Introducción
La empatía es muy relevante para entender el comportamiento humano y a la vez ha sido objeto de controversias teóricas y metodológicas.
Este concepto fue objeto de diversas disputas: entre una visión más cognitiva versus una visión más afectiva o emocional (Fernández-Pinto et al., 2008); el conflicto “disposición versus situación” (con consecuencias metodológicas sobre cómo medirla, ya sea mediante autoinformes o con medidas de ejecución), y la tensión que refiere la empatía como predictor versus empatía como dimensión de la conducta prosocial (Auné et al., 2015).
Al igual que con otros conceptos del campo psicológico, se desarrollaron definiciones integradoras de la empatía que se caracterizan por asumir su multidimensionalidad e incluir diversos componentes: el cognitivo, que refiere a la capacidad para comprender y adoptar el punto de vista de otra persona o criatura; el afectivo, relativo a la capacidad para experimentar de manera vicaria esos estados emocionales percibidos en otras personas o criaturas (Parkes & Signal, 2017; Young, Khalil & Wharton, 2018); el motivacional que recuerda al concepto de compasión ofrecido por Gilbert y Choden (2013) puesto que supone no sólo ser sensible al sufrimiento (propio o ajeno), sino también la intención de hacer algo para aliviarlo y/o prevenirlo. Además, Auné et al. (2015) proponen el relacional (o validación según Koerner, 2011) ya que la empatía consiste también en la comunicación de esa comprensión, a través de conductas observables y no observables.; Young, Khalil & Wharton, 2018); el motivacional que recuerda al concepto de compasión ofrecido por Gilbert y Choden (2013) puesto que supone no sólo ser sensible al sufrimiento (propio o ajeno), sino también la intención de hacer algo para aliviarlo y/o prevenirlo. Además, Auné et al. (2015) proponen el relacional (o validación según Koerner, 2011) ya que la empatía consiste también en la comunicación de esa comprensión, a través de conductas observables y no observables.
Más allá de la mayor aceptación de su naturaleza multidimensional, la cuestión de su medición sigue siendo problemática. Diferentes operacionalizaciones se corresponden con definiciones conceptuales diversas en función de los componentes enfatizados (Auné et al., 2017). Por ello, se registran resultados no comparables y ambigüos cuando se indagan las interrelaciones entre la empatía y otras variables como personalidad o género (Fernández-Pinto et al., 2008). Otras relaciones parecieran estar más establecidas y ser independientes del instrumento de medición, como la evidenciada con la agresividad. Así, a mayor empatía habría menor agresividad, ya que la empatía funcionaría como motivadora de la conducta prosocial y el cuidado de otros/as, además de inhibir la agresión (Decety & Cowell, 2014). Algunos estudios incluso reportan que el componente cognitivo de la empatía, la toma de perspectiva, se relaciona inversamente con el nivel de agresividad (cfr. Fernández-Pinto et al., 2008). Algo similar sucede con ciertos trastornos de la personalidad vinculados a la agresividad (personalidad esquizoide del grupo A; trastornos del grupo B también denominado grupo emocional: narcisista, antisocial y límite). De todos modos, ante estas tendencias cabe aclarar que no parece existir evidencia suficiente para afirmar que la empatía sea la única responsable del desarrollo y mantenimiento de comportamientos violentos (Alleyne et al., 2015; McPhedran, 2009) y que asumir lo contrario puede conducir a la simplificación de fenómenos inherentemente complejos (Alleyne & Parfitt, 2018;
McPhedran, 2009).
Por otra parte, Palix et al. (2022) alertan sobre el uso de medidas de autoreporte para medir la empatía en tanto tienden a ser poco certeras, poco generalizables y muy susceptibles a respuestas moduladas por la deseabilidad social.
Como puede reconocerse, la cuestión metodológica es relevante y afrontar sus problemas contribuye al desarrollo teórico y a aprovechar el potencial de aplicación a diferentes ámbitos de intervención de los conocimientos producidos en torno a la empatía. Por ello, en las siguientes secciones daremos cuenta de la amplia variación instrumental en la medición de este constructo.
La medición de la empatía hacia humanas/os
Los primeros instrumentos diseñados para medir la empatía desde una visión cognitiva fueron el Dymond
Rating Test of Insight and Empathy y la Hogan Empathy Scale (EM). Luego se diseñaron escalas para medir la empatía concebida desde una visión afectiva: el Questionnaire
Measure of Emotional Empathy (QMEE) de Mehrabian y Epstein (1972); Balanced Emotional Empathy Scale (BEES) de Mehrabian (1997) y Measure
of Emotional Empathy (MDEES) de Caruso y Mayer (1998). Desde una visión integradora y multidimensional, a partir de 1980 contamos con el Interpersonal Reactivity Index (IRI) desarrollado por Davis (1983) y compuesto por 28 ítems distribuidos en cuatro subescalas: Preocupación Empática (PE), Malestar Personal (MP), Toma de Perspectiva (TP) y Fantasía (SF). Las dos primeras se refieren al componente afectivo y las dos últimas al componente cognitivo. La PE refiere a la tendencia a experimentar compasión, calidez y preocupación por personas que atraviesan experiencias dolorosas en su vida. El MP alude a la capacidad para experimentar sentimientos de malestar y/o ansiedad al presenciar a otras personas atravesando experiencias dolorosas. La SF refiere a la marcada tendencia a identificarse con personajes ficticios de películas, libros u obras de teatro, y la TP denota la capacidad de una persona para adoptar puntos de vista diferentes a los propios (Müller et al., 2015).
Según Eisenberg y Miller (1987, en Parfitt & Alleyne, 2016) la subescala PE es una buena medida de empatía, mientras que las tres restantes corresponden a constructos asociados. Por ello algunos estudios utilizan solo dicha subescala. También se utiliza una versión abreviada, la escala IRI-B, que consta de 16 items. Ingoglia et al. (2016) reportan que la IRI-B tiene una estructura factorial clara y coherente, consistencia interna adecuada y no varía en la medición entre género y edad, conservando sustancialmente las propiedades psicométricas de la versión original.
También se utilizan otros instrumentos para medir la empatía dirigida a humanas/os. Mathews y Herzog (1997) emplearon The
Sixteen Personality Factor Questionnaire (16PF), que la considera como un rasgo subsumido a la personalidad general antes que como un constructo separado. Alleyne et al. (2015) usaron la escala EQ-SV, Empathy
Quotient Short Version, y Lila et al. (2010) aplicaron la Subescala de Empatía de la Prosocial Personality Battery (PSP) de Penner (2002) que evalúa el grado de disposición a experimentar empatía tanto afectiva como cognitiva, así como a sentirse responsable y preocupada/o por el bienestar de los/as demás.
Complementariamente, cabe destacar el aporte de Auné et al. (2017) al diseñar la escala de Conducta Empática basada en población universitaria de Argentina. El término conducta empática proviene de la cultura anglosajona e implica un vínculo estrecho entre empatía y comportamiento observable. Este actuar prosocialmente supone utilizar un razonamiento centrado en una orientación empática abierta, de igualdad y bien social. Así, los comportamientos empáticos son aquellas acciones que manifiestan comprensión, refuerzo y soporte emocional (Auné et al., 2014 en Auné et al., 2017). La escala consta de ocho ítems que refieren a: demostrar comprensión del otro/a; capacidad de ubicarse en el lugar del otro/a y de apoyar al otro/a; hacer refuerzos positivos mediante la palabra; compartir experiencias, realizar acciones que permitan el aminoramiento de conflictos, y apoyo emocional en general y en momentos dolorosos.
A la par, se evidencian esfuerzos por lograr mayor especificidad en la medición de la empatía, como lo demuestran el Barrett-Lennard Relationship Inventory (BLRI) (Barrett-Lennard, 1962) -muy utilizado en el ámbito clínico para evaluar la empatía del terapeuta- y los instrumentos para el análisis de la erosión empática en ámbitos de la salud (Hojat et al., 2009).
La especificidad en la medición también refiere a la necesidad de diferenciar hacia quiénes se expresan las múltiples dimensiones de la empatía. En tal sentido, Lila et al. (2010), advierten que la Subescala de Empatía de la Prosocial Personality Battery puede captar la empatía hacia la persona agresora en lugar de captar la empatía hacia la víctima en su estudio sobre la empatía de policías y sus actitudes ante situaciones de violencia de género. A su vez, en los estudios sobre violencia y agresividad es relevante diferenciar entre empatía hacia humanos/as y empatía hacia otros animales para comprobar si la empatía es o no generalizable.
La medición de la empatía hacia otros animales
[1]
Es ampliamente reconocido que la empatía no se reserva sólo para animales humanos, sino que puede extenderse a otros animales (Ascione, 1993; Fernández-Pinto et al., 2008; Thompson & Gullone, 2003). Asimismo, la empatía dirigida a otros animales se encuentra modulada por algunos factores contextuales y sociales específicos como la experiencia previa con otros animales (Gómez-Leal et al., 2021; Norring et al., 2014), las características de esos otros animales (Agnew, 1998; Hills, 1995; Young et al., 2018), el nivel de educación y/o área de especialización profesional (Calderón-Amor et al., 2017; Lagos et al., 2021) y el tipo de dieta alimentaria (Preylo & Arikawa, 2008). Otras variables que la modulan son el género autopercibido (Bailey et al., 2016; Hein et al., 2016; Komorosky & O’Neal, 2015) y el nivel socioeconómico (Paul, 2000).
Algunos estudios que utilizaron mediciones de la empatía hacia humanos y testearon si se relacionaba con actitudes o acciones hacia otros animales no aportan evidencia consistente (Furnham et al., 2003; Henry, 2006; Taylor & Signal, 2005). Por ello, es relevante considerar el desarrollo de escalas que se proponen específicamente evaluar la empatía hacia otros animales.
Con instrumentos más específicos es posible testear cuán generalizable puede ser la empatía interespecie, una cuestión que aún permanece en discusión (Arluke & Sax, 1992; Ascione & Weber, 1996; Gómez-Leal et al., 2021; Paul, 2000; Sprinkle, 2008). Diversos estudios recurriendo a distintos instrumentos encuentran apoyo parcial a la premisa de la generalizabilidad de la empatía y parecen coincidir en que las correlaciones positivas y significativas pero débiles entre empatía hacia humanos (evaluada con IRI o IRI-B) y empatía hacia otros animales, indican que no deben ser estudiadas como un constructo unitario, sino como son constructos psicológicos diferentes (Calderón-Amor et al., 2017; Gómez-Leal et al., 2021;
Ellingsen et al., 2010; y Lagos et al., 2021).
Según Kielland et al. (2010) existen dos maneras de medir la empatía hacia otros animales: a través de escalas de autoreporte diseñadas específicamente para tal fin o mediante imágenes de criaturas atravesando diversas situaciones dolorosas, para medir la percepción de dolor de quien se expone a dicho contenido. A su vez, estos instrumentos varían también en función de su especificidad: desde empatía hacia animales en general, hasta la empatía por equinos, perros, o un animal de compañía.
La Pet
Attitude Scale (PAS), desarrollada originalmente por Templeret al. (1981), consta de 18 ítems destinados a medir las actitudes hacia otros animales de compañía agrupados en tres dimensiones: amor e interacción, mascotas en el hogar y gozo de tener una mascota. La PAS es más específica ya que delimita la empatía hacia animales de compañía. De allí que los resultados reportados con ella informen de una relación más intensa con la empatía hacia humanos/as (Eckardt Erlanger &Tsytsarev, 2012; Ellingsen et al., 2010; Vizek-Vidovic et al., 2015), más aún si se ha establecido un vínculo fuerte (apego) con esos animales de compañía.
El Pain
Assessment Instrument (PAI) (Kielland et al., 2008) mide actitudes y empatía hacia diversos tipos de animales a través del uso de fotografías capaces de provocar respuestas empáticas en aquellos humanos/as expuestos/as a ellas, activando circuitos cerebrales similares a aquellos que se verían involucrados al experimentar ese dolor en carne propia. Esta técnica requiere que las escalas de empatía sean diseñadas de forma tal que se ajusten a las características de la población que se pretende evaluar (Hojat et al., 2002, en Kielland et al., 2010). Por esta razón existe una versión para vacas lecheras diseñada por Kielland et al. (2008) y que fue adaptada por Ellingsen et al. (2010) para evaluar la percepción del dolor sufrido por los perros, utilizando 17 fotos de perros (provistas por profesionales de las ciencias veterinarias) en las cuales los animales experimentaban situaciones dolorosas de diversos grados, así como una escala analógica visual (VAS) con las palabras clave “sin dolor” y “dolor insoportable”. La escala alcanzó un nivel alto de confiabilidad (α = .86). Versiones específicas para equinos fueron desarrolladas por Luna et al. (2018), Luna et al. (2019) y Luna et al. (2016) y los dos instrumentos (la Perception
of Equine Pain Scale-PEPS y la Willingness
to Attribute Pain Assessment Scale-WAPAS) fueron diseñados en base a las escalas previamente mencionadas (Ellingsen et al., 2010; Kielland et al., 2010). La PEPS consiste en 25 fotografías a color de caballos atravesando diversas situaciones de dolor e incluye una descripción breve y general de la condición clínica del animal. La WAPAS mide la disposición de cuidadores a atribuir dolor a caballos mediante 17 fotografías a color de caballos en diversas situaciones dolorosas, las cuales son mostradas de manera aleatoria. De manera similar a las escalas mencionadas, las personas participantes deben indicar la intensidad de dolor que piensan atraviesa el animal en cada una de las situaciones utilizando una Escala Facial de Dolor (FPS).
Sobre el uso de esta opción instrumental cabe advertir que la evaluación del dolor resulta siempre difícil en tanto se trata de un mecanismo biológico para el que no existe una medida directa, y medirlo en otra especie puede ser aún más desafiante. A su vez, las valoraciones subjetivas del dolor se basan en la empatía con el objetivo y dependen de que quien observe esté muy familiarizado con la especie o incluso con el animal particular en cuestión (Ellingsen et al., 2010).
Por último, la Animal Empathy Scale (AES) es un instrumento basado en la escala de empatía hacia humanos/as de Mehrabian y Epstein (1972) y al igual que ésta, mide la empatía emocional. Fue desarrollada por Paul (2000) conservando dos ítems de la escala original que referían a la empatía hacia otros animales, reestructurando y reformulando otros ítems para que refieran a animales familiares/de compañía (mascotas y pájaros salvajes). La reformulación se basó en afirmaciones que surgieron en entrevistas informales con estudiantes sobre sus sentimientos y trato hacia los animales. Así, produjo un total de 22 ítems de los cuales 11 representaban sentimientos no empáticos y 11 sentimientos empáticos. Al igual que en la escala original, la mayoría de los ítems enfatizan eventos y emociones negativas (p. ej., “ver animales con dolor me molesta”). Las respuestas se expresan utilizando una escala tipo Likert de nueve puntos, y el sistema de calificación asigna puntuaciones más altas a las respuestas más empáticas. Paul (2000) comprobó su confiabilidad (α = .78) utilizando una muestra de 75 estudiantes de psicología cuyas edades oscilaban entre los 19 y 27 años (M =21).
Esta escala fue traducida al castellano, adaptada por personas bilingües profesionales en ciencias veterinarias de Chile (Luna et al., 2019) y utilizada en un estudio piloto. Luego se reescribieron los ítems poco claros y se eliminaron aquellos que confundían a los/as respondientes. La versión modificada retuvo 11 ítems con respuestas tipo Likert con nueve opciones de respuestas (α = .70).
En comparación con la PAS y con las diversas versiones del PAI, este instrumento abarca más animales y ha sido muy utilizado para indagar la relación entre empatía hacia humanos y empatía hacia otros animales (Calderón-Amor et al., 2017; Erlanger & Tsytsarev, 2012; Gómez-Leal et al., 2021; Lagos, et al., 2021; Norring et al., 2014; Paul, 2000), así como para otras temáticas afines (Luna et al., 2019). A pesar de su extendido uso, no contamos con estudios instrumentales que den cuenta de su estructura interna. Por ello, nos propusimos producir conocimiento sobre la calidad psicométrica de esta escala mediante un estudio instrumental (Montero & León, 2007).
Método
Participantes.
Estudiantes universitarios/as de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) que cursaban el tramo final de la Licenciatura en Psicología. Aplicamos un diseño muestral no probabilístico por accesibilidad (Gil-Escudero & Martínez-Arias, 2001). Participaron 241 personas que realizaban sus Prácticas Pre Profesionales (PPP) durante el período 2021-2022 (69.45% de la población total de practicantes). Un 83.8 % se identificó como Mujer cis, un 13.3% como Varón cis, un .8% como No binarie y un 2% prefirió no responder. Una distribución cercana a la poblacional. En la Facultad de Psicología el 80% de los estudiantes son mujeres. La edad osciló entre 20 y 67 años (Mdn = 26 años). En cuanto a los contextos de PPP, el 28.2% correspondió a Salud-Sanitarista, un 21.2% al Jurídico, otro 21.2% al Social-Comunitario, un 17.4% al Educativo y un 12% al Organizacional.
Instrumentos
[2]
Animal Empathy Scale (AES) (Luna et al., 2019), con 11 ítems con opciones de respuesta tipo Likert con 9 puntos. Una opción neutral (5) fue incluida para evitar respuestas forzadas.
Interpersonal Reactivity Index (IRI) versión en español de Mestre Escrivá et al. (2004) y adaptada a población adulta de Argentina por Müller et al. (2015), con adecuada consistencia interna (.65 < α < .73). Cada ítem presenta cinco opciones de respuesta (1= no me describe bien a 5= me describe muy bien). Está compuesta por cuatro subescalas: Preocupación Empática (PE), Malestar Personal (MP), Toma de Perspectiva (TP) y Fantasía (SF).
Animal Abuse Proclivity Scale (AAPS) (Alleyne et al., 2015). Este cuestionario utiliza imaginería en su diseño y presenta seis escenarios hipotéticos que describen incidentes de abuso animal y las motivaciones subyacentes más comúnmente encontradas en la literatura, seguidos por cuatro preguntas referidas a dichos escenarios, proporcionando cinco opciones de respuesta. Así, se evalúan cuatro dimensiones: Entusiasmo, Poder, Propensión y Disfrute. El abuso animal tradicionalmente ha sido estudiado en el contexto de violencia interpersonal por ello esta escala ofrece dos tipos de escenarios: los de agresión directa, diseñados para captar a aquellas personas que se inclinan por conductas de abuso animal de manera directa y toman a los otros animales como blanco de su agresión; y los de agresión indirecta, diseñados para captar a aquellas personas que tienden a desplazar su agresión interpersonal sobre otros animales para inducir una respuesta emocional en la persona humana que se ha tomado como blanco de esa agresión (Alleyne et al., 2015). Esta escala no ha sido validada para la población argentina. Alleyne et al. (2015) encontraron que tanto las puntuaciones en la Attitudes Towards the Treatment of Animals Scale, como las del EQ-SV, Empathy Quotient Short Version fueron predictores significativos de la puntuación total en la escala AAPS; y concluyen que es confiable de acuerdo al procedimiento test-retest, alcanzando valores altos = .90 y un coeficiente Alfa de Cronbach (.93). Cuenta con validez transnacional (y potencialmente transcultural), ya que no encontraron diferencias significativas entre dos muestras de distintos países: EE.UU. (DS= 32.65) e Inglaterra (DS = 32.18).
Conducta Efectiva de Abuso Animal. Finalmente, presentamos 33 comportamientos abusivos dirigidos hacia otros animales basados en la clasificación de Newberry (2017) y en los tipos de abuso animal identificados por Vermeulen y Odendaala (1993) (por ej. restringí su movimiento: le he dejado amarrado, encerrado o confinado a lugares pequeños por largos períodos de tiempo, impidiendo que se mueva libremente; le agredí físicamente: métodos incorrectos de adiestramiento, patear/golpear, mutilar, aplastar, arrojarle objetos, disparar, ahogar, estrangular, asfixiar, prender fuego o quemar, apuñalar, abusar sexualmente del animal, envenenar, matar). Cada ítem cuenta con tres opciones de respuesta: 0 = nunca, 1 = 1 vez y 2 = más de 1 vez.
Datos sociodemográficos: edad, género autopercibido, tenencia de animales de compañía en los últimos cinco años y/o en la infancia. También incluimos la evaluación de formación específica relacionada al tema de empatía y maltrato animal, y aclaramos que nos referíamos a haber leído o estudiado por cuenta propia o bien haber realizado algún curso online o presencial sobre cocina vegana/vegetariana, sobre filosofía o derechos animales/ambientales o bien haber cursado el Seminario optativo no permanente Maltrato Animal, entre otros.
Procedimiento
Administramos una prueba piloto del cuestionario entre estudiantes a fin de evaluar las expresiones lingüísticas utilizadas en los ítems y la comprensión de las consignas. No fue necesario modificar la propuesta inicial. Luego, diseñamos el cuestionario en la plataforma Lime Survey y lo socializamos vía correo electrónico, Facebook, Telegram y WhatsApp, lo cual facilitó su difusión y habilitó también la posibilidad de responder en cualquier momento y en cualquier lugar, favoreciendo el confort y la privacidad (Erlanger & Tsytsarev, 2012). Así esperábamos minimizar el posible efecto de respuestas por deseabilidad social (Parfitt & Alleyne, 2016). Para la difusión contamos con el aval e información de contacto por parte de las autoridades universitarias. Solicitamos el consentimiento informado, enfatizando que la participación era de carácter voluntaria, anónima, que la información recopilada sería utilizada exclusivamente con fines académicos y que podían abandonar el estudio cuando lo considerasen necesario. Brindamos datos de contacto con las responsables del estudio.
Análisis de los Datos
Realizamos un Análisis Factorial Exploratorio (AFE) con el fin de estudiar la estructura interna de la escala. Previamente verificamos la aplicabilidad de este análisis mediante el cálculo del coeficiente Kaiser-Meyer-Olkin (KMO) y la prueba de esfericidad de Bartlett.
Dada la naturaleza ordinal de las respuestas a los 11 ítems (García-Cueto & Fidalgo, 2005), efectuamos un AFE a partir de la matriz de correlaciones policóricas (Brown, 2006) mediante el programa Factor 9.2 (Lorenzo-Seva & Ferrando, 2006) y utilizando el método de mínimos cuadrados no ponderados (ULS) para la extracción de factores evaluando la adecuación a un modelo monofactorial. Seguimos la propuesta de Lloret et al. (2017) de combinar los diferentes criterios de selección de factores (Análisis Paralelo -AP-, prueba de promedio parcial mínimo –MAP-, índices de bondad de ajuste disponibles cuando se utilizan correlaciones policóricas y minimización de residuos) y optamos por la rotación PROMIN, flexible pero simple.
Para evaluar la confiabilidad del instrumento calculamos el coeficiente Alfa de Cronbach y el coeficiente omega de McDonald utilizando IBM SPSS Statistics .25 y Factor Analysis respectivamente.
Finalmente, para establecer si existía o no relación entre la AES y las demás variables optamos por el coeficiente de correlación de Pearson y prueba t utilizando IBM SPSS Statistics .25.
Resultados
Análisis Factorial Exploratorio y Confiabilidad
Los datos eran adecuados para el uso del AFE: a) determinante de la matriz de correlaciones significativa = 0.001; b) índice de adecuación muestral KMO = 0.884 (good) y c) test de esfericidad de Bartlett significativo = 1572.4 (df = 55; p = .000). El primer autovalor puntuó 5.9, correspondiendo a un porcentaje de varianza total explicada del 53%.
De acuerdo al Análisis Paralelo (AP) basado en el AF de rango mínimo (Timmerman & Lorenzo-Seva, 2011) el número de dimensiones aconsejadas, cuando se considera el percentil 95, fue 1.
El Comparative Fit Index (CFI) considerando un solo factor fue excellent (0.99, IC95% 0.977- 0.991). El Goodness
of Fit Index (GFI) fue de 0.99 (IC95% 0.96 - 0.99). Estos resultados indican que una parte substancial de la varianza común es explicada por el factor extraído (Lorenzo-Seva et al., 2011). El valor de los residuales estandarizados (RMSR) fue .056 (IC95% 0.05 – 0.05). Para las saturaciones factoriales de los ítems consideramos un criterio mayor a .30 (Costello & Osborne, 2005).
En función de que los indicadores de ajuste resultan adecuados, que el porcentaje de varianza total explicada por el primer autovalor es mayor a 40% (Carmines & Zeller, 1979) y el criterio de caída de Cattell (García-Cueto & Fidalgo, 2005) referido al diagrama de autovalores, asumimos que hay evidencias para considerar a la AES como unidimensional. Las cargas factoriales fueron elevadas, desde .44 a .88. El Standardized Cronbach´s alpha fue .90 para los 11 ítems.
De acuerdo a la Measure of Sampling Adequacy (MSA) correspondía eliminar el ítem 1. Procedimos a eliminarlo y a realizar un nuevo AFE con las mismas especificidades. Los datos fueron adecuados para el AFE: a) determinante de la matriz de correlaciones significativa = 0.001; b) índice KMO = 0.879 (good) y c) test de esfericidad de Bartlett significativo = 1510.8 (df = 45; p= .000)
El primer autovalor puntuó 5.7, correspondiendo a un porcentaje de varianza total explicada del 57%. De acuerdo al Análisis Paralelo basado en el AF de rango mínimo (Timmerman & Lorenzo-Seva, 2011) el número de dimensiones aconsejadas, cuando se considera el percentil 95, fue 1. El CFI fue excellent (0.99 IC95% 0.99 -1.00); el GFI fue .98 (IC95% 0.98-0.99). El valor de los residuales estandarizados (RMSR) fue de .058 (IC95
% 0.04 – 0.06). Los resultados de estas pruebas reafirman la unidimensionalidad de la escala AES. El Standardized Cronbach´s alpha, habiendo eliminado el ítem 1, se incrementa (= .91) y el mismo valor alcanza el coeficiente omega de McDonald. Todos los ítems contribuyen a la consistencia interna y consecuentemente no es necesario plantear la posibilidad de eliminar otro ítem. En Tabla 1 se observa que las cargas factoriales fueron elevadas, desde .48 a .88.
Tabla 1
|
| Item |
Carga Factorial |
Comuna- lidad |
| 9-Ver animales con dolor me pone mal. |
.887 |
.787 |
| 6-Me enoja mucho ver que un animal está siendo maltratado. |
.859 |
.739 |
| 3-Me pone triste ver a un animal encerrado en una jaula. |
.811 |
.658 |
| 10-Siempre trato de ayudar a un perro o cachorro. |
.751 |
.563 |
| 2-Casi siempre las películas tristes sobre animales me dejan con un nudo en la garganta |
.750 |
.563 |
| 7-Los animales de compañía influyen mucho sobre mi estado de ánimo. |
.715 |
.511 |
| 11-Odio ver a aves en jaulas donde no tienen espacio. |
.712 |
.506 |
| 5-Me pone mal ver animales viejos e indefensos |
.663 |
.440 |
| 4-Un gato amistoso que ronronea casi siempre me alegra. |
.533 |
.284 |
| 8-Disfruto alimentar con restos de comida a las aves. |
.485 |
.236 |
Relación de AES con otras variables
Identificamos la existencia de un efecto del sexo en las puntuaciones obtenidas en la AES, t
(232
) = 3.50, p<.001. Las mujeres fueron más empáticas (M=78.98, SD = 11.02) que los varones (M =71.53, SD = 11.60). La misma corresponde a un tamaño del efecto de .65, un efecto medio (Cohen, 1988).
La relación con la tenencia o experiencia con animales de compañía es relevante, pues condiciona el vínculo entre empatía intra e inter especies (Gómez-Leal et al., 2021) y a su vez porque hace variar los niveles de empatía hacia otros animales (Paul, 2000). En nuestro estudio registramos un resultado en este sentido, t
(239) = 4.79, p< .000, quienes tenían convivencia con otros animales (M =79.46, SD = 10.76) fueron más empáticos en comparación con quienes no convivieron (M = 69.82, SD = 11.65). El tamaño del efecto fue grande ( .84) según Cohen (1988).
La educación y/o área de especialización profesional también condiciona la empatía hacia otros animales (Calderón-Amor et al., 2017; Lagos et al., 2021). Al considerar la formación específica en temas afines, registramos una diferencia significativa t
(239) = 2.47, p< .01) a favor de quienes cuentan con ella (M = 81.11, SD = 8.57; M = 77.03, SD = 12.02). El tamaño del efecto fue pequeño ( .33).
La última prueba t correspondió a la variable Conducta efectiva de abuso. También registramos una diferencia significativa, t
(239) = 1.95, p< .05). Quienes no realizaron este tipo de comportamientos puntuaron más alto en AES (M =79.94, SD = 13.21; M = 77, SD = 9.97). El tamaño del efecto también fue pequeño ( .28).
El análisis de correlación entre la AES con otras variables aporta también evidencias similares a las reportadas por los antecedentes. Registramos una correlación inversa estadísticamente significativa débil (r
(239) = - .16, p< .05) con la variable Conducta efectiva de abuso (suma de indicadores).
También observamos correlaciones significativas negativas con la escala AAPS completa (r
(239) = -.324, p< .01), con sus dimensiones (Disposición: r
(239) = -.334, p< .01; Emoción: r
(239) = -.277, p< .01; Disfrute: r
(239) = -.262, p< .01; Poder: r
(239) = -.258, p< .01) y con los dos tipos de escenarios (Agresión Directa: r
(239) = -.325, p< .01; Agresión Indirecta: r
(239) = -.3, p< .01).
Por último, cabe resaltar que no identificamos relación significativa entre AES e IRI (considerando tanto la escala completa como sus dimensiones).
Discusión
La escala AES inicialmente diseñada por Paul (2000) es muy utilizada para evaluar la empatía hacia otros animales y para probar diferentes hipótesis. Sin embargo, en función de la revisión realizada reconocimos que no se contaba con evidencia de su estructura interna. Tomando la versión adaptada al castellano por Luna et al. (2019) procedimos a realizar un estudio instrumental para así aportar al desarrollo de este instrumento y mejorar la operacionalización de este complejo constructo.
El análisis de la relación de la AES con otras variables evidenció un efecto del sexo, siendo las mujeres quienes obtienen mayores puntuaciones. Esto es consistente con lo propuesto por Komorosky y O´Neal (2015) en su revisión teórica, así como también con los resultados de Gómez-Leal et al. (2021) y Calderón-Amor (2017) quienes utilizaron las mismas escalas (AES e IRI) en otros contextos. Los resultados de Paul (2000) también coinciden en la identificación del efecto del género al utilizar la escala AES y la escala QMEE para medir la empatía hacia humanas/os. Los datos basados en la AES también son consistentes con los reportados por López Tello et al. (2021) al utilizar la escala Escala de Compasión hacía los Animale (ECA).
La educación y principalmente cierta especialización profesional, como la considerada en nuestro estudio, también hacen variar los niveles de empatía hacia otros animales, corroborando hallazgos hechos por Calderón-Amor et al. (2017) y Lagos et al. (2021). Esta variación puede obedecer a mayores niveles de empatía hacia otros animales previos a dicha formación o derivar de estas instancias formativas. En futuras indagaciones podría determinarse si la formación específica contribuye al aumento de la empatía hacia otros animales.
Ambas relaciones (efecto del sexo y efecto formación) a su vez podrían estar condicionadas por un factor específico: la tenencia de animales de compañía en los últimos años. Ésta puede haber sido decidida por quienes participaron de este estudio a diferencia de la tenencia de dichos animales durante la infancia. La convivencia con animales de compañía demuestra así su contribución al desarrollo o mantenimiento de la empatía hacia otros animales, más aún si dicha convivencia permite generar un apego con el animal de compañía (Vizek-Vidovic et al., 2001).
Atendiendo a la relación entre la empatía hacia personas humanas y la dirigida hacia otros animales, los resultados aquí reportados pueden considerarse similares o próximos a los antecedentes. Los antecedentes en general reportan correlaciones significativas débiles entre ambas empatías (Calderón-Amor et al., 2017; Erlanger & Tsytsarev, 2012; Lagos et al., 2021; Norring et al., 2014), apoyando la idea de que son constructos distintos y que, por lo tanto, no deben ser estudiados como un sólo concepto. Es decir, no necesariamente quienes muestran empatía por personas humanas, mostrarán empatía por otros animales y viceversa, sino que habría otros factores que afectan los niveles de empatía dirigida a ellos. La misma interpretación puede derivarse de los resultados que aquí presentamos y que no evidenciaron relación significativa entre AES e IRI.
Por otra parte, consideramos que es relevante enfatizar el hallazgo de la relación inversa detectada entre AES y AAPS. Así, la empatía dirigida hacia otros animales es mayor en quienes expresan menor disposición a comportarse de manera abusiva contra ellos. Al considerar las dimensiones de la AAPS constatamos que la correlación más alta se registró entre AES y la dimensión Disposición, que específicamente indaga si en una situación como la descrita en el instrumento, la persona que responde podría verse actuando de la misma manera que el sujeto que agrede al animal. Y la segunda correlación inversa más alta se registró entre AES y el escenario Agresión Directa de la AAPS. Este hallazgo indica que a mayor puntuación en AES se espera menor disposición a ejecutar conductas de abuso animal de manera directa; es decir menor tendencia a tomar a los otros animales como blanco de la agresión (Alleyne et al., 2015). Esto refuerza el valor de la AES como instrumento de medición de la empatía hacia otros animales en su dimensión emocional.
Los análisis psicométricos que aportamos contribuyen a establecer la adecuación de la escala AES tan ampliamente utilizada. Así, las decisiones tomadas por Luna et al. (2019) al adaptar al castellano la escala diseñada inicialmente por Paul (2000) se ven avaladas por nuestro estudio. De los 11 ítems propuestos por Luna et al. (2019) retuvimos 10 en función del análisis factorial exploratorio realizado. De esta forma, conseguimos operacionalizar la empatía hacia otros animales mediante una escala unidimensional compuesta por 10 ítems que permiten medir el componente emocional. Los ítems retenidos en esta versión en castellano representan sentimientos empáticos y mayoritariamente enfatizan eventos y emociones negativas. Los ítems ordenados de mayor a menor, en función de su carga factorial, evidencian que los relativos a eventos y emociones negativas representan mejor al factor, abarcando distintas intensidades de dichas emociones.
Contar con esta evidencia sobre la calidad psicométrica de la AES es relevante pues son muchos los antecedentes que señalan que la empatía hacia humanos no es generalizable; es decir no podría valorarse la empatía hacia otros animales utilizando las escalas que miden la empatía intraespecie humana. De allí, la necesidad de contar con instrumentos válidos y específicos que permitan captar la empatía hacia otros animales. Cabe señalar que los ítems de la AES refieren tanto a otros animales silvestres como a los de compañía. Esta mayor amplitud puede explicar que no hayamos detectado una relación significativa entre AES e IRI. Más aún cuando el IRI ha correlacionado con instrumentos que miden la empatía específica hacia animales de compañía (Eckardt Erlanger et al., 2012; Ellingsen et al., 2010;
Vizek-Vidovic et al., 2015).
En definitiva, la evidencia empírica producida utilizando dos instrumentos diferenciados (IRI y AES) y probando la calidad psicométrica de la medida específica (AES), nos permite sostener que la empatía hacia humanos no juega un papel clave en los fenómenos de violencia interespecie y posicionarnos en contra de la generalizabilidad de la empatía interespecie. Futuras investigaciones, que amplíen la muestra de participantes (incluyendo una proporción mayor de varones), que cuenten con una validación local de la AAPS y que recurran a un análisis factorial confirmatorio podrán mejorar la calidad de la evidencia empírica necesaria para la indagación de este complejo constructo y de su relación con otros constructos.