Resumen
«La escuela austríaca», escrito por Isaak Illich Rubin en 1926 para la Gran Enciclopedia Soviética y editado aquí por primera vez en castellano, ofrece una reconstrucción crítica de la teoría subjetiva del valor de Menger, Wieser y Böhm-Bawerk. Rubin distingue la corriente psicológica austríaca de la escuela matemática del marginalismo y examina sucesivamente la utilidad marginal, el valor de los bienes de orden superior, la teoría de la imputación, el pasaje del valor subjetivo al valor de cambio objetivo y la explicación austríaca de la ganancia. Su tesis central es que las contradicciones de la escuela austríaca derivan de su método subjetivo-psicológico: al partir del individuo aislado enfrentado a bienes escasos, no puede explicar las formas sociales propias de la economía mercantil-capitalista, como el valor de cambio, el dinero, el capital y la ganancia. La edición incluye un apéndice sobre valor, necesidad social y oferta-demanda, elaborado a partir de los Ensayos sobre la teoría marxista del valor.
Palabras clave: Isaak Rubin; escuela austríaca; marginalismo; teoría del valor; forma del valor; crítica de la economía política.
Abstract
“The Austrian School”, written by Isaak Illich Rubin in 1926 for the Great Soviet Encyclopaedia and published here for the first time in Spanish, offers a critical reconstruction of the subjective theory of value developed by Menger, Wieser and Böhm-Bawerk. Rubin distinguishes the Austrian psychological current from the mathematical school of marginalism and examines marginal utility, the value of higher-order goods, the theory of imputation, the transition from subjective value to objective exchange-value, and the Austrian explanation of profit. His central claim is that the contradictions of the Austrian school follow from its subjective-psychological method: by beginning with the isolated individual facing scarce goods, it cannot explain the social forms specific to commodity-capitalist economy, such as exchange-value, money, capital and profit. The edition includes an appendix on value, social need, and supply and demand, based on Rubin’s Essays on Marx’s Theory of Value.
Keywords: Isaak Rubin; Austrian School; marginalism; theory of value; value-form; critique of political economy.
Rubin, el subjetivismo y el objeto de la economía política
“La escuela austríaca” apareció en 1926 en el primer volumen de la Gran Enciclopedia Soviética. Es un artículo de encargo, de intervención enciclopédica, y sin embargo condensa en pocas páginas una crítica del marginalismo cuyo filo no se ha gastado en un siglo. Lo publicamos por primera vez en castellano no por interés documental, sino porque la objeción que allí formula contra el subjetivismo económico conserva toda su fuerza.
Rubin fue el principal historiador marxista del pensamiento económico en la Unión Soviética de los años veinte: editor y traductor de Marx, profesor de teoría del valor, autor de una Historia del pensamiento económico y de los Ensayos sobre la teoría marxista del valor. Escribió esta pieza en prisión. Detenido en febrero de 1923 con cargos infundados –había sido dirigente del Bund, luego menchevique–, pasó más de tres años entre la cárcel de Butyrka, el campo de concentración de Suzdal y el destierro en Crimea, y en ese cautiverio produjo cerca de veinte trabajos, entre ellos la segunda edición de los Ensayos y las entradas que redactó para la Gran Enciclopedia. Que pudiera escribirlas se debió a la solidaridad de sus colegas –sobre todo de David Riazánov, director del Instituto Marx-Engels, que le hacía llegar a la celda los libros de Marx que traducía–. Recién a fines de 1926, terminado el destierro, obtuvo un puesto en ese Instituto, donde dirigió la sección de economía política en sus años de mayor reconocimiento.
La importancia del texto no está en que oponga el valor-trabajo y la utilidad marginal como dos teorías rivales de los precios. Está en que discute algo anterior: el objeto mismo de la economía política. Para Rubin, esa ciencia no estudia la relación entre el individuo y las cosas, ni el vínculo psíquico entre necesidades y bienes, sino las relaciones sociales de producción que, en la sociedad capitalista, adoptan necesariamente la forma de relaciones entre cosas. El valor no es una propiedad natural de los objetos ni trabajo incorporado en sentido técnico-físico, sino una relación social cosificada: la forma que el trabajo asume en la producción mercantil. Esa lectura –que en la URSS estalinista le valdría la acusación de idealismo, el reproche de separar la forma del contenido– es la clave desde la cual mira a los austríacos.
Vistos desde ahí, aparecen como una inversión del método. Donde Marx parte de la mercancía como forma elemental de la riqueza en la sociedad burguesa, y reconstruye desde allí el valor, el dinero, el capital y la ganancia como formas sociales históricamente determinadas, los austríacos parten del individuo aislado, enfrentado a bienes escasos y obligado a jerarquizar subjetivamente sus necesidades. Rubin concede que esa construcción es, en sus propios términos, relativamente coherente; su objeción no es que sus autores hayan razonado mal, sino que el punto de partida elegido les impide reconstruir aquello que pretenden explicar. La utilidad marginal ordena las preferencias de un sujeto frente a sus bienes; no produce el valor de cambio, ni el dinero, ni el capital, ni la ganancia. Y ese fracaso no es un tropiezo subsanable: deriva estructuralmente del método. Quien empieza por la psique de un Robinson no tiende ningún puente hacia el ser humano que produce en una trama social y ocupa en ella una posición determinada. La sociedad capitalista no está hecha de Robinsones que intercambian excedentes tras calcular a solas sus necesidades, sino de productores privados cuyas relaciones sólo se realizan en el mercado.
La vigencia de esta lectura se advierte en la historia posterior de su recepción. Tras décadas de silenciamiento, Rubin reapareció en el marxismo occidental a fines de los años sesenta, primero por las referencias de Roman Rosdolsky a la “escuela de Rubin” y luego por las ediciones inglesa y castellana de los Ensayos en 1972 y 1974. Desde entonces, su obra atravesó buena parte de los debates marxistas sobre valor, fetichismo, trabajo abstracto y forma social: apropiada por unos, discutida por otros, rechazada por quienes reeditaron –ahora en sede académica– el viejo reproche de separar la forma del contenido. La Neue Marx-Lektüre fue una de esas recepciones, no la única; pocas relecturas contemporáneas de la teoría del valor le son ajenas. Y la operación que denunció en los austríacos –universalizar como leyes de la acción humana en general categorías que pertenecen a una forma social determinada– no ha hecho más que radicalizarse: la praxeología de Mises la lleva al límite al erigir la acción individual en fundamento apriorístico de toda economía. Lo que allí se eterniza, como ya en los austríacos de Rubin, no es el ser humano concreto de la sociedad capitalista, sino un tipo ideal mercantil –aislado, propietario, calculador– proyectado hacia atrás sobre toda la historia.
El apéndice que sumamos a esta edición muestra el otro frente. No pertenece al artículo de 1926: son tres diagramas y su comentario, tomados del capítulo «Valor y necesidad social» de los Ensayos, donde Rubin se ocupa de la versión matemática del marginalismo –la que abandona la pregunta por la causa del precio y se refugia en la dependencia funcional entre precio, oferta y demanda–. Allí prefigura una tesis precisa: el cruce de las curvas describe la oscilación de los precios, pero no explica su centro de gravedad, que reside en el valor, esto es, en las condiciones sociales y técnicas de la producción. Esa línea –el precio de mercado como fluctuación en torno a un centro regulado por la producción– es la de la tradición clásica y marxiana de la competencia real, cuya elaboración contemporánea más sistemática es la de Anwar Shaikh.1 «La escuela austríaca» no es una pieza de archivo: es el antecedente temprano de un debate todavía abierto.
El desenlace es conocido. A partir de 1928, la facción estalinista terminó de apropiarse del poder; a la represión contra la Oposición de Izquierda de Trotsky se sumó la de sus ex aliados de Stalin, la Oposición de Derecha de Bujarin. El Termidor de la revolución llegó de lleno a la academia. La discusión en torno de los Ensayos dejó de ser científica: se acusó a Rubin de idealismo, de separar forma y contenido, de falsificar el marxismo, y su nombre quedó fijado en una etiqueta condenatoria, la rubinshchina. Renunció al Instituto en diciembre de 1930 y fue detenido pocos días después, en vísperas de la Navidad, para el proceso fraguado contra los viejos mencheviques. Sometido a interrogatorios sin fin, golpes, aislamiento y privación de sueño, terminó firmando una declaración que comprometía a Riazánov –a quien Stalin quería destruir–, y fue condenado a cinco años. Cuando lo arrestaron, la policía política le confiscó los manuscritos en los que seguía trabajando: estudios sobre la escuela angloamericana y la escuela matemática, sobre Marshall, Walras y Wicksell –materiales que habrían ampliado la crítica de la economía neoclásica y que la represión burocrática hizo desaparecer. Tras la cárcel y el destierro en Aktiubinsk, donde trabajó como economista de una cooperativa, fue arrestado de nuevo en 1937 y fusilado el 27 de noviembre de ese año; sus libros pasaron a los depósitos especiales y su nombre se borró de la ciencia soviética durante medio siglo. Fue rehabilitado entre 1989 y 1991.
Para la presente edición, Daniel Gaido tradujo el texto directamente del ruso; la versión fue cotejada con la edición inglesa que él mismo preparó con Richard B. Day en Responses to Marx's Capital. Es la primera vez que el artículo se edita en castellano. Las notas aclaran algunos problemas terminológicos –en particular la distinción rusa entre ценность y стоимость, que el español resuelve con una sola palabra– sin tocar la estructura del texto. El artículo original no incluye diagramas ni desarrollo gráfico, pero creímos interesante añadir, a modo de apéndice, una elaboración editorial sobre el tratamiento de la oferta y la demanda que Rubin realiza en el capítulo XVII de sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor ("Valor y necesidad social"), con un redibujo más claro de los tres diagramas que presenta en ese capítulo. La incorporación de este material sigue el criterio de la edición inglesa, aunque aquí se trabaja directamente sobre la edición en español de los Ensayos.
Rubin no se ofrece aquí como autoridad doctrinaria ni como reliquia del marxismo soviético. Su interés es que vuelve a plantear, con una nitidez que el tiempo no ha atenuado, una pregunta elemental: qué estudia la economía política. Si se parte del individuo aislado, las relaciones sociales son un agregado externo de decisiones privadas, y el mercado explica sus propios resultados. Si se parte de la forma social de la producción, las valoraciones, los precios y las curvas son formas de manifestación de relaciones que las anteceden y las regulan. En esa alternativa –que un siglo después sigue separando al marxismo del marginalismo y de la economía neoclásica– se juega todo. Que un texto capaz de formularla con esta claridad y concisión haya sido escrito en una celda, y luego enterrado durante medio siglo, dice bastante sobre lo que estaba en juego.
La escuela austríaca
Rubin, I. La escuela austríaca // Gran Enciclopedia Soviética. [1.ª ed.] Vol. 1. Moscú: Enciclopedia Soviética, 1926. Págs. 244–254.
Рубин И. Австрийская школа // Большая советская энциклопедия. [1-е изд.] Т. 1. М.: Советская энциклопедия, 1926. С. 244–254.
https://web.archive.org/web/20251005150533mp_/https://zarya.xyz/rubin-i-avstrijskaja-shkola/
1. Historia
Se conoce como escuela austríaca, o psicológica, de economía política a la teoría que afirma que los valores de cambio2 y los precios de las mercancías están determinados, en última instancia, por su valor de uso o utilidad subjetiva. Los primeros indicios de esta teoría se encuentran en algunos economistas del siglo XVIII, especialmente en Condillac. Pero hasta finales del siglo XIX estas ideas no se difundieron, y en la ciencia siguió predominando la teoría “objetiva” del valor, establecida por los clásicos (Smith y Ricardo). La obra de Gossen, precursor de la escuela austríaca, que apareció a mediados del siglo XIX, pasó desapercibida. En la década de 1870, casi simultáneamente, aparecieron los trabajos de Carl Menger, Jevons y Léon Walras, fundadores de la nueva escuela, de los cuales Menger desarrolló más la base psicológica de la teoría, y Walras, la matemática. Los discípulos de Menger, Wieser y Böhm-Bawerk (los tres vivían en Austria), desarrollaron en detalle en la década de 1880 la teoría psicológica, a menudo denominada también “austríaca”. Hacia finales del siglo XIX, esta teoría se extendió ampliamente en la ciencia universitaria burguesa de casi todos los países del mundo. Solo en los últimos tiempos se ha intensificado la actitud crítica hacia esta teoría, y hasta entre los científicos burgueses se observa una tendencia a volver a la teoría de los clásicos, que, sin embargo, se manifiesta con mayor frecuencia de manera conciliatoria y a medias.
Paralelamente a la teoría psicológica se desarrolló la matemática, especialmente en Inglaterra, Estados Unidos e Italia (por lo que recibió el nombre de angloamericana). Ambas teorías centran su investigación en la influencia de los cambios en la cantidad de bienes sobre su precio y su valor. Pero entre ellas existen también diferencias metodológicas significativas. La teoría psicológica parte de la motivación del individuo aislado que vive en condiciones de economía natural, y ve la causa última de la variación de los precios y el valor de los bienes en las valoraciones subjetivas del individuo, que cambian bajo la influencia de la cantidad de bienes de que dispone. La teoría matemática, por su parte, parte de los fenómenos del intercambio desarrollado y estudia las interdependencias entre la cantidad de bienes y su precio de mercado objetivo. Al ignorar la cuestión de la causa última de la variación de los precios (es decir, el problema del valor), esta teoría se limita al estudio de las dependencias funcionales entre el nivel de los precios de mercado y la cantidad de bienes (las leyes de la oferta y la demanda). Extiende las “fórmulas de intercambio” matemáticas encontradas a los fenómenos de la producción y la distribución, limitando así todo el ámbito de la ciencia económica al estudio de los cambios cuantitativos de los precios de mercado.
2. El valor subjetivo y la utilidad marginal
En la sociedad de intercambio moderna, las mercancías tienen un precio determinado, en el que se expresa su valor de cambio objetivo. La escuela austríaca sostiene que solo podemos comprender el origen y las leyes de variación del valor de cambio tras un estudio previo del valor subjetivo que poseen los objetos en condiciones de economía natural. Se denomina valor subjetivo al significado que el sujeto atribuye a un objeto determinado como condición necesaria para la satisfacción de sus necesidades.
Los economistas clásicos observaron hace tiempo que los objetos que poseen un valor de uso muy alto –por ejemplo, el pan– se cotizan en el mercado a un precio muchas veces inferior al de los objetos que poseen un valor de uso menor, como los diamantes; de ahí sacaron la conclusión de que, aunque solo los objetos que también tienen valor de uso poseen valor de cambio, la magnitud del primero no depende de la del segundo. Para eliminar esta discrepancia entre el valor de uso y el valor de cambio, los economistas austriacos desarrollaron un nuevo concepto de necesidad y valor de uso.
En su opinión, el agente económico, en sus cálculos y actividades, no se guía por una necesidad general, por ejemplo, de pan, sino por una necesidad concreta de una cantidad determinada de pan. Necesita, por ejemplo, una libra de pan al día para mantener su vida. Al tener esa libra de pan, siente la necesidad de una segunda libra para una alimentación más abundante. Necesita una tercera libra para alimentar a las aves de corral, una cuarta para elaborar vodka y una quinta para alimentar al loro. Cada una de estas necesidades concretas es más débil que la anterior y más fuerte que la siguiente. Si la primera necesidad actúa con una fuerza que designaremos con el número 10, las necesidades posteriores son iguales, digamos, a 8, 6, 4 y 1. La intensidad de la necesidad, a medida que se satisface, se debilita, y cada grado sucesivo de necesidad es, en cuanto a su intensidad, más débil que el grado anterior, ya satisfecho (“ley de Gossen” o “ley de la saciedad de las necesidades”). A medida que se satisface gradualmente una necesidad determinada, su intensidad disminuye y, finalmente, llega a cero. Si una persona tiene diariamente las cinco libras de pan y puede incluso mantener un loro por diversión, entonces su necesidad de pan es menor que su necesidad de objetos de adorno.
Supongamos que la escala de la necesidad de objetos de adorno se expresa con los números 3 y 1. Esto significa que la necesidad del primer objeto de adorno es igual a 3, y la necesidad de tener otro objeto de adorno es igual a 1. La escala de la necesidad de pan, como hemos visto, es: 10, 8, 6, 4, 1. Si dividimos todas las necesidades del ser humano en varios tipos o grupos básicos (grupo I: necesidad de alimento; II: de ropa; III: de vivienda; IV: en objetos de adorno, etc.), y en cada grupo designamos con cifras la escala decreciente de las necesidades a medida que se satisfacen, veremos que, aunque la necesidad genérica de pan es, en general, mayor que la necesidad genérica de adornos, la necesidad concreta de adornos (por ejemplo, de un diamante) puede ser más fuerte que la necesidad concreta de pan, por ejemplo, para alimentar a un loro (la “escala de necesidades” de Menger).
Si la intensidad de una determinada necesidad disminuye a medida que esta se satisface, cabe preguntarse qué determina el grado de su satisfacción. Es evidente que depende de la cantidad de bienes de que dispone el individuo. Si la reserva disponible de un bien dado excede la cantidad necesaria para satisfacer todas las necesidades de ese bien, dicho bien, aunque posea utilidad, es decir, la capacidad de satisfacer necesidades humanas, carece de valor subjetivo, ya que la pérdida de una unidad de ese bien no afectará en absoluto el bienestar del individuo. Tales bienes (por ejemplo, el aire) se denominan “libres”, a diferencia de los bienes “económicos”, que se distinguen no solo por su utilidad, sino también por su relativa escasez, es decir, se encuentran en una cantidad tan limitada que la pérdida de una unidad de ese bien obligará al individuo a renunciar a la satisfacción de alguna necesidad. Si la reserva de pan es de solo una libra, el valor subjetivo de esta última es 10. Si la reserva de pan es de 3 libras, la pérdida de una libra de pan obligará al individuo a renunciar a una tercera necesidad (alimentar a las aves de corral), que se mide con el número 6. Por lo tanto, con una reserva de 1 libra, el valor de la unidad del bien es igual a 10; al aumentar la reserva a 3 libras, este valor es igual a 6; y con una reserva de 5 libras, el valor de una libra de pan será igual a 1. Todas las unidades de este stock de bienes tienen, a los ojos de su propietario, el mismo valor subjetivo, ya que, al perder cualquiera de estas unidades, renunciará a satisfacer la necesidad menor de entre aquellas que se satisfacen con este stock de bienes (por ejemplo, alimentar al loro). Por lo tanto, el valor subjetivo de un bien determinado viene determinado por la utilidad de la última unidad de ese stock, con la que se satisface la necesidad más débil (teoría de la utilidad marginal).
Cuanto mayor sea esta reserva, más débil será la última de las necesidades que se satisfacen con ella, y menor será la utilidad marginal y, por consiguiente, el valor subjetivo que el individuo atribuye a una unidad de ese bien. Por el contrario, a medida que se reduce la reserva de bienes, el valor de cada unidad aumenta. El valor subjetivo de un bien determinado depende de la magnitud de su reserva y varía en sentido inverso al cambio en la magnitud de esta última (“ley de la reserva”, según la expresión de Wieser). El valor de un bien es diferente para distintas personas y para una misma persona en distintos momentos; tiene un carácter individual-psíquico, o subjetivo.
Si con una reserva de 5 libras de pan el valor de cada libra es igual a 1, ¿cuál es entonces el valor de toda la reserva? A esta pregunta los economistas austriacos dan diversas respuestas. Wieser dice: dado que el valor de cada libra es igual a 1, el valor de las cinco libras es igual a 1 x 5 = 5, es decir, la utilidad marginal multiplicada por el número de unidades de dicho bien. Böhm-Bawerk, por su parte, dice: aunque el valor de cada libra es 1, en caso de perder todo el stock, habría que renunciar a satisfacer cinco necesidades, expresadas en cifras: 10 + 8 + 6 + 4 + 1 = 29. Por lo tanto, el valor de todo el stock es igual a 29. La opinión de Wieser contradice los fundamentos de la teoría austríaca, y la opinión de Böhm-Bawerk contradice los hechos.
3. El valor de los medios de producción
La utilidad marginal determina el valor de los “bienes de consumo”, o “bienes de primer orden”, es decir, los objetos de consumo. El valor de estos últimos, a su vez, determina el valor de los medios de producción necesarios para su fabricación, los llamados “bienes productivos”, o “bienes de orden superior”. Si el pan es un bien de consumo, entonces la harina y el trabajo de hornear el pan son bienes de segundo orden; el grano, las muelas del molino y el trabajo de moler el grano son bienes de tercer orden, y así sucesivamente. Se consideran bienes productivos tanto los objetos materiales como el trabajo invertido. Para simplificar, supongamos que para producir el bien de consumo A basta con tener un solo bien productivo de segundo orden A₂ (sin importar si se trata de un objeto, trabajo o una combinación de ambos); para producir este último, es necesario tener un bien de tercer orden A₃, y así sucesivamente. Es evidente que cada uno de estos bienes productivos (A₂, A₃, A₄, etc.) permite obtener, tras una o varias etapas de producción, el producto A y, por lo tanto, posee un valor igual al valor de este último. Por lo tanto, el valor del bien productivo, con cuya ayuda puede producirse –directamente o a través de una serie de etapas intermedias de producción– el bien de consumo, viene determinado por la utilidad marginal de este último. El valor de los bienes de consumo y el valor de los medios de producción necesarios para su fabricación son iguales, pero no porque el primero se determine por el segundo –como pensaba la teoría clásica–, sino porque el segundo se determina por el primero.
Si las distintas unidades de un bien de producción dado (por ejemplo, el hierro) se emplean –como suele ocurrir– para fabricar diversos bienes de consumo con diferente utilidad marginal (por ejemplo, estufas con una utilidad marginal de 20, palas –17 y cubos –15), es evidente que la pérdida de una unidad de hierro obligará a renunciar a la producción de cubos. Por lo tanto, el valor de los medios de producción depende del valor del “producto marginal”, es decir, del producto con la menor utilidad marginal de entre los fabricados con ayuda de una dada reserva de medios de producción. En este caso, el valor de cada unidad de hierro, incluida la que se gasta en la fabricación de la estufa, es de solo 15, pero si es así, entonces el valor de la estufa también se reducirá a 15, pues la pérdida de la estufa no implicará la renuncia a la utilidad marginal que proporciona, igual a 20, sino solo el gasto de una unidad de hierro, valorada en 15, para construir una nueva estufa. Por consiguiente, los distintos bienes de consumo (la estufa, la pala y el cubo), independientemente de sus utilidades marginales individuales, tienen el mismo valor si se producen con la misma cantidad de los mismos medios de producción (o trabajo). El valor de los productos reproducibles viene determinado por el valor de los medios de producción empleados en su fabricación, pero el valor de estos últimos viene determinado, a su vez, por la utilidad del “producto marginal”. El cubo confiere su valor (15) al hierro, y este último confiere el mismo valor a la estufa y a la pala. En última instancia, el valor tanto de los bienes de consumo como de los bienes productivos viene determinado por la utilidad marginal del “producto marginal” (el cubo). Así, la escuela austríaca, aunque reconoce la acción de la “ley de los costos de producción”, solo ve en ella un caso particular de aplicación de la “ley de la utilidad marginal” a los bienes reproducibles.
4. Teoría de la imputación (distribución)3
Hemos considerado el caso en que un bien productivo (el hierro) se utiliza para fabricar varios bienes de consumo. Pero normalmente ocurre también lo contrario: para fabricar un bien de consumo A (cubos) se necesita un conjunto o una combinación de varios bienes productivos, por ejemplo, B y C, trabajo y medios materiales de producción, a los que los economistas austriacos llaman “capital” (dejamos de lado el tercer factor de producción, la tierra). Dicho trabajo y dichos medios de producción (hierro) son bienes “complementarios” (que se complementan entre sí), ya que solo juntos permiten fabricar el cubo. El valor conjunto de ambos viene determinado por la utilidad marginal del cubo, es decir, es igual a 15. Pero, ¿qué parte de este valor debe atribuirse o “imputarse” al trabajo y qué parte al hierro? En resumen, ¿cómo se distribuye el valor del producto final entre los distintos medios de producción necesarios para su fabricación (por ejemplo, el “trabajo” y el “capital”)? La escuela austríaca no logró resolver satisfactoriamente este problema de la “imputación” o “distribución”. Wieser propone comparar el valor de un producto dado (el cubo) con el valor de otro producto, fabricado con los mismos bienes productivos B y C, pero en proporciones diferentes. Mediante este procedimiento se puede hallar, en su opinión, el valor comparativo de B y C.
Böhm-Bawerk construye una teoría muy compleja de los “bienes complementarios”. Aconseja hallar primero el valor de uno de los bienes productivos complementarios, por ejemplo, B. Esto es posible bien cuando B puede utilizarse independientemente de otros medios de producción y, por lo tanto, adquiere un valor “aislado” propio, bien cuando B puede sustituirse por algún otro bien que tenga un valor determinado, por ejemplo, igual a 5. En tal caso, B adquiere también un valor igual a 5. Restando el valor del “miembro sustituido” B, es decir, 5, del valor del producto (el cubo), que es 15, obtenemos un resto de 10, que representa el valor de C. La inconsistencia de las teorías de la “imputación” de Wieser y Böhm-Bawerk ha sido reconocida incluso por algunos partidarios de la misma escuela.
La doctrina expuesta, según la cual: 1) el valor de los bienes de consumo viene determinado por su utilidad marginal, 2) el valor de los bienes productivos viene determinado por la utilidad marginal de los productos fabricados con su ayuda y, en particular, del “producto marginal”, y 3) este valor se divide en una proporción determinada entre todos los bienes productivos que participaron en la fabricación del producto, constituye la teoría del “valor subjetivo”.
5. Valor de cambio objetivo
Por este término, los economistas austriacos entienden la posibilidad de obtener a cambio de un bien determinado una cantidad conocida de otro bien, el cual representa el precio del primer bien. El valor de cambio de un objeto se expresa en su precio. Solo se puede comprender el valor de cambio objetivo a partir del valor de uso subjetivo, ya que el precio de mercado de una mercancía es el resultado del choque entre las diversas valoraciones subjetivas de los participantes en el intercambio. En primer lugar, es evidente que dos personas pueden entrar en un intercambio entre sí solo con la condición de que cada una de ellas valore el bien que recibe en el acto de intercambio por encima del bien que entrega a cambio, es decir, si las valoraciones subjetivas de ambas partes son opuestas. Tomemos ahora el caso de un intercambio desarrollado, en el que se enfrentan entre sí una multitud de compradores y una multitud de vendedores que compiten entre sí. Böhm-Bawerk ofrece para este caso el siguiente esquema (el intercambio se realiza mediante el dinero):
| Compradores | Valoración del caballo |
Vendedores | Valoración de su caballo |
|---|---|---|---|
| A₁ | 300 rublos | B₁ | 100 rublos |
| A₂ | 280 rublos | B₂ | 110 rublos |
| A₃ | 260 rublos | B₃ | 150 rublos |
| A₄ | 240 rublos | B₄ | 170 rublos |
| A₅ | 220 rublos | B₅ | 200 rublos |
| A₆ | 210 rublos | B₆ | 215 rublos |
| A₇ | 200 rublos | B₇ | 250 rublos |
| A₈ | 180 rublos | B₈ | 260 rublos |
| A₉ | 170 rublos | ||
| A₁₀ | 150 rublos |
Los compradores se disponen en fila, comenzando por aquellos cuya valoración es más alta: están dispuestos a pagar un precio más alto y, por lo tanto, son más propensos a realizar el intercambio; son más “aptos para el intercambio”. La fila de vendedores también comienza por los más “aptos para el intercambio”, es decir, aquellos cuyas valoraciones subjetivas son más bajas. Es evidente que solo cinco pares de compradores y vendedores entrarán en el intercambio, ya que las valoraciones de los demás compradores son inferiores a las de los demás vendedores, lo que excluye la posibilidad de intercambio. Por lo tanto, todos los compradores y vendedores que se encuentran por debajo de la línea punteada quedan excluidos del intercambio. El comprador A₅ y el vendedor B₅ constituyen la última pareja de las que participan en el intercambio, A₆ y B₆ –la primera pareja excluida del intercambio. Ambas parejas se denominan “parejas marginales”. Desempeñan un papel decisivo en el intercambio, ya que de sus valoraciones subjetivas depende el precio de mercado objetivo que se establece para todos los participantes en el intercambio. Este precio no puede ser superior a la valoración del comprador A₅, es decir, 220 rublos, ya que, de lo contrario, A₅ se retiraría de la compra y la demanda sería menor que la oferta, lo que provocaría una bajada del precio. El precio tampoco puede ser superior a 215, es decir, la valoración del vendedor B₆, ya que, de lo contrario, B₆ también querrá vender su caballo y la oferta volverá a superar a la demanda. Por el contrario, la oferta caerá por debajo de la demanda si el precio es inferior a la valoración de B₅, es decir, 200 rublos o inferior a la valoración de A₆, es decir, 210 rublos. Por lo tanto, el precio de mercado no puede ser superior a las valoraciones subjetivas del último comprador efectivo o del primero de los vendedores excluidos, y no puede ser inferior a las valoraciones subjetivas del último vendedor efectivo o del primero de los compradores excluidos. En este caso, el precio se fijará entre 210 y 215 rublos, ya que solo a ese precio el número de personas que desean comprar será igual al número de personas que desean vender, es decir, se establecerá un equilibrio entre la demanda y la oferta. Por consiguiente, el precio del bien viene determinado por las valoraciones subjetivas de dos pares marginales.
A primera vista, podría parecer que la escuela austríaca realmente ha demostrado que el valor de cambio objetivo viene determinado por el valor de uso subjetivo. Pero no hay que olvidar que, tan pronto como se establece el precio de mercado de los distintos objetos, los participantes en el intercambio dejan de evaluar estos últimos en función de su utilidad marginal o valor de uso. Al querer determinar el valor subjetivo de uno u otro objeto para sí mismos, ya parten de antemano de su precio determinado o de su valor de cambio objetivo.
Tomemos primero al comprador o al consumidor. ¿Realmente tiende a valorar muy alto su abrigo, que lo protege del frío? En absoluto. Los propios economistas austriacos reconocen que si el precio del abrigo en el mercado es de 100 rublos, su propietario, en caso de perderla, comprará otro abrigo y luego la valorará no por su propia utilidad marginal, que es muy alta, sino por la “utilidad de sustitución” de aquellos objetos que podría comprar con 100 rublos, si no hubiera tenido que gastar lo último en la compra del abrigo. Y para determinar esta “utilidad de sustitución”, es necesario saber de antemano qué cantidad exacta de otros artículos se puede comprar por 100 rublos, es decir, se supone un precio determinado de estos artículos.
Ahora pasemos al vendedor o al fabricante. La utilidad marginal de sus productos para él mismo es igual a cero, ya que personalmente no los necesita. Pero él los evalúa no por su valor de uso, sino en función del monto de los costos de producción en que incurre. Si el precio del producto no cubre los costos de producción (más la ganancia promedio), el productor detendrá o reducirá la producción. Si el algodón o las máquinas textiles se abaratan, el fabricante de calicó, para ampliar sus ventas, bajará los precios del calicó, aunque la utilidad marginal de este último, a los ojos de los compradores, siga siendo la misma. El fabricante siempre se enfrenta al valor de cambio objetivo. Aun cuando quisiera, por cualquier motivo, determinar para sí mismo el valor subjetivo de un lote determinado de calicó, que puede venderse por 1000 rublos, lo evaluará no por su utilidad marginal, sino por la utilidad de aquellos artículos que podría comprar con los 1000 rublos obtenidos de la venta del calicó. Evaluará el calicó (como reconoce también Böhm-Bawerk) por su “valor de cambio subjetivo”, que es tanto mayor cuanto mayor es su valor objetivo o su precio. Es decir, en la economía mercantil no son los precios los que se determinan por valoraciones subjetivas, sino que estas últimas parten de antemano de precios determinados. Si incluso la teoría austríaca explicara correctamente las leyes de la valoración subjetiva de los bienes en la economía natural y la formación de precios en la transición de la economía natural a la de intercambio (lo cual también es dudoso por toda una serie de razones, en particular porque no se ha demostrado en absoluto la posibilidad de comparar y medir las necesidades), entonces, en cualquier caso, no es aplicable a los fenómenos de la economía de intercambio. La posición de la escuela austríaca se vuelve especialmente difícil cuando intenta explicar los fenómenos de la economía capitalista, lo que se refleja claramente en su teoría de la ganancia.
6. La teoría de la ganancia
Si el producto A, que tiene un valor de 110, se produce con la ayuda de los bienes productivos B y C (por ejemplo, trabajo y medios materiales de producción, a los que los economistas austriacos llaman “capital”), entonces el valor de B y C, tomados en conjunto, también es igual a 110. La escuela austríaca considera esto indiscutible, aunque no puede resolver el problema de la “imputación” o “distribución” del valor de 110 entre B y C. Sin embargo, la realidad capitalista muestra que, tomados en conjunto, B y C tienen, en realidad, un valor no de 110, sino menor, por ejemplo, de 100. El capitalista paga por el trabajo de los obreros (B) y los medios de producción (C) un total de 100 rublos, y obtiene al cabo de un año el producto A a un precio de 110 rublos. El excedente de 10 rublos constituye su ganancia. ¿No refuta el hecho de la existencia de la ganancia la tesis de la escuela austríaca de que el valor de los bienes productivos es igual al valor de los bienes de consumo fabricados con su ayuda? Para resolver esta contradicción, Böhm-Bawerk construyó su teoría de la ganancia.
Para el agente económico, no solo tiene una enorme importancia la utilidad marginal de los bienes, sino también el momento de su obtención. Un pud4 de pan recibido hoy y un pud de pan que se recibirá dentro de un año tienen para el individuo un valor subjetivo diferente. Un bien futuro se valora menos que el mismo bien en el presente. Esta valoración más alta de los bienes presentes se explica por el hecho de que: 1) el sujeto espera disponer en el futuro de reservas más abundantes de bienes, que por lo tanto representarán para él una utilidad marginal menor que en el presente; 2) por falta de conciencia y fuerza de voluntad, se preocupa muy poco por la satisfacción de sus necesidades futuras, valorándolas erróneamente por debajo de las necesidades presentes; 3) por último, la tercera y más importante razón de la alta valoración de los bienes presentes radica en la mayor productividad técnica.
Supongamos que un pescador, que carece casi por completo de medios de producción, obtiene con dificultad cada semana los 2 puds de pescado que necesita para alimentarse, o 100 puds a lo largo del año. Si tuviera una reserva de pescado de 100 puds, podría dedicar parte del año a la fabricación de medios de producción o “capital” (por ejemplo, podría pasar 3 meses obteniendo madera y mineral de hierro, 3 meses procesándolos, 3 meses fabricando con ellos un bote y herramientas), para dedicar los últimos 3 meses del año directamente a la pesca. Como resultado de esta producción “capitalista” o “indirecta”, técnicamente más perfeccionada, obtendría al final del año 110 puds de pescado, mientras que, dedicándose todo el año a la pesca sin la ayuda de los medios de producción mencionados, apenas alcanza 2 por semana o 100 en todo el año. Dado que la disponibilidad de 100 unidades de este bien en el presente permite obtener, mediante la producción “indirecta”, 110 unidades iguales al cabo de un año, queda claro que las 100 unidades presentes tienen el mismo valor que las 110 unidades futuras esperadas al cabo de un año.
El trabajo del obrero (B) y los medios de producción (C), comprados por el capitalista, representan, en realidad, “bienes futuros”, ya que solo tras el proceso de producción, que dura, por ejemplo, un año entero, se convertirán en el bien de consumo A, que tiene un valor de 110 rublos. B y C tienen actualmente un valor que no excede de 100 rublos, pero al cabo de un año “madurarán” en el bien de consumo A, cuyo valor es igual a 110 rublos. El capitalista obtiene una ganancia de 10 rublos no por la explotación del trabajo de los obreros, sino como resultado de haber “esperado” el tiempo requerido por el proceso de “maduración” de los bienes futuros en bienes presentes.
La teoría de la ganancia de Böhm-Bawerk fue objeto de críticas desde diversos frentes. Se le señaló que, en la sociedad capitalista, el trabajo de extracción de hierro, fabricación de botes y redes, pesca, etc., está dividido entre empresas distintas. Cada una de ellas realiza su trabajo durante todo el año y lanza al mercado su producto de manera continua: hierro, redes, pescado, etc. Dado que las fases sucesivas de la producción son llevadas a cabo simultáneamente por diferentes capitalistas, ninguno de ellos tiene que “esperar” el tiempo que transcurre desde la extracción de la materia prima hasta la fabricación del producto final de consumo. La inconsistencia de la teoría de Böhm-Bawerk ha sido reconocida incluso por algunos economistas austriacos: Wieser propone una teoría de la “productividad” del capital; Schumpeter niega la posibilidad de la ganancia como ingreso constante y solo reconoce la posibilidad de obtener ganancias temporales por parte de los propietarios de aquellas empresas que, por su perfección técnica, se sitúan por encima del nivel medio (ganancia diferencial o superganancia).
7. Método
El balance general de los trabajos de la escuela austríaca se resume en lo siguiente: elaboró una teoría del valor subjetivo más o menos completa desde el punto de vista lógico (pero psicológicamente controvertida y sociológicamente infructuosa); en sus intentos por deducir del valor subjetivo las leyes del valor de cambio objetivo, incurrió en una serie de contradicciones; no logró resolver de manera más o menos satisfactoria los problemas de la distribución en general y de la ganancia del capital en particular. El fracaso de la escuela austríaca en la explicación de los fenómenos fundamentales de la economía mercantil y, especialmente, de la economía capitalista (valor de cambio y dinero, capital y ganancia) es una consecuencia inevitable del método que aplica. La economía política no estudia el aspecto técnico de la economía, sino una forma social determinada de la misma, a saber, la economía mercantil-capitalista. Parte de la existencia de relaciones objetivamente sociales e históricamente cambiantes entre las personas, correspondientes a un estado dado de las fuerzas productivas. La escuela austríaca no parte de las relaciones sociales objetivas entre las personas, sino de la psique y las motivaciones de los individuos (método subjetivo-psicológico); estudia la “economía” en general, independientemente de la forma histórica de la economía; busca la fuerza motriz de la economía no en la esfera de la actividad productiva de las personas, sino en la esfera del consumo.
La escuela austríaca toma al individuo aislado de todo entorno social y enfrentado únicamente a la naturaleza, y se pregunta cómo satisfará este individuo sus necesidades con ayuda de los bienes materiales disponibles, dependiendo de la mayor o menor escasez de estos. Dado que estudia la psique y las “valoraciones” de ese sujeto aislado, no puede tender un puente entre él y el ser humano que actúa en un entorno social determinado y ocupa una posición social concreta en el proceso productivo social. Incluso en su ámbito específico, relativo a la motivación y la psique de los sujetos económicos, la escuela austríaca no pudo dar resultados fructíferos, ya que la psique del hombre “natural” que estudia no tiene nada que ver con la psique de los miembros de la sociedad mercantil-capitalista. En la representación de la escuela austríaca, estos últimos aparecen como Robinsones, y todos los fenómenos socioeconómicos se convierten en elementos naturales y técnicos de consumo y producción, sometidos a una “valoración” psicológica: el valor es el significado del objeto para el consumo, el capital son los medios de producción, etc. Al despojar al proceso de producción de su forma social dada, es decir, la capitalista, los economistas austriacos se alejan así de la cuestión del carácter histórico y transitorio de esta última. Están de acuerdo en introducir en la economía capitalista pequeñas mejoras que suavicen la lucha de clases, pero se oponen a la idea de una posible eliminación del capitalismo y de los capitalistas, en cuya iniciativa y energía ven el único motor del poderoso desarrollo de las fuerzas productivas (Schumpeter).
Algunas de las enseñanzas de los austriacos tienen el carácter no tanto de una explicación teórica como de una justificación de la economía capitalista (la teoría de la imputación y, especialmente, de la ganancia). Estas evidentes simpatías sociales de los economistas austriacos, junto con las principales características de su posición teórica (la sustitución de la forma capitalista de economía por la “economía pura” en general; la transformación de una sociedad compuesta por clases definidas en un conjunto de individuos-Robinsones; la idea de que la fuerza motriz de la economía son las experiencias psíquicas y las motivaciones de los individuos como consumidores; el traslado del centro de la investigación de la esfera de la producción a la esfera del consumo; la ignorancia de la dinámica de la economía y de las tendencias de su desarrollo), caracterizan su doctrina como una corriente teórica acorde con la ideología de la burguesía en la época del declive del capitalismo, cuando el estudio objetivo de las tendencias del desarrollo social lleva a la conclusión de la inevitable destrucción de la economía capitalista.
En esta época, el método objetivo, social e histórico (cuyos gérmenes fueron sembrados por los clásicos como ideólogos avanzados de la burguesía joven y progresista) se convierte en patrimonio exclusivo de la teoría económica marxista, mientras que la ciencia burguesa recurre al método subjetivo, psicológico y antihistórico. La supuesta “naturaleza” psíquica inmutable del ser humano comienza a servir tanto como punto de partida de la investigación teórica como de argumento a favor de la imposibilidad de la economía socialista. No es de extrañar que la escuela austríaca se lanzara a una enérgica polémica contra el marxismo y tuviera un rápido y estruendoso éxito entre los científicos burgueses, quienes vieron en ella, tras el período de dominio de la escuela histórica, con su empirismo estrecho y su rechazo de la teoría, un arma teórica afilada para la lucha contra el marxismo y el socialismo.
Bibliografía
Obras más importantes de los economistas austriacos:
Carl Menger, Fundamentos de la economía política (Grundsätze der Volkswirtschaftslehre, 1871);
Eugen von Böhm-Bawerk, Fundamentos de la teoría del valor de los bienes económicos (Grundzüge der Theorie des wirtschaftlichen Güterwerts, 1886);
Eugen von Böhm-Bawerk, Capital e Interés, dos volúmenes (Kapital und Kapitalzins, 2 Bände, 1884 y 1889).
Eugen von Böhm-Bawerk, La conclusión del sistema marxiano (Zum Abschluß des Marxschen Systems, 1896); La conclusión del sistema de Marx En: Economía burguesa y economía socialista - Eugen von Böhm-Bawerk, Rudolf Hilferding, Ladislaus von Bortkiewicz. Cuadernos de Pasado y Presente, 49.
Friedrich von Wieser, El valor natural (Der natürliche Werth, 1889);
Friedrich von Wieser, Teoría de la economía social (Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft, en el vol. I de Grundriss der Sozialökonomie, 1914).
Crítica a la escuela austríaca:
Bujarin, N., Economía política del rentista (Политическая экономия рантье 1923);
Основные проблемы политической экономии: сборник статей: О. Бауэр, Л. Будин, Н. Бухарин, И. Г., Р. Гильфердинг, К. Каутский, Г. Кунов, К. Маркс, А. Паннекук, К. Шмидт, Г. Экштейн; под ред. Ш. Дволайцкого и. И. Рубина. – М.: Государственное издательство, 1922. – 404 c. (Problemas fundamentales de la economía política: recopilación de artículos: Otto Bauer, Louis Budin, Nikolai Bujarin, I. G. (Parvus), Rudolf Hilferding, Karl Kautsky, Heinrich Cunow, Karl Marx, Anton Pannekoek, Conrad Schmidt, Gustav Eckstein; ed. por S. Dvolaytsky e I. Rubin. – Moscú: Editorial del Estado, 1922. – 404 p.);
https://archive.org/details/osnovnye-problemy-politicheskoy-ekonomii-1922Rudolf Hilferding, La Crítica de Böhm-Bawerk a Marx (Böhm-Bawerks Marx-Kritik, 1904). En: Economía burguesa y economía socialista - Eugen von Böhm-Bawerk, Rudolf Hilferding, Ladislaus von Bortkiewicz. Cuadernos de Pasado y Presente, 49.
https://www.marxists.org/espanol/tematica/cuadernos-pyp/Cuadernos-PyP-49.pdf
Apéndice. Valor, necesidad social y oferta-demanda en Rubin
En el artículo de 1926 de la Enciclopedia, Rubin critica a la escuela austríaca por intentar derivar el valor de cambio objetivo del valor subjetivo individual. Esto no significa que niegue la intervención de la demanda y la oferta en la formación de los precios; su crítica apunta, más bien, contra la conversión de esa relación en una teoría completa del valor.
En sus Ensayos sobre la teoría marxista del valor (publicados en tres ediciones de 1923 a 1928), precisa la crítica. Si la versión austríaca psicologiza el valor, la versión matemática del marginalismo tampoco resuelve el problema: lo disuelve en una relación funcional entre cantidades y precios. Frente a ambas, Rubin insiste en que el análisis económico debe partir de la forma social de la producción mercantil y del papel regulador del valor.
La “escuela matemática”, dice, “no se pregunta por qué cambian los precios”, sino que muestra “cómo se producen cambios simultáneos” entre precio y demanda u oferta. Con ello evita el círculo lógico de la vieja teoría de la oferta y la demanda, pero al precio de abandonar la pregunta por la causa de las variaciones de precio (Rubin, 1974/1928: 267).
Rubin reformula el problema desde la teoría marxista del valor. La oferta y la demanda pueden explicar desviaciones, ajustes y movimientos de mercado, pero el centro de gravitación de esos movimientos debe buscarse en el valor, es decir, en las condiciones sociales y técnicas de producción y en la distribución del trabajo social entre ramas. De ahí su formulación: aunque el precio esté determinado por la oferta y la demanda, “la ley del valor regula a su vez la oferta” (Rubin, 1974/1928: 267).
Los diagramas que siguen no forman parte de la entrada “La escuela austríaca”, publicada por Isaak Illich Rubin en la Gran Enciclopedia Soviética en 1926. Fueron elaborados especialmente para esta edición a partir de los diagramas originales del capítulo XVII de Ensayos sobre la teoría marxista del valor, “Valor y necesidad social”, en particular del apartado 4, “La ecuación de la oferta y la demanda” (en las páginas 268, 271 y 273 de la edición de Cuadernos de Pasado y Presente). Los incluimos aquí como complemento porque desarrollan, con un grado mayor de precisión analítica, un problema que en el artículo enciclopédico aparece de manera condensada: la diferencia entre explicar causalmente el valor y limitarse a registrar la dependencia funcional entre precios, demanda y oferta.
Los tres diagramas muestran sucesivamente ese desplazamiento. El primero reconstruye la presentación matemática corriente: el precio parece surgir del cruce de las curvas de demanda y oferta. El segundo corrige esa apariencia: si no cambian las condiciones técnicas de producción, una variación persistente de la demanda puede modificar el volumen producido, pero no el valor comercial de la mercancía. El tercero introduce el caso decisivo: si el aumento persistente de la demanda eleva el precio y vuelve rentable ampliar la producción incorporando empresas de menor productividad, puede aumentar el valor comercial, es decir, el centro regulador en torno al cual oscilan sus precios comerciales. Pero ese aumento no deriva directamente de la demanda, sino del cambio en las condiciones técnicas que regulan el trabajo socialmente necesario. Se conserva la disposición de los ejes del original: Rubin representa el precio sobre el eje horizontal y la cantidad demandada u ofrecida sobre el vertical, a la inversa de la convención marshalliana que el lector actual da por descontada.
La ecuación corriente de oferta y demanda: el precio aparece como punto de intersección entre ambas curvas. Muestra la apariencia propia de la teoría matemática: un aumento de demanda parece elevar directamente el precio y, con él, el supuesto valor de la mercancía.
Oferta de largo plazo regulada por el valor, representada como línea vertical al precio normal de 3 rublos. Distingue el ajuste momentáneo de mercado del equilibrio estable: sin cambio técnico, cambia el volumen producido, no el valor comercial.
Una curva de oferta A-C-B determinada por empresas con distinta productividad. Muestra el caso en que la demanda modifica indirectamente el valor al ampliar la producción hacia condiciones técnicas menos favorables.
Referencia
Rubin, Isaak Illich. Ensayos sobre la teoría marxista del valor. Traducción de Néstor Míguez. Córdoba: Cuadernos de Pasado y Presente, n.º 53, 1974.
Una crítica distinta, aunque convergente, no discute el objeto sino la consistencia interna del propio aparato neoclásico: que en competencia perfecta nadie fija los precios, que la curva de demanda de mercado no se deja agregar a partir de las individuales (Sonnenschein-Mantel-Debreu), que la teoría de la firma es formalmente incoherente. La desarrollan, entre otros, S. Keen y R. Standish, «Profit Maximization, Industry Structure, and Competition» (Physica A, 2006), y, desde la tradición francesa, B. Guerrien y S. Jallais, Microeconomía. Una presentación crítica (Maia, 2008). No son herederos de Rubin –su crítica es inmanente al marginalismo, no una teoría del valor–, pero refuerzan desde dentro su conclusión negativa: el mercado no se explica a sí mismo.↩︎
Dado que la escuela austríaca parte del concepto de valor subjetivo, Rubin emplea aquí el término ruso ценность (tsennost’) y no стоимость (stoimost’). En la edición inglesa, Richard Day tradujo ценность como "exchange value", para distinguirlo de стоимость. La distinción no tiene un equivalente estable en español. Ценность puede designar valor en el sentido de apreciación, significación o valoración subjetiva atribuida a un bien; стоимость, en cambio, es el término habitual del vocabulario marxista ruso para “valor” en expresiones como “ley del valor” o “plusvalor”, aunque en el uso corriente ruso también puede significar costo, precio o importe según el contexto. En la traducción se mantiene “valor”, precisando cuando corresponda “valor subjetivo”, “valor de uso” o “valor de cambio”.↩︎
Rubin conserva entre paréntesis el término “distribución” porque, en la teoría austríaca, el problema de la imputación (Zurechnung) se presenta como el problema de cómo atribuir o distribuir el valor del producto final entre los distintos bienes productivos que concurren a su fabricación. No debe confundirse aquí con la teoría marxista de la distribución del ingreso entre salarios, ganancia y renta, sino con la distribución –o imputación– del valor entre los llamados factores o bienes de orden superior.↩︎
[El pud (en ruso: пуд) es una antigua unidad de masa rusa, equivalente a 40 funt (libras rusas), estandarizada en 1899 como 16,38 kilogramos.]↩︎