentido, podemos decir que, incluso sin limitarse a una designación territorial, los suburbios de Río de Janeiro actúan como una categoría ordenadora de espacios, moralidades y repertorios socioculturales.
Aunque esta imagen de los suburbios cariocas está bien establecida en el sentido común, no ha recibido mucha atención por parte del mundo académico. Solo en la década de 1990 algunos investigadores empezaron a prestar atención a las especificidades materiales y simbólicas de esta región, así como a su importancia para comprender procesos más amplios, tanto temporales como espaciales, de estratificación social del espacio en Río de Janeiro. Antes, en la década de 1950, el trabajo pionero de la geógrafa Maria Therezinha de Segadas Soares se había centrado en el tema proponiendo una reflexión sobre los límites territoriales de la entonces capital del país. Según ella, los suburbios de Río de Janeiro adquirieron su forma actual en la década de 1930, cuando el presidente Getúlio Vargas emprendió una serie de proyectos de infraestructuras urbanas en la región, invirtiendo, por ejemplo, en la electrificación de los trenes y la construcción de urbanizaciones. Estas medidas hicieron que el suburbio pasase a ser denominado y representado a partir de la articulación de tres elementos básicos: “el tren como medio de transporte, el predominio de la población menos favorecida económicamente, así como la dependencia y las relaciones estrechas y frecuentes con el Centro de la ciudad” (Soares, 1990, p. 491). A ello se añadía, según la autora, la idea de que los suburbios carecían de “cierto aspecto de orden y limpieza”, consecuencia de la falta de servicios básicos como agua, alumbrado o pavimentación en los barrios que los componían.
La definición deja clara la distancia entre el concepto carioca de suburbio y la acepción clásica del término, que se refiere al proceso de urbanización de las grandes ciudades europeas y, sobre todo, norteamericanas. En el caso de Estados Unidos, a partir de la década de 1930, se popularizó la asociación entre suburbio y zona residencial para familias más acomodadas que abandonaban la región central en busca de mayor tranquilidad. En el modelo del estudio clásico propuesto en 1925 por Ernest Burgess, sociólogo de la llamada Escuela de Chicago, los suburbios se presentan como el resultado natural del crecimiento centrífugo de las ciudades, que llevó a las clases medias y altas a ocupar los márgenes de los grandes centros urbanos. Años más tarde, en 1961, Lewis Mumford observó el crecimiento de los suburbios como modelo de vivienda de las clases medias estadounidenses en la posguerra, describiéndolos a partir de la asociación entre una forma espacial determinada y un estilo de vida:
Una multitud de casas uniformes, indefinibles, unidas de manera inflexible, a distancias equidistante, en carreteras uniformes, en un desierto comunal sin árboles, habitadas por personas de la misma clase, los mismos ingresos, el mismo grupo de edad, que presencian los mismos espectáculos televisivos, que comen los mismos alimentos prefabricados insípidos (Mumford, 1961, p. 421).
Los suburbios norteamericanos se configuraron como áreas residenciales marcadas por la dependencia del automóvil y el predominio de comunidades residenciales de baja densidad, marcadas por la seguridad y la relativa proximidad a los grandes centros urbanos. En este formato, los suburbios norteamericanos se consolidaron, como bien subraya Mumford, como comunidades casi exclusivamente blancas y socialmente homogéneas, que se reproducían sobre la base del principio de exclusividad. En 1938, en el marco de la Escuela de Chicago, el sociólogo Louis Wirth definió la gran ciudad como “un núcleo relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos” (Wirth, 1938, p. 96). Teniendo en cuenta estas características, los suburbios norteamericanos surgieron como una negación de la ciudad, mientras que su proximidad a esta fue un elemento importante de su éxito.
En el caso de Río de Janeiro, los suburbios se configuraron no como negación, sino como el opuesto de la ciudad, en una relación marcada por la carencia. En un proceso que se inició a finales del siglo XIX y se consolidó en la década de 1950, con el avance de la industrialización en Río de Janeiro (Fernandes, 2011), los suburbios empezaron a adquirir significados y significantes que los transformaron en los adversarios simbólicos preferidos de las zonas más ricas de la ciudad. Como resultado, la región suburbana comenzó a ser vista como un territorio socialmente indiferenciado, marcado por la privación y la exclusión. Sin embargo, como intento mostrar a lo largo de este texto, una visita a los relatos de los testigos del inicio de este proceso nos permite alejarnos de una visión teleológica que, conformada en la actualidad, toma la asociación entre suburbio y precariedad como una inevitabilidad histórica.
Así lo revela, por ejemplo, un texto publicado por el conocido literato Olavo Bilac,1 en mayo de 1908, en la crónica dominical de la Gazeta de Notícias. En él, el autor llamaba la atención de los lectores sobre lo que definía como una novedad de la época, la reciente vitalidad de la vida suburbana. “Ahora es necesario contar los suburbios en la vida de Río de Janeiro”, explicaba, llamando la atención sobre el hecho de que “la ciudad ya no termina en S. Cristóvão”:2
Hasta hace poco, cuando se decía de un hombre: “vive en los suburbios”, era como decir: “vive en Acre”.3 Para los habitantes de las ciudades, los suburbios eran una región inhóspita y salvaje, un lugar de destierro y castigo. Cuando se hablaba de una familia antaño adinerada que de repente caía en la pobreza, siempre aparecía esta frase: “¿Los fulanos? Ahora viven en los suburbios”, lo que equivalía a decir: “¡Están muertos! ¡Están enterrados! ¡Dios te hable en el alma!”. Pero los suburbios se han cansado de esta fama desmoralizadora y se han dado la oportunidad de brillar, y casi tienen a Botafogo y Laranjeiras en un par de zapatillas. Ya tienen teatros, clubes, bibliotecas, salas de baile, parques, corsos, batallas de flores, medias cuaresmas, concursos de belleza, periódicos, prismáticos y todo el complicado y vistoso aparato de una existencia “smart” (Olavo Bilac, Gazeta de Notícias, 16 de mayo de 1908, p. 12).
Aunque permeada por varias capas de prejuicios —sociales, territoriales y regionales—, la sorpresa de Bilac surgió, como atestigua su declaración, al reconocer la bulliciosa vida social de los suburbios en aquella época. De hecho, en los primeros años del siglo XX, Río de Janeiro vio proliferar, en los barrios de la periferia, diversas instituciones que solían marcar la distinción y la elegancia de la zona central. Fue el caso, en particular, de los clubes de baile, deportes, carnaval y teatro que comenzaron a aparecer en gran número en aquellas zonas alejadas del centro.4 Al reproducir en sus barrios las opciones de ocio y sociabilidad que caracterizaban a la zona central, los residentes de los suburbios constituían una civilización que Bilac consideraba “casi” tan valiosa como la de los barrios habitados por las clases más acomodadas de la ciudad. En su opinión, se trataba de un intento de copiar en sus lugares de residencia la distinción asociada al lejano centro de la ciudad.
Desde su punto de vista, el valor de la novedad estaría precisamente en la semejanza: al reflejar, aunque fuera de forma precaria, instituciones que eran los principales hitos de la modernidad en la región central, los suburbanitas entraban en el mapa de la civilización. Pero los comentarios de Bilac insinúan cuestiones que van mucho más allá del diagnóstico de las opciones de ocio en los barrios suburbanos. El desdén y el entusiasmo del autor, así como la transición de uno a otro, son pistas preciosas sobre el proceso de construcción material y simbólica de esa región de la ciudad. Para comprender el proceso de afirmación de las categorías y experiencias que surgían en la época para los suburbios cariocas, presentadas en sus contradicciones por la crónica de Bilac, es necesario volver al movimiento dentro del cual adquirió sentido. Por lo tanto, es preciso revisitar la historia de la construcción de los suburbios cariocas como territorio, pero sobre todo como categoría de experimentación urbana, para recuperar algunas de las disputas que han conformado el repertorio de representaciones sobre esa región a lo largo de los años.
Para ello, analizaré diferentes materiales de prensa de la época para discutir cómo las llamadas regiones suburbanas se presentaban —y eran presentadas— ante las múltiples posibilidades que planteaba la acelerada expansión urbana de Río de Janeiro en los primeros años del siglo XX. Más que una opción metodológica, esta estrategia se basa en el supuesto defendido por Adrián Gorelik (2011, p. 138) de que “las ciudades y sus representaciones se producen mutuamente”. En este sentido, analizar las diversas formas de representación de los suburbios vehiculadas por publicaciones periódicas de distinto perfil y alcance implica, como sostiene Graça Índias Cordeiro (2003, p. 185), “reconocer el carácter estructurante que los discursos, imágenes y representaciones públicas, tanto cíclicas como cotidianas, desempeñan en la organización y transmisión del conocimiento” sobre la ciudad, y “aceptar su papel activo en la experiencia que tenemos de ella”. Por lo tanto, es importante ir más allá del discurso de una separación evidente y consolidada entre los suburbios y las demás regiones de la ciudad, para vislumbrar los múltiples caminos que la han conformado y, no menos importante, que la han desafiado.
En los caminos de los suburbios
El desarrollo de los barrios suburbanos siguió la historia del Ferrocarril D. Pedro II, actual Central do Brasil. Inaugurado en 1858, el ferrocarril se desarrolló en las décadas siguientes hacia las zonas rurales más importantes de Brasil, especialmente las del Vale do Paraíba, productor de café, que se beneficiaría de la novedad para transportar su producción (Paula Pessoa, 1902, p. 32). Por esta razón, las paradas del ferrocarril estuvieron marcadas inicialmente por los ritmos y características de la vida rural.
Aunque en un primer momento el impacto del ferrocarril no modificó el aspecto rural de las regiones suburbanas, a partir de principios de la década de 1870, cuando el transporte de pasajeros comenzó a unir las parroquias rurales con el centro de la ciudad (Lins, 2010, p. 150), se produjo una creciente densificación urbana de una vasta región que iba desde el centro de la ciudad hasta Cascadura, lo que convirtió al ferrocarril en un importante hito en el incipiente proceso de urbanización de la ciudad. La llegada del ferrocarril y la construcción de estaciones en el último cuarto del siglo XIX marcaron el inicio de un proceso de “ocupación típicamente urbana” (Santos, 1996, p. 17) de aquel paisaje mayoritariamente rural, en un movimiento auspiciado por terratenientes que adjudicaron sus terrenos, lo que permitió abrir calles y atraer nuevos residentes (Abreu, 1987, p. 15).
Por “nuevos residentes” se entendían tanto los miembros de las clases trabajadoras como los de las clases medias urbanas que seguían las vías del tren en busca de vivienda, dejando definitivamente atrás los tiempos en que aquellos suburbios poblaban el imaginario urbano de los cariocas como referencia directa al mundo rural. Eran funcionarios, trabajadores especializados, militares, profesionales liberales y pequeños comerciantes, expulsados de la región central por no poder afrontar el coste de la vivienda en los barrios nobles y que no veían opciones habitacionales aceptables en los asentamientos precarios y favelas que allí crecían (Mendonça, 2014, p. 28). Dispuestos a mantener los símbolos de distinción que los diferenciaban de las llamadas “clases peligrosas” (Chalhoub, 1996), prefirieron alejarse de la tumultuosa vida del centro para disfrutar de mejores condiciones de vida en la calma de los suburbios.
En consecuencia, si en 1823 eran comunes anuncios como el publicado en el Diário do Rio de Janeiro (5 de marzo de 1823, p. 47), en el que se buscaba “una granja en los suburbios de esta ciudad, con una buena casa para vivir, abrevadero, agua potable y pasto para cuatro animales diarios”, ya no era así a finales del siglo XIX, cuando los periódicos revelaron una realidad muy diferente. Otrora asociado al carácter bucólico de la vida rural, el término “suburbio” pasó a utilizarse como sinónimo de zonas urbanas alejadas del centro, ya que un anuncio de 1892 mostraba la búsqueda de una “casa en un suburbio (...) para una familia pequeña, de Engenho Novo a Cascadura” que estuviera “a cinco o diez minutos del tren o del tranvía” (Jornal do Commercio, 26 de noviembre de 1892, p. 69).
En una crónica de 1920, cuando este proceso ya parecía consolidado, el periodista y escritor Lima Barreto, que vivía en los suburbios (en el barrio de Todos os Santos), daba testimonio de su significado:
Nuestros barrios y suburbios son una desolación. Las casas de los ricos tienen, en el mejor de los casos, un jardín liliputiense de dos centímetros y medio; las de los pobres, nada de nada. Antiguamente, por las vistas que aún se pueden contemplar, parece que no era así. A los ricos les gustaba poseer vastas fincas, pobladas de naranjos, magníficos mangos, de panapén, esa extraña fruta del pan que no he visto y que no sé cuántos años hace que no como asada y untada con mantequilla. ¿Dónde están los jazmines de las vallas? ¿Dónde están esas largas fajas que se convierten en algodón nevado en pleno verano? Los suburbios y las afueras de Río están tan llenos de estas bellas cosas rurales como de recuerdos (Barreto, 2004).
La crónica refuerza una lectura de los barrios suburbanos inscrita en el tiempo, en la que el pasado aparece como un recuerdo remoto de la pujanza de la región. Más que de la decadencia, el pasaje alude a un supuesto pasado de perfil rural y aristocrático, en el que los suburbios surgieron como referencia de un régimen urbano caracterizado por el bucolismo.
La impresión de Lima Barreto hace justicia al proceso experimentado por los barrios suburbanos en décadas anteriores. La población de esa región aumentó intensamente a partir de la década de 1890, siguiendo el movimiento centrífugo del diseño de la capital, cada vez más reducida al perímetro del centro y sus alrededores. Basta decir que entre 1890 y 1906, el área suburbana de la ciudad creció un 100 % (especialmente el distrito de Inhaúma, que creció un impresionante 293 % en el período, recibiendo 51.000 nuevos residentes), mientras que el área urbana creció un 46 %. Distritos centrales como Candelária y Sacramento, cuyos territorios sufrieron el proceso de renovación urbana, sufrieron disminuciones de población del 54 % y el 20 %, respectivamente (Miyasaka, 2011, pp. 44-46). No menos significativo fue el aumento del número de horarios de trenes que prestaban servicio a los suburbios del Centro, que, en el mismo período, pasaron de 60 a 133, llegando a 202 en 1910.5
Durante muchos años, estas cifras se consideraron únicamente una prueba de que el área suburbana creció como parte del proceso de reforma de la región central en los primeros años del siglo XX, lo que habría provocado un importante desplazamiento de trabajadores de bajos ingresos de los distritos centrales a otras partes de la ciudad.6 Si bien esto es cierto, testimonios como los de Olavo Bilac y Lima Barreto muestran que se trató de un proceso más diverso. Protagonizada no solo por trabajadores de bajos ingresos, sino también por sectores de ingresos medios con aspiraciones aristocráticas, la ocupación de los barrios suburbanos reflejó la búsqueda de vivienda y, en igual medida, la satisfacción de los deseos de una vida bucólica y elegante, predicados que la región central ya no parecía poder ofrecer a sus habitantes.
No por casualidad, durante el mismo período, suburbios de playa como Leme y Copacabana empezaron a ser progresivamente ocupados por familias de renta más alta, que veían en el vacío de aquella región la solución a los muchos problemas urbanos que aquejaban a los barrios centrales. En la búsqueda de nuevos parámetros de urbanidad que garantizaran los beneficios de la vida moderna sin los perjuicios del crecimiento desordenado, diferentes sectores de la élite construyeron un nuevo repertorio para los ideales de civilización en primera línea de mar. Los baños de mar, el aire marino y las actividades físicas al aire libre entraron en el diccionario de una élite que, decidida a distinguirse de la vieja aristocracia carioca, hizo del escenario playero la base de un nuevo modelo de modernidad (O’Donnell, 2013). Aunque la historia ha demostrado la fuerza de este proyecto, al transformar la zona sur atlántica en la región más valorada de Río de Janeiro y del país, en aquella época la ciudad era aún un campo abierto a la experimentación. Entre la playa y los suburbios, la búsqueda de lo bucólico dio forma a diferentes formas de experimentación con el espacio urbano carioca.
“Nuestros bosques tienen más vida, nuestra vida más amor”
El rápido aumento de la población de los barrios periféricos desde los últimos años del siglo XIX dio lugar a un heterogéneo grupo de publicaciones periódicas locales, dirigidas a públicos y objetivos diferentes. Por un lado, existían páginas destinadas a la defensa de los intereses locales,7 dedicadas a redactar y publicar quejas contra la precariedad de los servicios prestados por la Administración en la región. Por otro lado, también había publicaciones periódicas centradas en la literatura y las bellas artes que, replicando un modelo ya bien conocido en los distritos centrales, pretendían dialogar con la élite local, mostrando que sus gustos y hábitos no diferían en absoluto del modelo de civilización practicado en las zonas más acomodadas de la ciudad.8
Detrás de esta variedad, sin embargo, había un aspecto común: la exaltación del bucolismo como sabor local, que guio la producción de estas pequeñas páginas entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. Mientras que el centro de la ciudad y sus barrios circundantes eran ricos en comercios, teatros, transportes y restaurantes, los barrios de las afueras podían presumir de una urbanización que aún no les había arrebatado la tranquilidad del mundo rural. Es en este sentido que, en 1902, el colaborador de O Progresso Suburbano celebraba el crecimiento comercial de la región, señalando que allí, al contrario que en el centro, las diversas “casas comerciales” existían en comunión, “dándose mutuamente la mano” y “ayudándose comúnmente”. Libre del espíritu competitivo de los grandes centros urbanos, “donde uno no descansa hasta que el competidor cae, vencido por la deslealtad y la calumnia”, el comercio suburbano tendría, para él, “un amplio perímetro para expandir sus negocios, sin fricciones, sin guerrillas” (Progresso Suburbano, 2 de diciembre de 1902, p. 2).
Pocos meses más tarde, el mismo periódico reafirmaría las cualidades de la vida en los suburbios, alabando la apacible vida cotidiana de esos barrios y contrastándola una vez más con las penurias de la vida en las grandes ciudades:
Así es la vida en la ciudad: molestias, empujones, robos y disgustos, en los teatros, en otros lugares de diversión, no hablaremos de ellos, porque son tantos los inconvenientes que nuestro artículo no puede enumerarlos. La vida en los suburbios es más tranquila, más apacible y quizá más amorosa, poética y duradera; tanto que aplicaré a los suburbios lo que dijo nuestro gran poeta: “Nuestros bosques tienen más vida, Nuestra vida más amor”. (Progresso suburbano, 16 de diciembre de 1902, p. 1)
Estableciendo un claro antagonismo entre “la vida en la ciudad” y “la vida en los suburbios”, el extracto pone de relieve los parámetros sobre los que muchos periódicos locales trataron de construir una imagen positiva de la región a los ojos de sus residentes y, sobre todo, del resto de la ciudad. Bajo el lema de la tranquilidad, se esbozaba un repertorio común para los numerosos barrios de la zona suburbana, creando un efecto de unidad a pesar de sus diferencias. Los editores de estos periódicos eran, en este sentido, agentes de un proceso de producción de localidad, entendida aquí en los términos definidos por Arjun Appadurai (1996), para quien la “localidad” debe entenderse como un aspecto fenomenológico de la vida social, constituido por prácticas materiales y una estructura de sentimiento que da sentido a prácticas sociales situadas y cotidianas.
Pero no fue solo a través de los textos de colaboradores comprometidos que los barrios suburbanos empezaron a tomar forma en el imaginario urbano carioca. También en los grandes periódicos, los clasificados mostraban un número creciente de anuncios de propiedades situadas en las márgenes de la línea férrea, cuyo contenido destacaba las cualidades por las que aquella zona pretendía establecerse en medio del incipiente repertorio urbano de la capital. En 1897, por ejemplo, el Jornal do Commercio (17 de julio de 1897, p. 32) publicó un pequeño anuncio para la venta de “dos buenos chalets, sólidamente construidos, con magníficos terrenos arbolados y un tranvía a la puerta, en la carretera de Méier”. En pocas palabras, la forma en que se anunciaba la propiedad condensaba gran parte de la imagen que los periodistas suburbanos, ya fuesen de la élite o de las clases trabajadoras, trataban de construir para la región: un lugar bucólico y elegante sin tener que renunciar a las ventajas de la vida urbana.
A pesar de los esfuerzos de los editores de periódicos locales por establecer una imagen positivamente peculiar de la región, la producción de representaciones sobre los barrios suburbanos no estaba solo en sus manos. No faltaron textos, sobre todo en los periódicos de gran tirada, que enfatizaban la precariedad de las calles y edificios de la zona, mostrando que los suburbios no eran solo un área en expansión de contornos poco claros, sino también una categoría urbana en proceso de disputa. Así lo revela, por ejemplo, el informe del ingeniero Morales de los Ríos en 1901, en la Revista do Club de Engenharia:
Id al importantísimo centro de Méier, ved esas acequias de aguas fecales serpenteando en medio de las granjas y huertas, bajo los suelos de madera que se deshacen de podredumbre, bajo el doble impulso de la acción de los gases corrosivos y pestilentes y de los contactos húmedos y cálidos de esos vergonzosos desagües (...); vayan a Cascadura y a Madureira y contemplen las aguas estancadas que duermen paralelas a nuestro gigante ferroviario, ese representante de nuestros progresos en otras ramas de la ingeniería; obsérvenlas seguir el curso de las vías, esas acequias inmundas en las que el verdulero ambulante se lava las manos mientras distribuye alimentos a la parroquia. (Revista do Club de Engenharia, abril de 1901, p. 21)
El texto muestra el punto de vista de un foráneo de la zona suburbana, para quien los vestigios de la vida rural no recuerdan en absoluto a la vida bucólica. Para Morales de los Ríos, las mismas vías férreas que en el anuncio servían para revalorizar las propiedades locales son vistas como vectores de una falta de urbanidad, creando territorios vacíos de los mínimos índices de civilización. Más que un enfrentamiento sobre las condiciones objetivas de vida en los barrios suburbanos, los cariocas asistían a una discusión difusa sobre la urbanidad deseada, en un momento en que la ciudad y la civilización eran todavía, en muchos sentidos, proyectos en disputa.
“¿Puedes estar a mi altura?”
La llegada de Pereira Passos a la prefectura de Río de Janeiro, el 30 de diciembre de 1902, dio un nuevo impulso a los numerosos escritores empeñados en discutir el rumbo de la capital. Con el lema de “mejoras”, el nuevo alcalde prometió, desde el momento de su toma de posesión, una serie de intervenciones urbanas en la ciudad, siempre guiadas por los principios de “higiene” y “elegancia” (Gazeta de Notícias, 4 de febrero de 1903, p. 2), y movilizó a su favor el entusiasmo de gran parte de la élite letrada local. Anunciando obras de saneamiento, el arrasamiento de colinas y la apertura de grandes avenidas, el nuevo plan de embellecimiento de la capital incluía también la reforma de las costumbres de la población. Ya en los primeros días de su mandato, Pereira Passos anunció medidas para el control estricto de la higiene doméstica y prohibió el uso de las vías del tranvía por carretillas, la circulación de vacas por las calles y el hábito de “escupir y expectorar en los vehículos de transporte de pasajeros” (Prefeitura do Rio de Janeiro, Boletim I.M., pp. 22-24). Entre decretos y desorden, la población experimentó, de forma desigual, los efectos del nuevo régimen urbano que veía surgir día tras día.
Las medidas del nuevo prefecto crearon un animado campo de debate en la prensa carioca, en el que crónicas, viñetas y reportajes ponían de manifiesto la pluralidad de opiniones sobre las reformas. No por casualidad, durante los años de las reformas, los barrios de la periferia vieron surgir nuevos periódicos centrados en los intereses locales. Al fin y al cabo, a medida que avanzaban las obras, se hacía cada vez más evidente que Pereira Passos invertía en el centro de la ciudad y en los barrios que seguían el paseo marítimo hacia el sur, dejando de lado toda la zona suburbana. Ante esto, muchos redactores de los periódicos de la periferia adoptaron la comparación con las otras regiones de la ciudad como estrategia de lucha. Si, años antes, el centro servía como ejemplo de caos y malestar, ahora aparecía como la materialización de las injusticias practicadas por el nuevo alcalde. Esto es lo que hizo el colaborador del periódico O Subúrbio en 1907:
El centro de la ciudad se ha civilizado. Al menos ya no es el caos que era hace solo media docena de años. Ya es hora de ocuparse un poco también de los pobres suburbios (...) ¿Quién puede negar el florecimiento de estas zonas, que están aquí como esclavas a los pies de la ciudad, besándolos; estas zonas que también han contribuido en gran medida a que la capital pueda erigir con orgullo su fachada de palacios (...). Como si los suburbios no pertenecieran a la capital: ¡y como si no fueran una prolongación de ella! No hay nadie que pueda sostener lo contrario: el progreso de la ciudad puede no traer, ¡CÓMO NO LO HA TRAÍDO NI LO TRAERÁ NUNCA! el progreso de los suburbios, si se les deja pudrirse como ovejas moribundas, esperando que la capital les eche una limosna, por Dios. (...) Pero no se puede negar que, si cada suburbio se convierte en un centro de vida, (...) esta prosperidad se reflejará inevitablemente en la metrópoli, dándole un impulso aún mayor. (O Subúrbio, 10 de agosto de 1907, p. 2)
El texto explica la relación ambigua y desigual entre los suburbios y el resto de la capital. Al tiempo que reconoce los suburbios como un lugar donde vivía la clase trabajadora, el autor hace hincapié en su descontento con una perspectiva escindida de la ciudad, en la que los barrios periféricos ocupaban no solo una posición de sumisión, sino también de no pertenencia al perímetro y el prestigio de la ciudad. Al argumentar que el lujo de la capital, ahora remodelada y embellecida, también estaba auspiciado por el esfuerzo de los residentes locales, y que el progreso en ese ámbito contribuiría a impulsar la “metrópoli”, el cronista no solo exigía mejores condiciones para los suburbios, sino también el reconocimiento de su propia existencia como parte constitutiva de la ciudad. La misma insatisfacción aparece en innumerables textos de la prensa local en los años siguientes a las reformas de Pereira Passos, lo que demuestra que esta impresión se extendió a los distintos barrios del extrarradio.
No pasó mucho tiempo antes de que la gran prensa empezara también a hacerse eco del tema del abandono de los suburbios, expresando, de maneras singulares, la tensión entre la afirmación del orgullo suburbano y el reconocimiento de las carencias de la región. Uno de los signos más significativos de este movimiento es el creciente número de artículos sobre la región en las revistas ilustradas de la época. Publicitando los eventos de los clubes recreativos, cubriendo las fiestas de Momo y denunciando con humor los males del suburbio, estas revistas desempeñaron un papel importante en la inserción de los barrios suburbanos en el nuevo mapa simbólico de la capital, construyendo un conjunto de representaciones sobre la región que no siempre coincidían con sus lectores. Era común la publicación de fotos y artículos que buscaban mostrar la proximidad de las élites suburbanas con la estética de las zonas más elegantes de la ciudad. En una breve nota publicada en 1909, por ejemplo, se afirmaba que los suburbios se estaban volviendo elegantes, y que la moda suburbana era una de las “más distintivas”; al fin y al cabo, había “chicas que ya llevan sombrero y chicos que se ponen sombreros de copa con la misma elegancia con la que se pondrían cualquier otro sombrero” (O Malho, 21 de agosto de 1909, p. 14). Por otra parte, no eran infrecuentes las alusiones al supuesto atraso de los suburbios en relación con las normas civilizadoras dictadas por las reformas de Pereira Passos, especialmente en lo que se refiere a la gran presencia de animales en las calles de los suburbios y a la falta de saneamiento básico.
La siguiente viñeta, publicada en la revista O Malho en 1908, condensa muchos de los significados de la disputa simbólica dentro de la cual los suburbios tomaron forma en el repertorio de la capital reformada:
La Figura 1 muestra a la Zona Suburbana, a pie, siendo retada por la elegante Zona Urbana, que, desde lo alto de su coche, gritaba: “¡Ni sueñes, chica! ¿Tú crees que puedes igualarte a mí? Mira la figura ridícula que estás haciendo por aquí...”. Sugiriendo que la presencia de la interlocutora no encajaba en el elegante escenario de la Avenida Beira-Mar (uno de los mayores símbolos de las reformas de Pereira Passos, que materializaron la orientación de las inversiones públicas para el sur de la ciudad), la Zona Urbana asume una visión naturalmente polarizada de la capital, en la que la supuesta inferioridad de los suburbios sería un hecho incuestionable. La Zona Suburbana, por su parte, alude a las alabanzas realizadas por Olavo Bilac para defender sus encantos, y contraataca argumentando que sus problemas se deben únicamente a la falta de inversión por parte de los “idiotas” encargados de gestionar la ciudad. 9 Para ella, lejos de ser natural, la división de la ciudad fue consecuencia directa de las decisiones políticas tomadas durante el período de reformas.
Ya sea valorando nuevas formas de vestir, elogiando determinadas prácticas de ocio o criticando ciertas formas de utilizar el espacio urbano, estos testimonios revelan que las transformaciones emprendidas durante el gobierno de Pereira Passos desempeñaron un papel importante en la (re)definición de normas de higiene, seguridad y comportamiento, creando nuevos parámetros de urbanidad para los habitantes de la capital. No en vano, una de las obras más audaces del nuevo alcalde fue la construcción de la Avenida Atlántica (inaugurada en 1906), bordeando una Copacabana todavía casi desierta. Más que responder a una demanda vial, esta iniciativa respondía al deseo de expandir la ciudad hacia aquella región y, con ello, fomentar nuevas formas de uso y representación del espacio urbano. Así, mientras unos años antes los vestigios de vida rural en los suburbios eran valorados bajo el signo del bucolismo, el modelo de civilización que había pasado a regir el ordenamiento de la ciudad ya no parecía aceptar la presencia de animales, ciertos olores y, no menos importante, la ausencia de un cierto estándar de elegancia.
Pero no solo las revistas ilustradas parecían prestar atención a los suburbios. La región también fue ganando visibilidad en los principales periódicos matutinos de la capital que, en los últimos años de la década de 1900, empezaron a informar con mucha frecuencia sobre los problemas que sufrían sus residentes. En 1910, Gazeta Suburbana llamó la atención sobre este hecho, celebrando que varios periódicos de la capital hubieran incluido en los últimos años una columna fija dedicada a los barrios de la periferia:
Con el aumento progresivo de la población del Distrito Federal, con el gran desarrollo de nuestro comercio, los suburbios, antes abandonados y despreciados, se han vuelto últimamente buscados y conocidos. Todo ha aumentado en los suburbios: la población, el comercio, la industria. Tan grande es el desarrollo actual de los suburbios que casi todos los diarios han considerado necesario añadir un suplemento a las noticias generales dedicado exclusivamente a los suburbios. (Gazeta Suburbana, 8 de septiembre de 1910, p. 3)
No pocas publicaciones periódicas de gran tirada empezaron a tener columnas regulares dedicadas a los barrios suburbanos.10 Sin embargo, estas columnas se centraban en los problemas crónicos de higiene, policía, transporte y escasez de agua que asolaban la vida cotidiana de los residentes de los suburbios. Con un tono de denuncia, las publicaciones periódicas trataban de sensibilizar a la población sobre los males de aquellas zonas, y contribuían en gran medida a su progresiva asociación con la precariedad y el abandono.
Cabe señalar también que, tanto en los periódicos locales como en los de gran tirada, el suburbio se presentaba como una unidad inequívoca, a pesar de la gran diversidad de los barrios que lo componían. En sus desventuras o en sus fortalezas, “el suburbio” dejó de referirse a un perímetro territorial para convertirse gradualmente en una categoría de la vida urbana carioca. De este modo, pensar en la progresiva construcción identitaria del suburbio exige recordar que, como sugiere Pierre Bourdieu (1989, p. 112), los criterios de identidad regional son “objetos de representaciones mentales”, es decir, “actos de percepción y apreciación, de conocimiento y reconocimiento en los que los agentes invierten sus intereses y supuestos”.
Está claro, entonces, que un análisis de la forma en que los suburbios de Río de Janeiro fueron presentados por las diferentes organizaciones de prensa solo puede llevarse a cabo con el supuesto de “incluir lo real en la representación de lo real”, interpretando estas estrategias discursivas —y sus prácticas generadoras— dentro del campo de las disputas simbólicas. Al fin y al cabo, según Bourdieu, lo que está en juego en la naturalización de estas características regionales es el poder de imponer una cosmovisión social a través de los principios de división que, al imponerse al conjunto del grupo, crean sentido y consenso sobre el sentido y, en particular, sobre la identidad y la unidad del grupo, que hacen realidad la identidad y la unidad del grupo (Bourdieu, 1989, p. 113).
Así pues, más que buscar formas de supuesta e inexorable devaluación de los barrios suburbanos, es importante reflexionar sobre la historicidad de la categoría “suburbio”, comprendiendo los diferentes agentes e intereses que animaron las disputas en medio de las cuales se formó.
Una ciudad indígena, otra europea
Si, como vimos anteriormente, las dos primeras décadas del siglo XX vieron crecer la presencia de los suburbios en diferentes secciones de la prensa carioca, en la década de 1920 el panorama era muy diferente. Además de la significativa disminución del número de publicaciones periódicas editadas en los suburbios, casi ningún periódico importante tenía una columna regular dedicada a esa parte de la ciudad. Este fenómeno no puede explicarse por una única causa. Podemos, sin embargo, darnos cuenta de que el enfriamiento del debate público sobre la situación de los suburbios se produjo a pesar de los sucesivos esfuerzos de diferentes grupos de residentes que continuaron intentando crear, a través del discurso de una supuesta unidad suburbana, una mayor visibilidad de esa región en relación con el resto de la ciudad (Mendonça, 2017, p. 232). En 1921, Lima Barreto dio su testimonio sobre el tema, dejando clara la consolidación de un largo proceso de estratificación social en el espacio urbano carioca:
Está claro que la principal preocupación del actual gobernador de Río de Janeiro es dividirla en dos ciudades: una será europea y la otra indígena. (...) Todas las mañanas, cuando doy mi paseo filosófico e higiénico por los alrededores de mi casa suburbana, tropiezo con las calderas de la calle principal de mi barrio, una calle que fue pavimentada hace más de cincuenta años con respetables adoquines. Me recuerda (...) al asfalto con el que la prefectura municipal está cubriendo las arenas desiertas de Copacabana. ¿Por qué no reserva un poco de su cuidado para esta calle útil de mi barrio, que es incluso una vía para que los difuntos vayan al cementerio de Inhaúma? (...) Municipios de todo el mundo están construyendo viviendas populares; el nuestro, construyendo hoteles lujosos, espera que, en vista del ejemplo, los habitantes de Favela y Salgueiro cambien el estilo de sus casas. Podría ser... (Careta, 15 de enero de 1921, p. 32)
Contrastando el abandono de la zona suburbana con las inversiones realizadas en los barrios de playa, el cronista denunciaba, no sin indignación, la consolidación de una polarización que ya se había anunciado en décadas anteriores. Al incluir los morros de Favela y Salgueiro en su relato, Lima Barreto mostró también que las favelas se estaban convirtiendo en parte del paisaje material y simbólico de la capital, explicando la creciente complejidad de la vida urbana carioca.
En la misma línea, pero desde la perspectiva opuesta, en 1923 el periódico Beira-Mar, producido por los elegantes habitantes de Copacabana, dejaba claros los términos de esa oposición en un reportaje que denunciaba el exceso de ruido que los chauffeurs traían al barrio: “¡Ahora, ni en Engenho de Dentro se permite tanta libertad en la vía pública! (...) Ya tenemos bastantes perjuicios con la feria de los miércoles, que convierte el corazón del barrio aristocrático en el suburbio de Leopoldina” (Beira-Mar, 11 de noviembre de 1923:5). Utilizados como categoría acusatoria, los suburbios eran, para la élite playera, el lugar de la no urbanidad y lo contrario de la civilización deseada. Actuando con fuerza en la creación de una identidad local basada en principios como la elegancia y la modernidad, Beira-Mar presentaba a sus lectores una ciudad dividida entre un “aquí” (playero, aristocrático) y un “allá” (suburbano, caótico), en la cual les correspondía la parte más privilegiada de la ciudad.
Aunque coinciden en el diagnóstico de una ciudad rota, los testimonios difieren en las causas. Si, para Lima Barreto, la división entre la ciudad indígena y la europea era el resultado de una política urbana ineficaz e injusta, para los habitantes de Copacabana significaba la expresión natural de sus privilegios de clase. No es difícil ver, sin embargo, que el discurso de la polarización —ya sea para denunciarlo o para defenderlo— provenía de experiencias fuertemente marcadas por el intenso tránsito de personas, ideas y categorías por las diferentes regiones de la ciudad. Al fin y al cabo, como nos recuerda Graça Índias Cordeiro, “la construcción de significados compartidos por la población de una ciudad, o parte de ella, surge (...) de intrincados procesos de interacción social, confrontaciones y negociaciones entre diferentes prácticas sociales y visiones del mundo” (Cordeiro, 2003, p. 185). Así, lejos de ser una realidad insular, disociada de las zonas más elegantes de la ciudad, los suburbios se construyeron en medio de las múltiples disputas y acomodos que marcaron la urbanización de la capital en las primeras décadas de la República. Prestar atención a la historicidad de este proceso, comprendiéndolo en su complejidad, nos permite entender mejor no solo las peculiaridades de los barrios suburbanos, sino también el proceso más amplio de (re)producción de las muchas desigualdades que, aún hoy, marcan la ocupación del espacio urbano en Río de Janeiro.
O’Donnell: Conceptualización (Conceptualization); Curación de datos (Data curation); Análisis formal (Formal Analysis); Adquisición de Financiamiento (Funding acquisition); Investigación (Investigation); Metodología (Methodology); Administración de proyecto (Project administration); Recursos (Resources); Redacción - preparación del borrador original (Writing – original draft); Redacción - revisión y edición (Writing – review & editing).
Referencias bibliográficas
Olavo Bilac (1865-1918) fue un importante periodista, cuentista, cronista y poeta brasileño, además de miembro fundador de la Academia Brasileña de Letras.↩︎
Barrio de la zona norte de Río de Janeiro, próximo al centro de la ciudad. Aunque fue residencia de la familia imperial brasileña hasta 1889, en la época en que se publicó la crónica, São Cristóvão estaba habitado por familias de clase media.↩︎
Acre es un estado de la región norte de Brasil, fronterizo con Bolivia y Perú.↩︎
Para un análisis de los clubes de danza, teatro y carnaval en Río de Janeiro durante este período, véase: FRANCA, Luciana Penna. Teatro amador: a cena carioca muito além dos arrabaldes. Dissertação (Mestrado em História), UFF, Niterói, 2011; SERFATY, Elaina Reioli Cirilo. Pelo trem dos subúrbios: disputas e solidariedades na ocupação do Engenho de Dentro (1870-1906). Dissertação (Mestrado em História Social da Cultura), PUC-Rio, 2017; e PEREIRA, Leonardo. Nos arrabaldes do esporte. Footballmania. Uma história social do futebol no Rio de Janeiro (1902-1938). Río de Janeiro: Nova Fronteira, 2000.↩︎
Según la información del Almanak administrativo, mercantil e industrial de Rio de Janeiro de 1891, había tres tipos de trenes que prestaban servicio a la población que vivía en los suburbios: trenes de pasajeros, trenes mixtos y “trenes de cercanías”. Los dos primeros eran más caros que los últimos, pero la oferta de horarios era menor.↩︎
Véase, por ejemplo, Maurício Abreu (1987). Evolução urbana do Rio de Janeiro. Río de Janeiro: IPLAN.↩︎
Como Echo Suburbano (del barrio Engenho de Dentro), Progresso Suburbano (del barrio Piedade)
y Commercio Suburbano (del barrio de Piedade), publicado a partir de 1902.↩︎
Como O Condor (del barrio de Madureira, 1900) y O Scenario, publicados a partir de 1900.↩︎
Oswaldo Cruz, médico sanitario, fue director general de Salud Pública; Alfredo Pinto, jurista, fue jefe de policía, y Souza Aguiar fue alcalde de la ciudad, habiendo sucedido a Pereira Passos a partir de 1906.↩︎
Entre ellos se encuentran A Epocha (que publicó la columna “¡Nos subúrbios!” de forma intermitente a lo largo de su existencia, entre 1912 y 1918); Correio da Manhã (que tuvo diferentes columnas dedicadas a los suburbios entre 1901 y 1910); O Paiz (cuya columna “Nos subúrbios” se publicó a lo largo de 1906); Revista da Semana (que publicó una serie de artículos ilustrados sobre diferentes barrios suburbanos en 1909); Gazeta de Notícias (que tuvo una sección dedicada exclusivamente a los suburbios entre 1905 y 1906); Jornal do Brasil (que publicó “O subúrbio” entre 1908 y 1910); y O Século (cuya columna “O subúrbio” apareció regularmente a lo largo de 1909).↩︎
QUID 16. Revista del Área de Estudios Urbanos. Área de Estudios Urbanos (Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Investigaciones Gino Germani).
ISSN-e: 2250-4060.
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